“La canción es tecnología punta no superada”, reza también el periodista y músico Luis Boullosa en “Santos y francotiradores” (66 RPM Edicions, 16) en el que explora y analiza, desde su puño y letra, la relación entre música -pop y rock- y la literatura, a través de letras escritas por autores oriundos entre los que destaca la presencia de Fernando Alfaro, Niño de Elche, Jorge Ilegales o Josele Santiago, entre otros genios del asunto.

Para empezar me gustaría saber qué te llevó a analizar la relación entre la música y la literatura a través de canciones paridas por autores nacionales de muy diferentes estilos y procedencias.
Cuando encuentras un campo fascinante y apenas explorado (o muy mal explorado) es fácil que surja el deseo de jugar en él.

Supervivencia, literatura y rock’n’roll, ¿siempre por ese orden o no necesariamente?
“Los muertos no ladran”, decía el refrán. Primero supervivencia, queramos o no. El mito del artista muerto de hambre, mendicante y torturado que palma en un callejón a los dieciocho (o a los veintisiete) es una creación burguesa (compensatoria y bastante sádica) que muchos artistas, por desgracia, se han tragado. Una creación en todo el sentido de la palabra, es decir, una idea convertida en realidad. En cuanto a la literatura y el rock’n’roll, o mejor, la música popular en sentido amplio, yo defiendo en este libro que la canción popular y por extensión la “pop” es una de las ramas de la literatura. Una rama realmente antigua, muy cercana al tronco inicial de la expresión artística. La necesidad del ser humano de comunicarse con “el otro” (uno mismo, el vecino, lo desconocido, la comunidad, la divinidad, la nada o quién sea) por medio de palabras y otros códigos, siempre ha estado ahí, es inmemorial. No nació con la literatura del XIX, ni siquiera con la tradición trovadoresca, eso es evidente. Lo asombroso es que una formulación tan aparentemente simple como la “canción” perviva. Y dado que sólo pervive lo útil y lo eficaz, habrá que preguntarse dónde residen su eficacia y su utilidad. Yo creo que residen (entre otros elementos) en su capacidad de síntesis, su flexibilidad, su facilidad de transmisión, su “portabilidad”. Y en la capacidad para expresar con rara precisión aquello que nos atañe a todos.

Al principio del libro dices: “La canción es tecnología punta no superada”, ¿con esta frase se puede resumir todo lo que albergan sus cuatrocientas páginas?
Es una de las tesis de partida, pero si yo pudiera resumir las cuatrocientas páginas, lo hubiese hecho y me hubiese ahorrado el tiempo y los sinsabores.

¿Hasta que punto -ser músico- te da una visión más cercana a los propios protagonistas del libro -tus propios colegas- que al del propio público? ¿Eso es bueno o malo?
Para ser crítico musical no es necesario ser músico, eso es evidente. Sin embargo, para entender mejor los vericuetos de cualquier micromundo es interesante haber vivido en él, y a ser posible bajo diversas máscaras. Así lo puedes explicar mejor. Por tanto, es bueno.

Y sin más preámbulo la pregunta del millón: ¿Hay buenos escritores en el rock underground nacional actual? ¿Qué son, mejores compositores o literatos? ¿Quiénes son para ti los mejores en este momento?
Hay grandes escritores de canciones. Cuando haces canciones ambos elementos van unidos, palabra y música. El equilibrio es el que hace al arma más potente. Mis obsesiones del momento eran los que aparecen en el libro, pero sin duda hay muchos otros de igual fuste. España tiene una tradición de canción popular de enorme potencia, nunca han faltado genios, por mucho que nos empeñemos en lapidarlos lo más rápido posible.

Creo que, con perdón, lo más importante de este libro son las letras que has seleccionado para darle enjundia y sentido. ¿Qué criterio has seguido para ello?
El criterio no es una regla predeterminada y rígida en la que uno hace encajar las cosas. Si fuese así, sería un criterio muy pobre o no lo sería en absoluto. El criterio –en mi caso- es una capacidad para ser flexible y abierto sin perder coherencia; para profundizar y para saber maniobrar dentro del propio proceso de trabajo. Así, las canciones elegidas van cayendo de manera natural según uno escribe y piensa sobre los temas. La cosa se parece más a navegar un río que a rellenar un expediente, por suerte. Los escritores no somos burócratas (los hay, pero raramente son escritores de verdad). Las cosas salen al paso y hay que saber responder a ellas y ahí se demuestra el criterio, en la acción, no en el esquema previo. He intentado que las letras expuestas fuesen sintomáticas de lo que estaba contando, sin duda, pero ellas mismas estaban allí esperando. No me parece un proceso complicado. Al revés, es muy placentero.

