Los sonidos fronterizos y latinos parece que no tienen mucho tirón en Zaragoza
Entrevistas / Rosarito

Los sonidos fronterizos y latinos parece que no tienen mucho tirón en Zaragoza

Jaime Oriz — 08-02-2021

Se ha hecho de rogar pero por fin se va a publicar el tercer disco de Rosarito, “Las Calaveras”. Han pasado ya más de cuatro años desde “Llegaron cuatro jinetes”, pero esa mezcla de música tradicional y fronteriza sigue sonando igual de fresca y necesaria. Tras varias bajas y problemas típicos de una banda de música, Rubén Díaz se mantiene como líder indiscutible y único miembro de la formación que debutara con ese estupendo “Fresas salvajes”.

Los dos primeros discos se publicaron con poco tiempo de diferencia, pero éste ha tardado un poco más en salir. ¿Qué ha pasado en todo este tiempo?

Sacar este tercer disco ha sido una travesía por el desierto, muy complicado. Tras el segundo disco, después de conseguir una banda bastante engrasada, hubo una desbandada general y me quedé prácticamente solo. Tuve que volver a montar la banda de nuevo… Y otra vez desbandada de músicos y vuelta a empezar. Estuve buscando batería durante meses y no encontraba nadie que quisiera tocar estos estilos. Finalmente, conseguí una banda de apoyo y dimos algunos conciertos para mantener viva la llama. Entramos a grabar porque me quemaba la sangre ya de tanto esperar, pero las canciones estaban poco trabajadas, esbozadas solamente en ritmos y arreglos. Esta forma de grabar tan apresurada ha supuesto múltiples retrasos en la salida del disco, pues hubo que regrabar baterías, trompetas, voces, volver a grabar bongós, añadir congas… De lo que empezó a lo que ha salido ha quedado poco de la primera grabación.

En este tiempo, también publicaste un disco con Los Negros, un proyecto muy de tu mundo. ¿Qué diferencias tienes ahora con ese grupo y qué te ha aportado al sonido actual?

Pues el proyecto de Los Negros ha aportado mucho a Rosarito. Para empezar, algunas canciones, pues varias de las que hemos grabado para este disco provenían de este proyecto, que quedó aparcado por no encontrar músicos que quisieran llevarlo a directo. Como ves, los sonidos fronterizos y latinos parece que no tienen mucho tirón en Zaragoza. O soy yo, que no sé buscarlos. Con este tercer disco he intentado hacer un cruce sonoro entre los dos proyectos. El viaje sonoro que empezamos con Rosarito partiendo del folk imaginario de “Fresas salvajes”, pasando por la frontera mejicana de “Llegaron cuatro jinetes”, termina su andadura en tierras caribeñas con Las calaveras, por ahora, destino final de esta aventura.

Como es palpable y por lo que nos cuentas, tu apuesta es total por los sonidos más fronterizos y latinos. Parece que últimamente los sonidos más modernos vienen de esas tierras. ¿Ves el pop occidental un poco más estancado?

Mi interés por estos sonidos y estas músicas no viene de una postura moderna, sino de una conexión muy verdadera, que tengo a nivel emocional. Siempre he escuchado artistas añejos, desde Machín a Peret, desde Chavela a Los Panchos, y su fraseo está grabado en mi memoria musical con mucha más impronta que los sonidos anglosajones y americanos, que me encantan también, pero no son mi canal de expresión. En general, veo dos tendencias en esta renovación “latina”: una más “moderna” y cool que trata de revestir estos estilos con capas de electrónica y sonidos globales; y otra más tradicional, que intenta hacerlo desde una perspectiva más localista, más aferrada a los instrumentos, que es la que a mí más me gusta y me interesa. En nuestro caso, además de los instrumentos que le dan el sabor propio (bongo, conga, trompeta) nos gusta añadirle el pulso eléctrico, de ahí el concepto de la portada que le planteé a Furillo, el dibujante. Le dije que quería un cruce entre una portada de Compay Segundo y una portada de The Fuzztones, y creo que lo ha logrado a la perfección.

 

Lo que me gusta de las letras antiguas es su atemporalidad, su sencillez poética, su gracia inesperada en el giro, su picaresca, su humanidad, su hondura espontanea y su añeja frescura

 

De Los Negros me llamó la atención sus letras y me dijiste que buscabas una conexión con “el gracejo popular”. Parece que sigues por ese camino. ¿Qué es lo que te interesa de este tipo de letras? ¿Buscas hacer una metáfora de letras del pasado con temas actuales?

Como bien apuntas, sigo por ese camino en las letras y algunas ya te he comentado que estaban escritas para Los Negros. Lo que me gusta de las letras antiguas es su atemporalidad, su sencillez poética, su gracia inesperada en el giro, su picaresca, su humanidad, su hondura espontanea y su añeja frescura. A mí me gusta mucho esa sabiduría popular que impregna cierto tipo de letras y desde pequeño me encantaba estar con los más mayores de mi pueblo: con mi abuelo, el Tío Félix el “Negro”, con el Tío Ángel “Pernales”, que eran personas que te contaban unas historias fascinantes del pasado. Les encantaban los refranes, los chascarrillos, las coplas populares, etc. y tenían una memoria oral muy viva. A mí, esa forma antigua de contar me sigue pellizcando, y normalmente trato de integrarla en mi manera de escribir. No tanto en hacer metáforas de la situación actual, sino de narrar un mundo ya pasado pero que es atemporal en su esencia.

