“No hay lenguaje más universal que el de la música”
Entrevistas / Daniel Lumbreras

“No hay lenguaje más universal que el de la música”

Joan Navarro — 19-01-2021
Fotógrafo — Silvia Poch

Daniel Lumbreras es uno de los cantautores más particulares de nuestra escena pop. Lleva años demostrándolo y “Cinematic” (Hidden Track, 20) no hace más que subrayarlo. Sin palabras, pero dibujando imágenes y sonidos preciosos inspirados en el cine. Lo estará presentando oficialmente el disco el 22 de enero en Barcelona (Fabra i Coats).

“Cinematic” es un álbum compuesto después del visionado de películas. ¿Era algo premeditado o los filmes te iban inspirando a componer?
No, no fue nada premeditado. La pandemia interrumpió la grabación de mi segundo disco de estudio. Ya tenía las maquetas casi listas y la entrada al estudio era inminente. Así que los primeros días de confinamiento estuvieron llenos de frustración, unidos a la angustia de ver como los bolos iban cayendo y como la incertidumbre económica se cernía sobre nosotros. Fueron días convulsos, llenos de ansiedad, y a la vez, de un cierto embotamiento y paralización vital. Para aliviar la tensión empecé a ver películas. Y fue al ver “Retrato de una mujer en llamas” que todo cambió. De repente, después del visionado, con el poso emocional en plena ebullición, sentí la necesidad de coger la guitarra. Y surgió una breve pieza musical que justamente es la que abre el disco. Se titula “Héloïse”, como una de las protagonistas. Hacía tiempo que no me sentía tan vivo. Así que repetí el proceso en los días sucesivos. Veía una película, y con el poso emocional que me dejaba, cogía la guitarra y me ponía a componer. Todo por pura necesidad. Y por puro juego y diversión. Hacía tiempo que no experimentaba esta sensación lúdica y liberadora. Toda la vorágine que acompaña al mundillo musical, nos aleja indefectiblemente de este estado puramente creativo. Este proceso se convirtió en el pilar de mis días. Durante todo el día, esperaba ese momento, después del visionado de una película, de coger la guitarra y empezar a viajar. Con la curiosidad y la expectación de ver a qué lugares maravillosos visitaría esa noche. A la vez, era un verdadero reto porque no me permitía mucho tiempo. Acababa de ver la película a la una o las dos de la madrugada. Así que no tenía más de tres cuartos de hora, máximo una hora, para componer la pieza musical del día. Ese era el reto. Lo que se compusiera durante la noche. Así quedaría. El día lo dedicaba a grabar las piezas musicales de las noches anteriores. Las noches las dedicaba a viajar con el cine y la música.

“Veía una película, y con el poso emocional que me dejaba, cogía la guitarra y me ponía a componer”.

¿Y la idea de hacer un álbum entero con canciones hechas después de ver películas vino junto a la primera canción o cuando ya llevabas unas cuantas?
Cuando ya llevaba unas cuantas. Fue al cabo de dos o tres semanas de proceso que empecé a ver que todo el material reunido estaba ganando un corpus susceptible de convertirse en disco. Fui cobrando conciencia poco a poco. Así que seguí con el mismo proceso creativo hasta reunir unas sesenta composiciones, de las que grabé veintiuna. Mi gran duda era si la calidad del sonido sería suficiente para publicarlo. Lo grabé con un portátil y una tarjeta de audio externa y un micro de condensador que me dejó Jordi Lanuza (Inspira). Recuerdo que a medio proceso de grabación, Jordi me pidió si le podía devolver la tarjeta y el micro, que se mudaba de piso y quería montar un home studio en una habitación. Se me cayó el mundo a los pies. Me cogió taquicardia. Me moriría si de repente me quitaban ese aliciente existencial para soportar el confinamiento. Así se lo expliqué a Jordi, que mi salud mental dependía de lo que estaba grabando y componiendo, que sin ello caería en la desesperación total. Fui tan vehemente y soné tan desesperado que Jordi no dudó en dejarme el material de grabación un tiempo más. Una vez grabadas las veintiuna canciones, se las pasé a los colegas, a ver qué pensaban. Si eran publicables o no. Todos quedaron encantados. Así que decidido estaba. Ya tenía disco nuevo. Pau Vallvé se ofreció a ayudarme con la criba final, me propuso pasar de las veintiuna a las trece canciones definitivas, y también me propuso un orden final. Me entusiasmó la elección y así quedó. Víctor García puso la guinda al pastel, mezclando y masterizando todo el material grabado en casa. Y por último, Hidden Track Records, auspició y creyó en el proyecto, publicando el disco. Verdaderamente les estoy muy agradecido, porque son tiempos difíciles y de mucha incertidumbre para el sector musical.

