“Esta banda es una especie de accidente”
Entrevistas / Octafonic

“Esta banda es una especie de accidente”

Adriano Mazzeo — hace 2 años
Fotógrafo — Lula Bauer

Octafonic es el último hijo cerebral de Nicolás Sorín, una de las mentes más talentosas y laboriosas de la nueva escena musical argentina. En el caso de la carrera de Sorín, la palabra “nueva”, se podría ahorrar ya que su derrotero profesional es de larga (y buena) data, pero sí es real que Octafonic es el proyecto que lo puso en el ojo del público y los medios argentinos, y poco a poco va generando interés en el exterior.

Nicolás, hijo del reconocido director de cine Carlos Sorín, abandonó su hogar familiar a los diecisiete años, yéndose a estudiar a Berklee, para luego seguir sus estudios en Los Angeles, antes de residir en Nueva York por un par de años. Allí formó su propio combo de jazz en el que se destacaban los renombrados Chris Cheek y Ari Hoening.
“Cuando me gradué de Berklee a los veintiún años, mi regalo de graduación fue hacer la música de la película de mi padre ‘Historias mínimas’ (02). Estaba en Nueva York y armé un grupo de colaboradores para este trabajo. Fue de una presión tremenda para mí. Luego hicimos unas ocho películas más. Aquella primera fue una experiencia bestial, mi papá no filmaba desde 1989”.

Luego comenzaría su etapa “española”, cuando fue invitado por Miguel Bosé con quien trabajó dirigiendo a la London Session Orchestra en los estudios de George Martin, para el disco sinfónico “Por vos muero”. Vivió en la casa de la familia Bosé, aquella por la que pasaron Jean Cocteau, Picasso y Hemingway, ente otros. “Era una suerte de laboratorio por el que pasaba gente en constante contacto con la música”, según Nicolás. Durante ese tiempo también se ocupó de los arreglos de los discos “Velvetina” y “Cardio” y se convirtió en el arreglador y director musical de sus giras. Más adelante trabajaría nuevamente con él en los discos “Papito”, “Papitwo” y el reciente “MTV Unplugged”.

Después de su paso por España, volviste a Buenos Aires y se seguiría desarrollando en la escena del jazz local hasta llegar a la idea de Octafonic, un combo tan versátil como sorprendente.
Esta banda es una especie de accidente. Yo tenía un grupo que se llamaba Sorín Octeto junto a los músicos de Escalandrum, que es una banda más volcada al jazz, donde toca Pipi Piazzolla, el nieto de Astor, el prócer tanguero. En un momento Escalandrum hizo un espectáculo llamado “Piazzolla Plays Piazzolla” y comenzó a viajar mucho por el mundo. Yo me quedaba en Buenos Aires sin músicos así que me armé un Sorín Octeto ‘B’. Tras un par de meses con estos nuevos músicos, me di cuenta de que su personalidad y carácter llevaba a mi música a un lugar mucho más rockero y menos jazzero, aún así implementando elementos del jazz. Era un grupo de gente que venía del jazz, pero también de la música electrónica, del rock, una mezcla rarísima.

La formación de ese conjunto, ¿la planeaste o fue gestándose de forma espontánea?
… Dios los cría y ellos se juntan. Se fue dando sola. El primer disco, “Monster” (14), empezó más bien como un proyecto personal. Según lo que me pedían las canciones del disco pensaba en la instrumentación y en los distintos instrumentistas. No fue así en nuestro segundo disco, “Mini Buda” (16), en el que ya teníamos un sonido personal. Pero allí decidimos que no queríamos adjuntarnos ese sonido y preferimos ir hacia una suerte de purgatorio estilístico: ser irreverentes con todos los estilos, jugar con ellos. Fue el revés, en este caso, nosotros le dijimos a la música qué hacer. Fue un salto evolutivo muy grande.

Antes de estar en Sorín Octeto, tenías una banda llamada Elbou…
Sí, junto a Cirilo Fernández bajista de Octafonic. Era más punk, muy irreverente, divertida, sin letras, con mucha improvisación. Luego nos pusimos más académicos con Sorín Octeto y con Octafonic se logró un balance de las dos cosas, ya que no te diría que es una música cerebral pero sí compleja en lo textural, en lo orquestal, aunque a la vez hay un bombo en negra que permite a la gente escuchar la música desde diferentes ángulos.

