Sex & Food (Jagjaguwar/Popstock, 18) es la terapia del neozelandés afincado en Portland para agarrarse a algo sólido en un momento en el que la confusión (política, económica y de todo signo) nos devora.

Ruban Nielson hace canciones inventivas reacias a ser encasilladas; pero también podría escribir tratados sociopolíticos de quinientas páginas, si tenemos en cuenta las prolijas respuestas que da a las preguntas que le lanzo en las oficinas de Popstock. Se piensa lo que dice. Para su cuarto trabajo, intentó abrirse paso entre la intrincada maleza de nuestro mundo viajando a Islandia, Corea, Vietnam y la ciudad de México, donde un terremoto estuvo a punto de arruinar su disco (y provocar algo más serio). Todas las experiencias han acabado enriqueciendo un trabajo fracturado e inclasificable, que demandará una mayor pericia en directo; Nielson está empezando a montar una banda desde cero, con su hermano a la batería.


Considero interesante tu idea de hablar de lo que pasa pero sin hacer un disco abiertamente político, como si estuvieras saturado.
No quería hacer un disco “político”, pero ahora mismo es un poco imposible hacer un disco ignorando lo que está pasando a nuestro alrededor. Es una locura. La gente dejó de creer en las noticias, todo el mundo se está dividiendo más y más, hay incluso subdivisiones. El otro día en Twitter leí a gente de la comunidad negra discutiendo sobre quién tenía la piel más oscura. Todo parece romperse y quebrarse. No era así hace sólo tres años. Bueno, todo esto siempre ha estado ahí, pero ahora es algo que predomina en el ambiente. Pero yo sólo quería hacer un álbum sobre cómo me siento, no quiero que la política prevalezca en mis discos.

¿Cómo te afecta todo esto viviendo en Portland? Parece que Estados Unidos es la sociedad más polarizada, donde esa tendencia de la que hablas es más evidente o extrema.
Cuando llegué hace unos diez años estaba Bush, pero Obama ha sido presidente la mayor parte del tiempo que llevo allí. Para mí, Estados Unidos siempre ha tenido problemas, pero culturalmente la era Obama fue un periodo en que todo estaba calmado, al menos para los que veníamos de fuera. Y Portland es una burbuja liberal, hay mucha gente de izquierdas. Oregón siempre ha sido un estado demócrata.

Voy al disco: Siempre has metido imaginería poderosa en tus letras, pero esta vez parece que te superas. ¿Querías llevar esto al límite?
Es curioso porque siempre he pensado que mis letras son surrealistas y psicodélicas, pero un año o un año y medio después de escribir estas canciones, me he dado cuenta de que están llenas de confesiones embarazosas acerca de lo que pasaba y cómo me sentía. Hay versos muy extraños, pero en realidad se refieren a cosas que pasaron de verdad. Pueden parecer surrealistas, lo que pasa es que por aquel entonces me pasaron cosas muy raras.

“Antes el Gobierno decía: ‘esto es la realidad’, y el rebelde la negaba. Hoy es todo más confuso”

¿Quiénes son tus escritores favoritos?
Cuando crecía me gustaba mucho Aldous Huxley. La isla es de mis libros favoritos. He estado leyendo un montón de no ficción últimamente. Mucha filosofía. Por cómo están las cosas, he vuelto a los escritores marxistas que estaban en boga cuando estaba en la escuela de arte. Por eso ahora mismo soy bastante malo en la ficción, estoy intentando volver a ella, y he empezado a leer a los hermanos Strugadski, unos escritores soviéticos de ciencia ficción. Llegaron a ser muy populares, se han hecho muchas películas basadas en sus libros. Adam Curtis, un periodista de la BBC, cuenta en un documental cómo la propaganda soviética se vio influenciada por estos hermanos, y es algo que explica bastante bien lo que está pasando en Estados Unidos, donde ahora mismo nadie sabe qué es real y qué no. Es un poco como la Rusia soviética, nadie sabe qué sucede realmente. Hay muchos extremos políticos y gente sugestionada bajo diferentes ilusiones. Es muy interesante y un alivio leer libros así, porque hablan de estas cosas. Ya no sabemos en qué realidad vivimos, qué es verdad y qué no. En Occidente, lo normal era que el Gobierno nos dijera: “Esto es la realidad”, y el rebelde contestaba: “No, no es así”. Ahora es más complicado. El Gobierno disiente de los científicos, se lanzan mensajes contrapuestos, hasta hay discusiones en el seno de los demócratas y los republicanos.