Como ya has indicado, la banda ha ido cambiando con el tiempo. A la hora de componer, ¿lo haces tú todo o cuentas con la colaboración de algunos de los músicos?

Por Rosarito han pasado ya once músicos en tres discos, una locura. Yo siempre he sido muy de grupo, de banda, y sufría mucho cuando la gente, por distintas razones, abandonaba el proyecto. Ahora ya me he endurecido en este aspecto y soy el único que permanece desde el principio. Así que al final es un proyecto muy personal y todas las canciones son composiciones mías. Hoy en día me es imposible mantener un grupo fijo, por lo que dependiendo de cada concierto voy contando con distintos músicos. Si bien cuento con la presencia más o menos fija de bajo (Diego Llorente) y bongó (Pedro de Marina), que están bastante implicados con el proyecto, del resto tiro de amigos, colaboradores o de mercenarios. Por otra parte, tengo que agradecer, además de a Diego y a Pedro, el esfuerzo de los distintos colaboradores del disco. Ana Playán, que grabó la primera demo a la batería, Israel Tubilleja y Juan Millán (baterías), David Sánchez (congas), Andrés Mazo (guitarras y arreglos de trompeta) y a Ildemaro Acosta, que grabó trompetas antes justo de fallecer este verano, y cuya pérdida sentimos muchísimo.

El disco posee una gran riqueza instrumental. ¿Qué te ha aportado Alberto Montuenga de Produciones Ensimismadas en la producción?

Ha sido clave para poner orden entre tantas pistas, ya que al llevar las canciones poco ensayadas en local, y al haber colaborado distintos músicos, ha habido que editar para seleccionar lo mejor de cada toma y empastar todas las pistas entre sí. Le he dado libertad para producir a su gusto, aunque a veces se pasaba de experimental y había que frenarle un poco, jaja.

Dada la riqueza sonara de “Las Calaveras”, hablamos precisamente con la persona que ha dado forma a la producción, Alberto Montuenga.

¿Cómo te planteaste la grabación del disco?

Recuerdo cuando Rubén me comentó la idea que llevaba en la cabeza. Quería reconstruir Rosarito, casi desde cero, crear una nueva banda que hibridara nuestro rock con ritmos y toques de folk latinos sonando “potente”. Rubén ya tenía unas cuantas melodías escritas en forma de maqueta y algunos músicos para empezar a grabar, así que, nos pusimos a la obra. Empezamos a grabar guitarras, batería, acordeón y metales buscando el mejor equilibrio posible. Con el bajista trabajamos online. Mientras tanto, la banda se iba formando y llegaban los primeros conciertos. Después hubo nuevas incorporaciones que también había incluir en las canciones, como el gran Pedro de Marina a los bongos, o la trompeta de Ildemaro en cuya memoria va este disco. Fue un golpe muy duro tanto para Rubén como para mi perder a una persona como era él. Aprendí mucho de su sensibilidad y de sus consejos. Su origen venezolano y amplio recorrido han dejado huella en este disco sin lugar a duda.

Comenta Rubén que la grabación del disco fue complicada y que se alargó más de la cuenta. Como productor, ¿cuáles son los problemas a los que tuviste que hacer frente?

El disco seguía en construcción, algo faltaba, así que Rubén propuso grabar congas y otras percusiones con David Sánchez en algunos tracks, rehacer algunas baterías y a partir de ahí vimos la luz. Esa fusión de esencias y colores que pretendíamos alcanzar se asomaba a lo lejos. Llegar hasta aquí me permitió trabajar mas tranquilo y así poder centrarme en los colores de las guitarras y teclados. Me tocó viajar al pasado para conocer y refrescar, en cierto modo, la memoria. Tanto Rubén como yo, por nuestra edad, hemos vivido los ambientes de las fiestas de los pueblos, de antes de internet, cuando actuaban las orquestas en las plazas sobre escenarios sujetados por bidones de gasolina para los tractores. El repertorio de todas esas orquestas era muy similar y, en esas canciones, en esos boleros y pasodobles, ha habido mucha inspiración. Poso nostálgico.

¿Cómo definirías el resultado?

En definitiva, se trata de un disco con muchos y diferentes colores sin perder la esencia latina y folkie. Cada canción tiene su personalidad, su ritmo y su particular historia escrita y narrada por Rubén con su peculiar timbre y actitud al micrófono. Tan pronto te llevan a un lugar como te devuelven a tu sitio, a veces te hacen pensar y a veces bailar. Personalmente, creo que la confianza depositada en mí por este “Chico Raro” y la libertad que me dio en el estudio para construir las canciones, han sido claves en la culminación del disco. Como hemos comentado hace un rato con Rubén “este disco nos ha enseñado mucho sobre música pero también sobre la vida”.

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