Hace unos meses, repasábamos el panorama de los estudios de grabación profesionales en España. Y nos quedamos con ganas de más. Con esta nueva entrega, ampliamos nuestra mirada al resto del mundo. Los inevitables cierres de estudios clásicos -Britannia Row y The Magic Box, últimas bajas- se compensan con nuevas aventuras como The Church. Empezamos por Reino Unido, que mantiene su gran tradición.

Cuando en febrero de 2010 EMI puso en venta sus deficitarios históricos estudios Abbey Road de Londres, facilitando, en consecuencia, su desmantelamiento para albergar pisos de lujo -al estilo del mítico club The Haçienda en Manchester, del cual sólo queda una placa-, una ola de incredulidad cayó sobre el mundo. La escena musical se quedaba huérfana. ¿Abbey Road también? ¿Cómo era posible? Era como el último clavo en el ataúd de la desguazada industria musical que conocíamos. La disolución de su memoria viva.

En activo desde 1931, los conocidos como estudios EMI hasta 1970 habían sobrevivido a la Blitz de la Luftwaffe en la II Guerra Mundial y la crisis económica de los 50, a todos los cambios de moda y estilos de la vibrante escena británica -incluyendo el torbellino del punk-, pero finalmente iban a sucumbir a los rigores de la economía informal de esta era digital llena de contradicciones, y en la que la fría eficiencia acaba siempre imponiéndose. ¿No era deprimente? ¿No se podía hacer nada? Pues sí se pudo: Una rápida movilización ciudadana consiguió que el Gobierno británico conservador lo declarara monumento nacional, impidiendo cualquier modificación en la estructura del edificio. (Y, de paso, llenándonos de envidia a los madrileños que observamos cómo se perpetran crímenes urbanísticos con total impunidad ante la indiferencia de la mayoría).

Desde entonces, un grupo de mecenas (entre ellos, Paul McCartney, lógicamente: En los años 60, The Beatles convirtieron los estudios EMI en los más famosos y queridos de todo el mundo, gracias a una sucesión de discos inmortales) garantiza su supervivencia como estudio en activo. La diversificación imaginativa se ha convertido en la clave: Servicios intensivos de masterización y una reciente reforma han devuelto a Abbey Road a una segunda juventud. Otras iniciativas apelan directamente a la nostalgia de los más pudientes, como la posibilidad de pasar una noche en el estudio 3 y grabar una canción. Todo sea por mantener el venerable templo de la grabación en activo y con buena salud. Otros históricos como los Capitol de Los Angeles, han puesto en marcha ideas similares para rentabilizar su aura mítica.

Estudios Abbey Road en la actualidad

 

La cruda realidad

Abbey Road es un caso único por razones sentimentales. La realidad para la mayoría de los estudios históricos en los últimos años ha sido más cruda, lo que no es sino un reflejo de los profundos y traumáticos cambios por los que ha pasado la industria musical, o lo que queda de ella. Sin ir más lejos, en el pasado verano se aprobó la conversión de los Britannia Row de Londres, construidos por Pink Floyd en 1976, en viviendas de lujo. En ellos grabaron Joy Division, Page & Plant, Manic Street Preachers o Björk, entre muchos otros. Pero el prestigio no paga facturas, y el futuro no está garantizado. Otros míticos, Olympic Studios, en el Oeste de la ciudad, tuvieron un destino algo más digno en 2009: salas de cine de lujo. En Olympic Jimi Hendrix, los Stones y Led Zeppelin grabaron discos legendarios. Los Beatles inmortalizaron allí All You Need Is Love. No fue suficiente para salvarles. Como tampoco se salvó Strawberry Recording Studio en Stockport, a 11 kilómetros de Manchester, donde grabaron 10cc, The Smiths, Joy Division o Stone Roses, y que cerraron en 1993. Fue uno de los primeros en desafiar el dominio de Londres en Reino Unido, y su influencia en la mejor música de Manchester y por extensión británica, ha sido reconocida con una exposición que se mantendrá durante todo este año. En 2015 también se anunció la demolición de Albert Studios en Sydney (Australia), los míticos estudios que capturaron de forma magistral los primeros discos de AC/DC (aunque se habían trasladado en el 84) y otras bandas australianas. ¿El destino del solar? Apartamentos de lujo.

En su espléndido ensayo El sonido y la perfección, el periodista norteamericano Greg Milner sentencia: “Siempre habrá demanda de grandes estudios con grandes mesas de mezclas e incluso, en el futuro próximo, de cinta magnética, pero la era de los grandes estudios y todo lo que implicaban, ha terminado”. ¿Es así, tan tajante? Abbey Road consiguió sortear su desaparición gracias al enorme peso sentimental que siguen teniendo los Beatles sobre el imaginario colectivo: Cuestión de Estado para los británicos.