Hay mucha confusión en todos los ámbitos.
Sí. Es raro vivir así, pero te tienes que acostumbrar y seguir con tu vida. Creo que es de lo que trata Sex & Food. Quizá tengamos algo en común como humanos. Cosas muy sencillas a las que te puedes agarrar.

Y en el centro de todo, la tecnología. Un ejemplo: mucha gente es incapaz ya de disfrutar de un concierto sin hacerlo a través de su móvil. ¿Estamos alienados por la tecnología?
Sin duda. Creo que todos lo sabemos, pero al mismo tiempo, es difícil criticarlo sin que parezca que estás perdiendo el contacto con el futuro. Es raro. Aquí en Madrid me he dado cuenta de que la gente pasa mucho menos tiempo con sus móviles que en Estados Unidos. En América, vas a un restaurante y te encuentras a un montón de personas alrededor de una mesa enfrascadas en sus pantallitas. Lo que mola cuando sales de allí es que ves en que en otros lugares se sigue socializando mucho más, que lo de Estados Unidos no es algo dominante. Te recuerda que las cosas no tienen por qué ser así (risas). Pero no tengo una opinión positiva o negativa sobre el tema, de momento. Con el disco me limito a eso: percibo algo y lo cuento, pero sin decidir si está mal.

Para componer y grabar este disco has viajado por todo el mundo, a lugares insospechados y totalmente diferentes. ¿Por qué elegiste cada sitio?
En algunos casos, la lógica ha sido muy rara. Fui a Reikiavik, Islandia, porque lo asocio mucho con la naturaleza y hay un montón de gente que escribe libros y son lectores voraces de literatura y otras cosas. Pensé que sería interesante el contraste con Estados Unidos, donde la mayoría de la gente apenas lee. Además, quería estar en contacto con una naturaleza que me inspirara. Fue el primer sitio al que viajé, y estuvo muy bien.

Luego volví a Portland y me fui a Corea. Siempre me ha encantado la historia de David Bowie e Iggy Pop yendo a Berlín, escapando de Los Angeles y de la fama, la cocaína y todo eso. Me sentía identificado con esa idea. Pensé que el equivalente hoy sería la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur (DMC, la zona desmilitarizada). Intenté encontrar el estudio más cercano a la frontera y encontré uno de K-Pop, lo cual fue muy raro.

¿Un poco buscando el equivalente actual a un ambiente de “Guerra Fría”?
Quería estar en un lugar capitalista que estuviera muy cerca de uno comunista. Y salir con gente y hablar de ello. Ver si podría recrear sus sentimientos. Estuvo muy bien, porque los coreanos del sur no tienen miedo de los del norte. Son muy valientes, a diferencia de muchos norteamericanos, que se creen ciertas mentiras y están asustados de lo que tienen cerca. Fue muy interesante estar con gente que había estado en el ejército y tenía que apuntar su rifle hacia Corea del Norte. Todas estas cosas fluyeron hacia la grabación.

Después, pensé en Hanoi (Vietnam), porque en este disco quería tocar más la guitarra y mi influencia más obvia es Jimi Hendrix. Creo que la primera vez que oí a Hendrix fue en una película de la guerra de Vietnam. Me pareció que tendría una mayor conexión que si iba a Electric Lady (estudio de Nueva York fundado por el propio Hendrix) o algo así. Y moló mucho. Fue muy interesante porque alquilamos un apartamento desde el que íbamos al estudio. Llegábamos empapados en sudor, por el calor y la humedad, y pensando lo difícil que tenía que ser hacer una guerra en esas condiciones. Tuvo que ser un infierno. ¡Era difícil hasta grabar! El tiempo es una locura. Pero ese paseo diario era muy interesante. Fui con la idea que sería un país más modernizado, y veías a pescadores vestidos como en la guerra, fue muy inspirador.

