Luz silenciosa
Entrevistas / Alberto Montero

Luz silenciosa

Luis J. Menéndez — 10-12-2011
Fotógrafo — Alejandra Vicuña

De la lista de heredodoxos “cantautores” nacionales que nos dejan trabajos sobresalientes en este 2011 destaca con luz propia Alberto Montero y su “Claroscuro”. Se trata de un disco a través del que soplan aires atlánticos y mediterráneos, por el que se filtra la lírica de Luis Alberto Spinetta tanto como la teatralidad de los últimos Standstill.

Aún está caliente la polémica entre Isaki Lacuesta (a la izquierda, calzones azules, campeón del cine español más exigente) y Borja Hermoso (en el rincón contrario, indumentaria encarnada, responsable de la sección de Cultura de El País y representante de la crítica menos tolerante con lo autoral y explorador). Y de entre la guerra de posts, tweets y demás formas de comunicados contemporáneos rescato esta sentencia: “El cine de arte y ensayo aplica un código penal distinto del que regula el cine convencional”. Pregunta, ¿sucede lo mismo en el terreno de la música popular?¿Manejan en terreno independiente crítica y público posturas irreconciliables? Los que pensamos que por fortuna las cosas funcionan de forma diferente en el terreno de la música encontramos razones de peso en la exitosa exigencia de titanes como Animal Collective, El Guincho, Radiohead y tantos otros. Sin embargo, la historia de una serie de músicos que parecen condenados a vivir en la sombra, militantes a su pesar de un underground miserable, nos desmiente. Y, sí, resulta descorazonador que no haya un público que les aplauda.
Con una carrera de más de diez años a sus espaldas Alberto Montero ha publicado dos discos de psicodelia oscura al frente del cuarteto Shake en los que -como sucede con todas las referencias del exquisito sello Greyhead- apenas repararon los exploradores más avanzados. Tampoco despertó demasiada curiosidad el homónimo disco de debut en solitario de 2008, aproximación al folk de cámara, todavía en inglés. Y así hasta desembocar en “Claroscuro”, un disco capaz de mirar a la cara a los grandes y que, ahora sí, tiene que sacar al de Puerto de Sagunto del anonimato. “Los proyectos se van armando solos, impregnándose del momento en que los escribo y adquiriendo el tono de una época concreta de mi vida. Es el caso de ‘Claroscuro’. Hace tres años que me cambié de Valencia a Barcelona por motivos de trabajo y las dificultades que pasé para adaptarme a una nueva ciudad y los diferentes momentos o estados anímicos que he vivido durante ese proceso han marcado el disco y lo han dotado de cierta homogeneidad”. Se niega a considerarlo un trabajo conceptual. “Siempre que acabo un proyecto empiezo a planificar cosas, a pensar que podría hacer un disco de esta manera, de esa otra, que trate sobre esto, que suene a... Pero nunca cristaliza nada”. Porque más que una idea “Claroscuro” es el papel fotográfico que ha revelado el retrato de nuestro protagonista en un tiempo y lugar muy concreto. También la prueba de madurez de Alberto como músico y de su apertura a nuevas influencias. “El cambio del inglés al castellano surgió de la necesidad de darle valor a las letras de las canciones, de utilizar mi lengua materna y no un idioma que no sentía como propio ni dominaba correctamente. Antes escribía en inglés porque mis ídolos eran The Beatles, Love, Neil Young,... y yo quería emularlos. Pero hubo una época en que pasé a escuchar muchas cosas y muy buenas en castellano: Spinetta y grupos sudamericanos de los setenta (Arco Iris, Los Jaivas...), Vainica Doble o cosas más actuales como Standstill o Gepe. A partir de estos referentes pude ir cambiando el idioma de composición, lo cual fue un proceso muy costoso ya que supuso construir un nuevo yo musical, una nueva percepción de mi música. Cuando lo conseguí fue cada vez más fácil y satisfactorio, porque ya tenía una experiencia previa en la que apoyarme. Ahora me arrepiento de tener tanto disco en inglés, pero bueno, todo tiene su proceso y su momento”. A alcanzar este momento ha ayudado su formación musical, evidente en unos preciosos arreglos que arropan las canciones sin asfixiarlas. “En esos años de estudio conecté mucho con la clásica, por lo que me encanta hacer arreglos de voces ‘medievalescos’, a lo ‘Caramelo de limón’ de las Vainica, o arreglos con instrumentos más sinfónicos. Y a la hora del directo me ayuda mucho tener conmigo a Román Gil (su disco ‘Vía Láctea’ es de obligatoria escucha) y a Juan Pablo Olavarrieta, que es el responsable de las impresionantes líneas de bajo del disco”.

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