No ha sido el caso de otros históricos que han caído en el siglo XXI, como los mencionados o, en Estados Unidos, muchos más: De Muscle Shoals (Alabama) a Hit Factory de Nueva York. El caso de la ciudad norteamericana es muy sintomático. Se estima que entre 1980 y nuestros días han cesado de operar más del 80 por ciento de sus estudios. Una de las últimas bajas (y de las más dolorosas) ha sido The Magic Box, en activo desde 1988, en el que David Bowie hizo sus dos últimos y fantásticos discos, y donde grabaron entre muchos otros Lou Reed, Ramones y Foo Fighters. La galopante gentrificación del Soho de Manhattan ha hecho imposible a su dueño Steve Rosenthal continuar. Paradojas del mundo moderno: Mecas de la creatividad en los 60, 70 y 80 se han convertido en barrios para ricos, donde no se puede ni vivir ni trabajar.

Los estudios Magic Box de Nueva York

 

Turbulencias

The Magic Box había sobrevivido a duras penas. En el volátil mundo que sucedió al derribo de las Torres Gemelas, los estudios neoyorquinos fueron cayendo, hasta recibir el golpe de gracia hacia 2008, fulminados los supervivientes por una crisis financiera global y cambios tecnológicos no digeridos, cuyas devastadoras ondas llegan hasta nuestros días. Menos ventas de discos, por un lado, y la posibilidad de grabar discos en entornos domésticos o el local de ensayo con resultados cada vez más aceptables, fueron una ecuación imposible de digerir por negocios que manejaban gastos fijos de otra época. Como la aldea de Astérix en la Galia, todavía resisten un puñado: Entre ellos, Electric Lady, fundado por Hendrix en el bohemio barrio de Greenwich Village en 1970 (en ellos mezcló sus dos últimos discos Bowie) y Avatar (conocidos como The Powerhouse Station hasta 1996).

En Los Angeles, la otra ciudad norteamericana con más tradición en la industria -obviando ciudades con gran sustrato musical como Nashville, Chicago y Nueva Orleans-, tampoco las cosas han ido mejor: Entre otros, cerraron para siempre Royaltone y Sound City (al que Dave Grohl dedicó un documental en el que salvaba, al menos su mesa de mezclas). Incapaces todos ellos de adaptarse a una realidad económica que no permitía, ni de lejos, las alegrías de los 70 y 80, cuando se vendían discos como rosquillas, tal y como refleja el jugoso documental sobre el ascenso y caída de Tower Records, All Things Must Pass.

Los estudios Electric Lady

Aunque como también ha sucedido en otros ámbitos, el apocalipsis total no ha llegado a concretarse. Pese a la abultada lista de bajas de los últimos 20 ó 25 años, los estudios importantes no se han extinguido ni mucho menos. Bien es cierto que, en numerosos casos, en ciudades menores (lo cual también tiene su lógica; la gentrificación hace imposible mantener negocios de este tipo en Manhattan o ciertos barrios de Londres) y redimensionados. Algunos incluso han abierto en plena crisis, otros han reformado sus instalaciones mirando a un futuro cuyas incógnitas no terminan de despejarse, todos han tenido que diversificarse. Lo que demuestra que, pese al continuado declive de las ventas de CDs, y con el vinilo y las reediciones como buques insignia de las ventas físicas, sigue existiendo demanda para fijar en las mejores condiciones música que, al fin y al cabo, quedará para la posteridad.

El corazón de Electric Lady

 

Vuelta a lo analógico

Tras años en los que se impuso cierto pensamiento único digital y la idea peregrina de que cualquiera podía grabarse un disco en el local de ensayo, el incremento de las ventas de vinilo como tabla de salvación del formato físico en detrimento del CD, así como el refinamiento del oído de un consumidor que traga menos con grabaciones o masterizaciones de trazo grueso, han reivindicado las viejas técnicas. Los equipos analógicos han reconquistado el espacio perdido en los noventa, de la mano de técnicos e ingenieros que en su momento no tiraron la toalla. Hoy la mayoría de estudios ofrecen una síntesis de ambos mundos, y el oficio del ingeniero profesional se ha revalorizado.

Es lógico, ya que sigue resultando imposible replicar la historia sedimentada y las condiciones técnicas y acústicas y el conocimiento acumulado de sus ingenieros de Abbey Road, Rockfield o Electrical Audio. El componente vocacional de ingenieros y/o músicos reciclados , como sucede en España, es hoy fundamental, mientras que en los años 50, 60 y parcialmente en los 70, el estudio era un lugar casi industrial y despersonalizado, con un ejército de técnicos e ingenieros anónimos, que pululaban por el lugar impartiendo sus conocimientos técnicos con funcionarial diligencia. Sin el compromiso de gente como Steve Albini, Rick Rubin, Don Zientara, Dave Fridmann, Nigel Godrich o John Congleton, la Historia de la música grabada en los últimos 30 años sería muy diferente.