¿Cada canción representa una película o alguna representa varias de ellas?
Cada canción, una película. Pero aquí me gustaría hacer una apreciación. La canción no intenta ilustrar o representar la película. Podríamos decir que la película es el punto de partida de la canción. Que utilizo todo el poso emocional que me ha dejado para iniciar el viaje musical compositivo. Pero en cuanto cojo la guitarra, me olvido de la película y me dejo llevar. Pero inevitablemente, la atmósfera del filme se cuela de alguna manera en la canción. Son asociaciones muy libres. Y para mí era apasionante ver a hacia dónde se dirigía el trayecto y hacia dónde acababa llegando. Es cierto, que a veces la relación entre canción y película era más consciente. Como por ejemplo en la canción “Red Army”, compuesta después de ver el documental del mismo nombre. El documental narra la historia del equipo de hockey sobre hielo de la antigua Unión Soviética, durante los años de la Guerra Fría, un equipo a años luz de resto de equipos del mundo. El equipo soviético tenía unos automatismos, una compenetración y una fluidez nunca vistos. Todo fruto de unos entrenamientos durísimos, bajo uno exigencia extrema y dictatorial. Cuando compuse el arpegio estructural, enseguida me vino a la cabeza un coro de voces al unísono, emulando la máquina deportiva soviética, y enseguida pensé en las voces repetitivas de Philip Glass, sobre todo en el disco “The Photographer”, que en su momento escuché mucho y que curiosamente está dedicado al fotógrafo Eadweard Muybridge, considerado precursor del cinematógrafo, por sus experimentos con el movimiento de los seres vivos; es suya la famosa serie de “El caballo en movimiento”. Son bonitas todas estas relaciones que se van tejiendo.

Imagino que el cine es una de tus grandes aficiones.
La verdad es que nunca me lo había planteado de este modo, como una afición. Es más un medio o una fuente de inspiración y conocimiento. Desde pequeños, hemos tenido el cine muy presente. Mi familia es muy cinéfila.

Además de para componer “Cinematic”, ¿en que te ayudó el cine durante los meses de confinamiento?
Simplemente me ayudó a sobrevivir. A no desmoronarme. A no volverme loco. El cine fue la única ventana al mundo, la única válvula de escape que tenía a mi alcance. Yo vivo solo, así que el aislamiento en el confinamiento fue aún más arduo. El cine me dio esa oportunidad de vivir otras realidades, de salir de mí mismo, y desde esos nuevos lugares, cargarme de energía y transmutarla en música.

La idea de “Cinematic” es interesantísima. Nuestra vida, durante algunos momentos del confinamiento, pasa a un segundo plano en favor de la de las películas.
Totalmente. Nuestros días eran siempre el mismo día. Si a este vacío le sumas el drama social y económico, tienes un clima muy desapacible. Ya no solo el cine, la cultura en general, ayudó a millones de personas a mantenerse cuerdas.