En este libro cuentas con artista de la talla de los populares Josele Santiago, Fernando Alfaro, Rafael Berrio, Javier Colis o Niño de Elche y, también los menos conocidos: Cuchillo de Fuego, Mursego, Miraflores, Orthodox, Pylar, Fabuloso Combo Espectro, Alberto Acinas y Sonia Barba, ¿por qué precisamente ellos y por qué no otros? ¿Cómo consigues dar cabida, y sobre todo cohesión, al discurso de gente tan dispar?
Son dispares en la forma, quizá incluso en el fondo, pero tienen en común el talento, el compromiso con su obra, la paciencia, la persistencia. Tienen el común el ser artistas y no ventajistas o meros domingueros de la música. La pureza, en definitiva. Ese es el hilo que los une. Podrían haber sido otros, con otras formas y otros fondos, siempre que conservasen eso. Esa pureza en la intención.

Luis, ¿quiénes de ellos son los santos y los francotiradores y por qué?
Todos ellos lo son por las razones que esbozo en la respuesta anterior.

¿Con cuál de ellos lo has pasado mejor -y peor- mientras lo entrevistabas para el libro?
Todos fueron muy amables conmigo, aunque pocos parecen haberse preocupado luego por el resultado. Deben estar ocupados con lo suyo, lo cual es lógico. Quizá los momentos más luminosos, los que me dieron más ideas nuevas (y reavivaron otras viejas) fueron las entrevistas con Xavier Castroviejo, con Josele Santiago y con Marco Serrato. Pero creo que todos, cada uno a su manera, son pensadores originales. Y eso no abunda.

Quizá se echa de menos la presencia directa de J de Los Planetas…
Podría haber estado, pero entonces ya estaría en todas partes y sería Dios. Dejemos que siga siendo J.

Y sí, coincidimos en que Jorge Ilegales es un tipo con unas letras y un verbo sublime por agudo, directo y lúcido… ¿crees que, realmente, pasará a la historia de nuestro mejor rock por ello?
Ya ha pasado a esa historia hace mucho. Por lo que dices y porque esa lucidez ha producido algunas decenas de canciones brutales…

Me interesa especialmente el caso de mi paisano Fernando Alfaro, ¿qué tal te fue con él? ¿Te ha sorprendido su actual afabilidad tras tanto malditismo militante? ¿Por qué lo consideras un “icono de rara perfección”? ¿Era imprescindible contar con él para este trabajo?
Nadie es imprescindible, pero hablar de literatura y rock en España sin Alfaro sería un sinsentido para mi generación. Y yo soy de mi generación, aunque a veces desearía no serlo. Alfaro es un apóstol, como le gritó alguien en un concierto, creo recordar, hace mil años. O lo fue, al menos. Ahora viste formas de tipo normal, y quizá me interesa menos lo que hace, pero sigue siendo un maestro. El capítulo que le dedico no fue fácil porque no es de esos creadores que tienen su trabajo muy teorizado. Es de los que entregan la obra y dicen: “Ahí está, ahora allá tú te las compongas”. Esa gente siempre es más difícil de escrutar, y puedes meter la pata, claro, aunque el esfuerzo vale la pena. Alfaro ha sido uno de los mejores letristas de este país y uno de esos músicos capaces de construir un universo tan personal que cualquier imitación fracasa casi antes de empezar. Un investigador de nuestro lado oscuro muy, muy valiente. Y un francotirador puro, sí. Aunque hasta los francotiradores tienen padres. No sé qué le ha parecido el resultado. Ni siquiera sé si ha leído el libro. Espero que me comente algo algún día.

En el libro cuentas con muchos artistas sevillanos -caso de los antes referidos Serrato, Castroviejo, Orthodox o Pylar, ¿es una escena -literario-sonora- tan a tener en cuenta como desconocida para el público en general?
Es un ejemplo de muchas escenas que hay por España y que son asombrosas. La sevillana es especialmente experimental, y quizá por eso se ha hablado menos de ella, así que mato dos de un tiro: muestro un ejemplo válido de disidencias creativas más o menos agrupadas y hago algo de justicia a gente de mi generación que permanece bastante excluida en los medios. Bandas como Blooming Látigo, Orthodox, Pylar y otras muchas de allí son inigualables porque son totalmente únicas. Nada en ellos está hecho con un molde previo. Son arte en estado puro y agreste.