Los supervivientes han tenido que adaptarse en tamaño y tarifas a la muchas veces precaria realidad de bandas, artistas y sellos. Como, por otro lado, ha sucedido en otros muchos sectores afectados por las tecnologías digitales que han puesto en manos del consumidor posibilidades insospechadas a precios muy bajos o a coste cero. En la página de Metropolis, estudios de grabación y masterización que han capeado el temporal en Londres, se lee: “No sólo trabajamos con sellos globales, iconos globales y nombres. También lo hacemos para artistas pequeños y en desarrollo y aquellos que tengan proyectos privados. Podemos hacer un traje a medida de tus necesidades”. Y es que la era del amateurismo generalizado, como diría el experto en tecnología Andrew Keen, también puso en jaque al estudio profesional. Lo sigue haciendo, en realidad.

Steve Albini en el estudio

 

Mecas de la grabación

Si nos vamos al principio, tres focos sobresalieron en las primeras décadas de desarrollo de las grabaciones electroacústicas, desde los años 30, cuando la electricidad revolucionó las técnicas de grabación con la microfonía: Londres, Nueva York y Los Angeles. Los años 50 ven cómo el arte y la ciencia de grabar alcanzan su primera cúspide con los estudios de las discográficas en estas ciudades, donde el uso de la tecnología de cinta magnética que habían inventado los alemanes y adoptado los norteamericanos tras la guerra, se generaliza. Es el caso de los estudios EMI (Abbey Road desde 1970) o los también legendarios estudios de la calle 30 Columbia de Nueva York -cuna de numerosos e irrepetibles discos de jazz, lo que no evitó que cerrara sus puertas en 1981- o los Capitol en Los Angeles, con su icónico edificio en forma de tubo, que el año pasado cumplieron 60 años en activo.

En Estados Unidos, Memphis (Sun) y Detroit (Hitsville U.S.A., cuartel general de Motown) tuvieron un lugar destacado en el desarrollo de las técnicas de grabación en los años 50 y 60, con la explosión del mercado juvenil, a través de sus pioneros del rock and roll, el pop y el soul. Sus visionarios técnicos (Sam Philips, Berry Gordy) tendrían una influencia capital incluso en el concepto de producción, de ir más allá de la grabación realista de unos músicos tocando. Fueron pioneros en la apertura y generalización de estudios independientes a finales de los 60.
En los 70 Jamaica, con el reggae y el dub, rivalizó en cuanto a técnicas innovadoras con ellos (Studio One). También en África se hicieron cosas interesantes en Etiopía y otros países de la órbita colonial británica como Nigeria, pero la inmensa mayoría de la industria de la grabación de rock y pop estuvo durante décadas circunscrita a las ciudades mencionadas y al ámbito anglosajón: Grupos y artistas de todo el mundo irremediablemente acababan grabando sus obras capitales en Londres, Los Angeles o Nueva York. Era también una cuestión de prestigio o de mitología, como vimos en España con gente como Radio Futura, Surfin´Bichos o Los Planetas.
Hubo excepciones notables: Además de en los mencionados Strawberry, entre 1978 y 1984 en los Cargo Studios de las afueras de Manchester inmortalizaron sus discos nombres fundamentales de la escena punk y post-punk británica, con idéntica influencia en términos de sonido: Joy Division, A Certain Ratio, los primeros OMD, Gang of Four, The Teardrop Explodes, The Durutti Column…el impacto de su actividad fue tan profundo que hasta su responsable John Brierley tiene activa una web que da testimonio de aquella historia irrepetible. Cargo fue parcialmente rehabilitado en 2012, pero como estudio de mezcla digital. En Australia también sobreviven destacables, como Sing-Sing (inaugurados en 1975 como estudios Dahlstrom).

John Brierley en Cargo Studios

El concepto puramente urbano del espacio de grabación se diluyó a finales de los 60 en beneficio del estudio como retiro espiritual para la creación alejada del mundanal ruido (el estudio residencial), siguiendo el ejemplo de Rockfield, emplazado en la campiña galesa. Pronto llegarían otros británicos como los aún activos Sawmills (inaugurados en 1974 en un pintoresco molino del siglo XVI junto a un río en Cornualles; por allí han pasado de Oasis a Muse) y Monnow Valley, también en Gales (en su momento, eran las salas de ensayo de Rockfield, pero se constituyeron en estudios independientes en los 80). Los resucitados Pachyderm de Cannon Falls, a 45 minutos de Minneapolis son otro buen ejemplo en Estados Unidos.
Hablando de Pachyderm, donde en su momento grabaron Nirvana, Superchunk y PJ Harvey, escenas importantes como el grunge o el rock alternativo norteamericano viven sinergias con estudios alejados de los focos tradicionales: En paralelo a la debacle de los estudios neoyorquinos y las dificultades de otros históricos, ha habido, como sucedió en España, una descentralización hacia ciudades o localidades insospechadas, y no sólo para atender el talento local. Seattle con Avast!, Washington DC con Inner Ear, Chicago con Electrical Audio y Soma, e incluso lugares exóticos insospechados, como la campiña francesa (La Fabrique) tienen estudios muy a tener en cuenta. En los Karma Studios de Tailandia grabaron The Libertines su último trabajo.