Como ya dejaste claro en otra entrevista en MondoSonoro, no te hacen falta palabras para poder expresarte con la música y la voz.
Sí, no siento la necesidad de usar las palabras. Para mí la música ya es un lenguaje en sí mismo. Ya es capaz de expresar y comunicar. No hace falta unirla a otro lenguaje, en este caso el de las palabras. Además, no hay lenguaje más universal que el de la música. Si mi vocación es llegar a cada ser humano, no hay mejor manera de hacerlo.

“En este disco en concreto, el hecho de partir de películas de lo más variopintas entre sí también ha ayudado a que la mezcla de géneros e imaginarios musicales sea aún más colorida”.

¿Cómo trabajas lo que cantas?
Intento que las melodías sean ricas y expresivas. Que me encandilen y me enamoren a mí mismo. Que me sorprendan. Uso la voz como un instrumento más. La voz humana tiene un registro de matices inabarcable. Y el oyente los capta y los entiende. Me gusta que las canciones nunca se cierren. Nunca se consoliden. Para mí sería la muerte por aburrimiento. Las melodías más o menos están fijas, considero que son tesoros encontrados y hay que mantenerlos. Pero jugando con ellos y evolucionándolos constantemente. Todas mis canciones están en un continuo crecimiento.

¿Los sonidos que reproduces con la voz son variables en tus actuaciones en directo?
Sí, el sonido de la voz siempre se improvisa. Siempre es distinto. La versión grabada en el disco nunca más se repetirá. Siempre que voy a cantar una canción, mentalmente es una Tabula Rasa, un folio en blanco. Se irá escribiendo mientras se vaya ejecutando. Eso me permite expresar las emociones del momento, del estricto momento, y lograr que todo el conjunto musical esté más enraizado en el presente, que en realidad, es el único instante que existe. Hace una semanas, mi primo me pasó por Whatsapp una página de “Los Invisibles” de Grant Morrison, un cómic visionario que fue fuente de inspiración para muchas obras, entre ellas, la saga de películas “Matrix”. Un cómic con el que el autor quería hacer una especie de ritual mágico a gran escala, con el cual cambiar la realidad. Incidir y cambiar el mundo. En esta página se habla de la Glosolalia (improvisación fonética) en los siguientes términos: “No es nueva. Es eterna. La Glosolalia es el lenguaje del éxtasis y de los sueños. La lengua primordial del fuego. Es la voz original de la mente inconsciente, y todos los que la escuchan la interpretan de manera diferente. Cada uno escucha lo que necesita escuchar. El inconsciente hablando directamente al inconsciente. El habla invisible. La verdadera lengua, perdida después de Babel. El lenguaje de los ángeles”. Está claro que yo me lo tomo de una forma mucho más natural y sencilla. Siempre ha surgido de una manera muy espontánea. Desde niño que canto así. Pero a la vez soy consciente de que hay una mística y una magia innegables. Profundas. Atávicas. Y que es una forma de comunicación universal. Pero a mí quizá me mueve más la búsqueda artística. El ir transitando los territorios que se abren a cada paso. Hay días en los que pierdo la fe, y pienso que no soy más que un niño de dos años balbuceando. Por suerte, son días contados. Enseguida recobro el aliento y me vuelve a brillar el pecho.

Tu música bebe de diferentes géneros y estilos, cosa que queda más que clara en este último trabajo.
Creo que esta riqueza estilística es fruto, principalmente, de mi propia experiencia musical como oyente. Escucho todo tipo de música, sin prejuicios. Todos estos géneros y estilos me han tocado profundamente y los he asimilado a mi manera. Es normal que luego afloren. Pero para dejarlos aflorar, creo que hay que tener una mente abierta, no sujeta a modas o dogmas, ser juguetón, curioso, un poco inocente, y artísticamente comprometido. En este disco en concreto, el hecho de partir de películas de lo más variopintas entre sí también ha ayudado a que la mezcla de géneros e imaginarios musicales sea aún más colorida. Los viajes han sido de lo más dispares.

