En breve se publicará una edición especial del que es uno de los grandes clásicos del pop rock internacional de los noventa. “Ok Computer. Oknotok 1997-2017” (XL/Popstock!, 17) recupera el disco y le añade un montón de descartes que harán las delicias de los aficionados de todo el mundo. Ahora bien, creemos que vale la pena echar la vista atrás y ver qué partes del mensaje distópico del “OK Computer” original se han cumplido a estas alturas.

Fue un 16 de junio de 1997 cuando los británicos Radiohead publicaron su tercer larga duración. Desde el mismo título, “OK Computer“, se abría la cortinilla del misterio, acentuado por su portada, invernal y desangelada, además de repleta de símbolos, como esa X, antesala de la utilizada por Los Planetas para su, también tercer disco, “Una semana en el motor del autobús” (RCA, 98). Al igual que el disco de los granadinos, el álbum de los Thom Yorke y compañía desprendía un aura de grandeza crepuscular, una especie de reconversión del agnst característico de la generación X por una desazón vital que, en el caso de Radiohead, se nutría de una retahíla de mensajes en clave, ensamblados bajo la influencia de la lectura de Noah Chomsky. Pero también como de un reflejo directo con los futuros distópicos de J.G. Ballard, resuelto dentro de un estado de control poblado de alienígenas, androides melancólicos y revueltas callejeras en los suburbios.

Radiohead habían plasmado el reverso del falso optimismo del britpop. Su compañía discográfica estaba de uñas: presentían un descalabro comercial sin precedentes. Y más, cuando “Paranoid Android” fue escogida como primer single. Casi siete minutos de progresión fuera de las coordenadas de la metodología del hit para unos tiempos dominados por la explotación roma del legado de The Beatles y The Kinks.

Inglaterra vivía en un estado de ilusión constante: la prensa musical hacía de titiritero y las peleas BlurOasis retomaban la vieja confrontación entre The Beatles y The Rolling Stones, aunque de una manera más tosca y falta de imaginación. La gestación de un viaje en el tiempo hacia los años sesenta había funcionado como distracción ante la tensión premilenio que Tricky ya había anunciado en 1996. La realidad de las políticas capitalistas se escondían bajo la falsa sonrisa del Primer Ministro rockero, Tony Blair. La invocación del espíritu de Harold Wilson fue como el truco de la chistera, pero en esta ocasión no había ni conejo.

La historia del pop se mueve en un bucle; siempre está condenada repetirse. Y, así como en 1968 el “White Album” de The Beatles y el alunizaje del demonio invocado por The Rolling Stones en “Sympathy For The Devil” anticiparon la muerte del verano del amor a manos de Charles Manson, en pleno 1997 la nueva línea temporal se vería marcada por la intromisión de “OK Computer“, que se anticipó a la debacle de Oasis en “Be Here Now” y al accidente fatal de Lady Di, la princesa del pueblo. En menos de dos meses se dieron estos tres hechos. La mascarada del britpop quedó en cueros. Y la diversión dejó paso a un estado de paranoia anestesiada, perfectamente preconizada entre la docena de cortes que integran “OK Computer“, uno de los discos más influyentes en las generaciones posteriores.

Entre las letras de Yorke, la X es despejada en una ecuación donde la psicosis por el inminente cambio de siglo toma forma desplegando vasos comunicantes con el “Bitches Brew”(Columbia, 1970) de Miles Davis y el “Fun House” (Elektra, 1970) de The Stooges: los dos discos que, tras la gran toga hippie, invocaron el caos como modus vivendi y, de paso, aniquilaron cualquier resquicio de alegría sesentera. Ambos trabajos fueron publicados en 1970. La analogía es simétrica: no hay más que cambiar los factores: britpop por verano del amor, y los noventa por los sesenta. Si en el caso de “Fun House”, su relación con “OK Computer” fue simplemente a nivel simbólico, en cuanto a “Bitches Brew”, las fuerzas desatadas por Miles hacia la opresión instrumental como reflejo del aura apocalíptica de su época sirvieron de pauta para los de Abingdon. No hay más que empezar por “Airbag”, si bien la inspiración tuvo línea directa con las programaciones de DJ Shadow, ésta parece funcionar como un falso techo, tras el que se esconde una densa coagulación rítmica de tempos intrincados y ostinatos retorcidos, desde los que se proyecta el espectro del bajo subatómico de Dave Holland y la batería imposible de Billy Cobham. Estos dos últimos fueron parte integrante de la banda concebida para “Bitches Brew”, disco sobre el que Johnny Greenwood llegaría a declarar lo siguiente: “Nos encanta toda la atmósfera y el caos en“Bitches Brew”, el sonido gordo y sucio de dos pianos eléctricos y los [múltiples] bateristas. Es por ello que es tan bueno, más allá del toque de trompeta de Miles. Nos encanta cómo se reunió esa sensación de caos”.

El espectro de “Bitches Brew” se extiende de forma locuaz hasta los teclados oníricos que nutren “Subterranean Homesick Alien”. Al igual que en el disco de Miles, en “OK Computer” el caos también viene con grieta incluida, una tras la que se cuela una inducción total de propiedades evasivas; en caso de “OK Computer”, representada en la placidez pastoral de” No Surprise”s y en el barroquismo hipnótico que inunda “Let Down”.

La teoría de los contrarios como fuerza motriz creativa cobra dimensiones de Ópera egipcia en “OK Computer”. Lo curioso es que ésta fuera desencadenada por las mismas corrientes que se dieron a principios de los setenta. De la paciencia del rock progresivo al saqueo intencionado de las dinámicas krautrock, pasando por la proyección en cinemascope del rock espacial e incluso las formas más rebuscadas del glam, Radiohead lo amalgamaron en un rostro donde las arrugas del pasado describen surcos de juventud imponente. La compleja estructura de canciones como” Paranoid Android” claman la reinvención del pasado como vía alternativa; rehúyen del bucle temporal como forma nostálgica a la que honrar sin remisión. Pero, aún más significativo, retoman la actitud de los años setenta para postergar la idea del rock como obra de arte entre piezas de ambiciones faraónicas, tal como “Physical Graffiti” (75) de Led Zeppelin o las óperas rock de The Who.

Quizá por su misma predisposición a intentar empujar los tiempos hacia delante, pero desde el vértigo de contraponerse a las corrientes dominantes, “OK Computer haya tenido una influencia mayor a nivel emocional que instrumental.

Veinte años después, la situación meridional de “OK Computer es idónea. Hoy en día, nos encontramos en la época donde la función dominante de los singles en los sesenta ha sido invocada de nuevo por una sociedad de consumo rápido. La industria se mueve entre ventas virtuales, vídeos para Youtube y singles sin formato físico. Justo en este momento de confusión es cuando la sombra de “OK Computer” ha vuelto a tomar forma. En unos tiempos de globalización perenne y viejos modos disfrazados de nuevos, estas profecías, ya contenidas en “OK Computer, retornaron hace pocos días en forma de pósters enigmáticos. Una palabra clave: “Oknotok”, el título del que será la reedición más esperada del año, la de “OK Computer”: el rastro de una huella condenada a repetirse en círculos a lo largo de la historia.