Los estudios Electrical Audio de Chicago

 

Reino Unido: mucho peso de Londres

En esta primera parte echamos una ojeada al panorama británico, donde siguen operando algunos de los mejores estudios del mundo, aunque con bajas muy sensibles que se remontan décadas atrás, como el caso de los mencionados Strawberry y Cargo Studios, Trident o IBC Studios, estos dos difuntos en los primeros 80. Un puñado de históricos aguantan el tirón, adaptándose, otros se consolidan. Incluso algunos temerarios comienzan nuevas aventuras, como sucede con los remodelados e impresionantes The Church, propiedad ahora del versátil y reputado productor Paul Epworth (Adele, U2, Coldplay, Thurston Moore). Abbey Road acaba de añadir hace apenas unas semanas, con carta incluida de Sir Paul McCartney, dos estudios más pequeños más a su complejo, bautizados como The Gatehouse y The Front Room, con el fin de atender la creciente demanda de producciones más pequeñas y accesibles económicamente. La obra no ha sido cualquier cosa: Se ha tratado de la mayor transformación del estudio desde su apertura en los remotos años 30 del siglo pasado.

La enorme zona metropolitana de Londres concentra la mayor densidad de estudios de grabación de todo el mundo, más aún con la caída de Nueva York: Por encima de la treintena, una cifra que registra Miloco, empresa -originalmente, en 1984, un estudio de grabación- que ahora centraliza y gestiona el negocio de unos 34 estudios de la capital de Reino Unido, y alrededor de 90 sumando los del resto de Reino Unido y otros países, además de la actividad de ingenieros y productores. Es un buen ejemplo de cómo han cambiado las cosas en la industria de la música, y cómo se intentan concentrar esfuerzos para optimizar recursos.

Paul Epworth

Como ha sucedido en España, el caso de los músicos que regentan sus negocios para grabar no es infrecuente y se remonta décadas. En los 80 músicos como Annie Lennox y Dave Stewart (artífices de los originales The Church) o Peter Gabriel (con Real World) apostaron por montar sus propios espacios, siguiendo la estela de Ray Davies, Pink Floyd y otros. Mark Knopfler inauguró British Grove Studios en 2002, con la idea de conciliar lo mejor del pasado y la última tecnología. Cuenta con equipo único, como una de las mesas de válvulas con la que George Martin grabó a los Beatles. La única del mundo que queda. Su buen hacer le ha servido para grabar el festín de versiones de blues añejo del último disco de The Rolling Stones, Blue & Lonesome.

Tanto en Londres como más allá del área metropolitana de su capital, en Reino Unido hay estudios más pequeños pero interesantes, que han resultado cruciales para la música gestada en estas últimas dos décadas. Son, sobre todo, negocios iniciados por músicos: El ex The Delgados Paul Savage y Emma Pollock (Chem 19 en Glasgow, ver entrevista en este mismo especial), Andy Ramsay de Stereolab (Press Play Studio, en Londres), Jim Barr de Portishead (J&J, en Bristol), Steve Mackey, bajista de Pulp, que ha grabado el último trabajo de los anti-héroes del realismo sucio británico Sleaford Mods o Martin Coogan que adquirió los Vibe Recording Studios de Manchester a New Order. Otros estudios al alza son el del productor y músico Dan Carey (Steve Mason, Kate Tempest) o Blueprint, en Manchester, elegido por gente tan variopinta como The Fall, Pharrell Williams, Johnny Marr o Justin Timberlake. Es un panorama que va ampliándose y mutando constantemente, en función de las necesidades de bandas y artistas y el compromiso de productores-ingenieros.

En nuestra obligatoriamente limitada selección han vuelto a pesar la Historia, el equipo técnico y las características distintivas de cada uno de ellos, sin olvidar la demanda actual. De nuevo, insistimos: No están todos los que son pero son todos los que están. Los estudios profesionales se resisten a desaparecer, también en Reino Unido. Aunque están por ver cuáles son las consecuencias del Brexit sobre la importante industria musical británica. De momento, casi todo son incógnitas.

Soma Studios