Volviendo a Octafonic, sus discos de estudio fueron premiados en Argentina, pero en la actualidad están editando singles, cada uno con su videoclip.
Sí, nos gustó hacer algo muy dispar entre los dos últimos, “Rain”, que es algo muy poético y sutil, y “Physical” que es banal a tope, me recuerda a Britney Spears. Nos gusta de algún modo no darle el gusto a la gente que nos sigue. Nos interesa que la gente escuche de todo, porque de música hay dos estilos: la buena y la mala. Me aburriría dedicarme a un único estilo, me aburriría hacer todos los temas industriales o funk. Creo que uno puede tener una voz y algo que decir utilizando todo el material disponible. Yo a lo nuestro lo llamo batido, no tanto fusión, que me suena a algo más matemático y de fórmula. Respecto a los clips, nos gusta mucho que la música tenga su parte visual. Si fuese por mí todos los temas que lanzamos, tanto en single como en discos enteros, tendrían su video.

¿Cómo llegaste a ser un músico así de ecléctico?
Empecé con un piano vertical a los cuatro años. Mi padre es melómano, en casa se escuchaba mucho Brahms y Beethoven, a Louis Armstrong o a Andrew Lloyd Webber, “El fantasma de la ópera” o “Cats”. Luego me puse a estudiar batería y guitarra, y al mismo tiempo era muy autodidacta. Tengo una obsesión tremenda con The Beatles y en una época fui un enfermo de Metallica: mis padres me llevaron a Disneyworld y yo no iba a los parques: ¡me quedaba llamando por teléfono a todos los Ulrich y Hetfield que encontraba en la guía telefónica con la esperanza de hablar con Lars o James! (risas). En los noventa llegó el auge del punk melódico y me metí a fondo en eso: Green Day, Lagwagon, NOFX, etcétera. Es algo que necesito y aún escucho todo el tiempo. Y luego llegaron los trabajos para cine, de la mano de mi padre. Allí me tocó cambiar el chip según la necesidad del proyecto, si es un arreglo de cuerdas, una producción, algo orquestal… Pero siempre tratando de hacer la música que a uno le resulta honesta.

¿Alguna vez te jugó en contra esta amplitud de miras?
¡Sí! Obviamente. El que mucho abarca, poco aprieta, dicen. Si me hubiese dedicado sólo a hacer, por ejemplo, música de películas, quizá hubiese hecho algo más de lo que hice, pero me hubiese perdido tener mi banda, producir a otros artistas, etcétera. En cada idea hay algo excitante. La motivación es evitar la fórmula para no perder el nervio creativo.

Entiendo que, en parte gracias a esta amplia propuesta, Octafonic tiene mucha proyección internacional. Hablabas de ir a España e ir a México en principio.
Sí, cuando veo el line up del Glastonbury o el Lollapalooza veo bandas que tienen afinidad con nosotros. Somos de confundir mucho; quien nos ve en vivo no sabe bien de dónde somos y no por qué cantamos en inglés. Quizá sea interesante que seamos ocho locos de Argentina vestidos de traje que terminan su show como si fuese el final de una fiesta de boda. Por otra parte, soy un pésimo empresario, me aboco a la música y me es muy complicado mover a ocho personas…

Imagino que las decisiones deben ser difíciles de tomar, ¿no?
No, el problema es más bien económico. Estamos todos muy alineados en cuanto a los objetivos, funcionamos como una cooperativa. En lo musical sigue siendo mi proyecto porque siempre alguno tiene que liderar. Piensa que el resto son siete caciques más, cada uno con su historia. Sería una locura abrir el juego. Aquí en Argentina hemos logrado estar presentes, ha funcionado el boca a boca. Ten en cuenta que no hacemos una música masiva, es más bien compleja, para apuntar a lugares de quinientas o seiscientas personas. Nuestro público es muy amplio. Hay chicos de ocho años y gente de sesenta, metaleros, gente que viene a bailar, de todo. Una suerte de “degeneración” sana.

¿Qué objetivos persigue Octafonic?
Tenemos fantasías, pero no nos desviven. Nos dedicamos a pasarlo bien. Todos tenemos otros proyectos y no nos queremos agobiar. Vamos paso a paso. Ahora estamos grabando temas por separado porque se dio así. Teníamos el estudio a disposición y lo hicimos. Luego nos dimos cuenta de que no era una mala jugada. Hoy en día con la fuerza que tiene Spotify, con la posibilidad de entrar en playlists, bueno, muchos artistas están haciendo esto. Pero ya estamos con ganas de armar un nuevo disco y esperamos ir a presentarlo a España.

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