¿Qué fue lo más interesante?
Venir de un país capitalista en la frontera con otro comunista, y entrar en uno comunista. Solemos idealizar el comunismo, y hubo algunas cosas que me perturbaron bastante. Había cosas buenas: es un alivio que no haya publicidad por todos los lados, pero unos amigos que hicimos en el estudio nos invitaron a un par de bolos y en uno de ellos había una cantante que hacía como canciones protesta. Pedía la libertad que nosotros damos por sentada. Era interesante oírla desde una perspectiva tan cínica como la que tenemos nosotros sobre el capitalismo. En un momento dado, la policía dispersó al público y se llevó a los músicos. Dio bastante miedo porque eran como soldados, con metralletas. No sabíamos si se los llevaban a la cárcel o qué. Luego nos enteramos de que los liberaron mediante sobornos. Fue un bajón.

Por último, para grabar las últimas voces y mezclar, fui a la ciudad de México. Y todo se interrumpió por el terremoto… cuando pasó, yo estaba cabreado porque me parecía que no iba a terminar el disco. Nos quedamos atrapados en una especie de ciudad prefabricada que se construyó en un parque (el de Chapultepec). El único momento feliz fue cuando trajeron algunos suministros, porque la mayoría de la gente estaba allí: O su edificio se había derrumbado, o era demasiado peligroso quedarse dentro. Pero, al final, también fuimos capaces de aprovechar ese sentimiento. Estuve muy preocupado por algunos amigos y otras cosas, pero al final la experiencia me inspiró y tuve suerte. Al volver a Portland, encontré la determinación de acabar el trabajo. Cuanto más me alejo de ello, más me parece que todo forma parte de la historia del disco. Pero en el momento fue un disgusto, claro.

“Me gusta sentirme todo el rato como un outsider”

Desde un punto de vista técnico, ¿qué fue lo más complicado que tuviste que superar con este planteamiento?
Después de los últimos discos, me di cuenta de que podía grabar en cualquier lugar. Que no importaba tanto el equipo o el estudio. Por ejemplo, el K-Pop es un género muy limpio y producido, pero no me preocupaba, porque podía traerme de vuelta a casa lo que grabara en el estudio de Corea y hacerlo sonar como me gusta. Estoy un poco obsesionado con las grabadoras de cinta y el equipo, pero al mismo tiempo no soy un purista de lo analógico. Como me sucede con todo, no soy ni moderno ni de la vieja escuela, estoy en un espacio intermedio extraño. Me gusta esa sensación de no saber de qué periodo es una grabación. En este disco acepté finalmente que me gusta apretujarlo todo junto (risas), y lo voy a seguir haciendo sin cuestionarlo ni preocuparme.

Lo cierto es que es cada vez más difícil meter tus canciones en un género determinado, ¿no?
Creo que el disco está como fracturado, da la impresión de que todo se está rompiendo. Cuando lo hacía me sentía sin casa, pero en realidad siempre me he sentido así: sin pertenecer a muchos sitios pero a la vez, conectado con todas partes. Supongo que pensé que esto era importante, que debería poner énfasis en mi identidad, porque en Estados Unidos todo el mundo está obsesionado con ella y yo no tengo ni idea de cuál es: si tengo alguna identidad, es que no tengo ninguna (risas). Pensé que mi trabajo era romper cualquier idea genérica. Tenía que permitirme hacer un disco que no encajara en ningún sitio en particular. Quizá eso era lo más importante que podía hacer ahora mismo.

¿Te sigues sintiendo cómodo con la etiqueta de “psicodelia”, o es algo que ya das por superado?
Bueno, es curioso porque siempre me ha parecido que, aunque respetaban lo que hacíamos, no nos acababan de aceptar en esa escena. Además, en un momento dado empezamos a meter cosas raras de RnB y música negra, pero pasó algo similar: nos dejamos influir por ello pero no asumimos esas influencias totalmente. Es lo mismo que me ha pasado siempre (risas), así que he empezado a pensar que está muy bien estar en esa zona gris, ser todo el rato un outsider. Me gusta, creo que es bueno. Es un sitio saludable.