¿Qué te parece que califiquen tu estilo como iconoclasta y barroco? ¿Lo consideras un piropo?
Soy barroco, pese a que me he moderado mucho por suerte para todos. Me viene de serie, lo siento. Pero no soy muy iconoclasta. A los iconos prefiero ignorarlos excepto si tienen algún sentido. Si lo tienen, me limito a analizarlo. Lo que aborrezco son los tótems vacíos de contenido, que es otra cosa. Y abundan. Hay quien me toma por un crítico ácido, pero en realidad soy bastante moderado. Lo que pasa es que en el país de los ciegos el tuerto es rey y en el país de los borregos ves un perro y piensas que es un lobo.

El libro tiene mucho de ti, ¿verdad? ¿Hasta qué punto es autobiográfico?
Todos los libros tienen mucho (a veces casi todo) de quien los escribe, si se sabe leer entre líneas. Por ejemplo, si son asépticos tienen sin duda el miedo a exhibirse del autor. Si son personalísimos, tienen por el contrario la necesidad de exhibirse. El mío está en medio, espero. Uso mi biografía para viajar de músico en músico y ayudar a contextualizar momentos históricos. Y para no permitirme hablar de cosas que no conozco. Es un recurso. Heredado parcialmente, quizá, de Jaime Gonzalo, que por otro lado es el mejor crítico de rock que ha habido en España, de lejos. Cuando cuento, por ejemplo, que compré un disco de Chucho con dos amigos y lo escuchamos todos en religioso silencio una tarde de finales de los noventa, mi anécdota personal es prescindible. Cualquier lector medio inteligente entiende que trato de reflejar modos de experimentar la música que pertenecen a una época y que se han perdido parcialmente. Entrelazando la música y la vida, espero, queda más claro que la música es también la vida.

¿Tu objetivo era filosofar acerca de nuestra escena -musical y literaria- o simplemente todo fue saliendo así?
Era mi objetivo, sí. Los libros sólidos no salen al tran tran. Al menos a mí no me salen. Aunque es cierto que luego un libro siempre se desboca y hay que saber domarlo sobre la marcha. Era mi intención, digamos, pero acabé haciendo muchas cosas en él distintas a mi intención inicial, por suerte. Me gustan los libros vivos y no del todo controlados. Como dijo una vez mi amigo Javier Colis: “La experiencia siempre es más montaraz”.

Este “Santos y francotiradores” tiene mucho de docencia, se aprende mucho y bien leyéndolo… ¿misión cumplida?
Si se aprende, me alegro. No soy un profesor ni quiero serlo. El libro lo veo más como una conversación a muchas voces. Siempre he aprendido más en las conversaciones que en las aulas.

Tú mismo nos recomiendas la lectura fragmentada del libro para así ir descubriendo, saboreando, flipando… ¿es un libro que se puede perfectamente leer de final a principio sin que se altere demasiado su contenido e intenciones?
Se puede leer de principio a fin, claro, de lo contrario sería un libro fallido. Sin embargo, el flujo de información es tanto y su origen tan diverso que creo que se puede disfrutar de otras maneras: dejándose llevar por los meandros, apartándolo para quedarse en la música durante un tiempo e investigar por tu cuenta. Volviendo si hace falta, o no volviendo. Se puede picotear, sin duda. Que un libro tenga varios modos de ser leído igual de válidos es una suerte, creo. Pero es sobrevenido, no parte de un plan. Un ensayo sobre nuestra cultura pop(ular) tiene por esencia, esa posibilidad fragmentaria.

Dos preguntillas bordes para ir finalizando: ¿Triángulo de Amor Bizarro son los nuevos Desechables y ni siquiera lo saben? ¿Evaristo o Robe?
“Triángulo de Amor Desechable” sería un buen título de disco. Si hay que elegir, Robe, por razones que cuento en el libro. Pero no he tenido que elegir en todos estos años, así que me quedo con ambos.

Para terminar Luis, ¿a la felicidad se llega a través de la contracultura y siempre desde el extrarradio?
No sé lo que es la felicidad, exactamente, pero es cierto que la mayor parte de mis infelicidades han venido de la cultura establecida y de la centralidad; de esa ortodoxia impuesta en todos los campos que tiende a ser cada vez más castradora e imperial. Campo a través la vida es más vida. O, como decía Alfaro cuando era un maldito, “vive el peligro y vivirás más”. Quizá sea sólo una cuestión de intensidades y de dinámicas, como es en gran parte la música.