La portada del disco la has dibujado tú, que también eres pintor. ¿Era un cuadro que tenías ya hecho o lo hiciste después de componer alguna canción?
Es un cuadro que le tengo mucho cariño, se titula “La Guerra”, está pintado al óleo y mide 89 x 116 cm. Lo pinté cuando cursaba primero de carrera de Bellas Artes. El ejercicio consistía en pintar un cuadro a partir de un collage previo. Se me ocurrió plantear un collage con imágenes bélicas, muchas de ellas explícitas y violentas. Y ver qué pasaba si a un contenido tan sensible, se le aplicaba un proceso de síntesis y abstracción geométrica. Quería saber si el resultado sería frívolo, superficial y anecdótico, o por lo contrario, se llegaría a alguna forma de sublimación o transmutación, de algo horrendo a algo bello, con una carga espiritual y interesante artísticamente. Fue un cuadro muy duro de pintar. Era mi primer acercamiento serio a un proyecto ambicioso, era un cuadro muy laborioso y minucioso que me llevó más de dos meses. Me salté todos los plazos académicos, decepcionando al profesor y perdiendo la matrícula de honor (todo muy “Whiplash”). Pero el cuadro me pedía un ritmo y una calidad de ejecución que estaba totalmente fuera de la dinámica académica. Al perder el apoyo del profesor, tuve que plantearme para quién pintaba entonces, y la revelación fue grande, este cuadro lo terminaría por mí. Estaba convencido de su calidad artística, que era más importante que los plazos académicos, y me comprometí firmemente a acabarlo. Lo acabé, y ese mismo verano, gané mi primer concurso de pintura con él. El concurso se celebraba con los cuadros expuestos al aire libre, en el Paseo de San Juan. Yo había expuesto el cuadro de “La Guerra”, con el collage previo, colgado al lado. Estaba sentado enfrente de las obras, en el bordillo del boulevard, cuando veo que un hombre se para delante del collage, se gira hacia mí, y señalando una casa humeante recién bombardeada, me dice: “Esta es mi casa”. Me quedé a cuadros (nunca mejor dicho). El hombre era un periodista libanés que estaba en Barcelona por trabajo, y su casa, efectivamente, había sido afectada por los duros bombardeos. Estuvimos hablando un rato y nos despedimos emocionados. Estas sincronías son bonitas, y creo que son señales de que andamos por el camino que debemos andar. La idea de poner el cuadro en la portada es de mi amigo Pau Vallvé. Este cuadro siempre le enamoró. Me pasó el diseño de la portada por whatsapp, diciéndome: “Yo me encuentro una portada así y escucho el disco seguro”. Y así quedó. La verdad es que todo ha acabado cobrando un sentido. Si la idea del cuadro era transmutar el horror, en algo luminoso, mediante el arte. Puede que con estas canciones, haya pasado lo mismo. Del drama de la pandemia, a través del cine, han surgido estas trece canciones, que no son otra cosa que el territorio al que llegué en cada exploración nocturna, sin duda, en busca de esclarecimiento y lucidez (de hecho, mucha gente ya me ha comentado que “Cinematic” es un disco muy luminoso). Por otro lado, el cuadro presenta series de escenas, unidades secuenciales. Casi como fotogramas. Que al leerse seguidos, remiten a la lógica del discurso cinematográfico. La verdad es que podríamos reflexionar largo y tendido sobre las correlaciones y las sinergias que se pueden extraer entre el cuadro y el concepto del disco. Pero ya nos extenderíamos demasiado.

¿Ves muy lejana la oportunidad de presentar el disco en directo?
Presentamos el disco el próximo viernes 22 de enero, en la Fabra i Coats (20h). A ver si las circunstancias lo permiten. Estoy muy contento porque también estrenaremos un nuevo formato de directo a cuatro voces junto a Mariona Fernàndez, Glòria Fernàndez y Marta Ortega. Los coros en el nuevo disco son fundamentales, son parte estructural de las canciones y vi la necesidad de trasladarlos al directo. También hemos reversionado los temas de los discos anteriores a esta nueva formación, y han cobrado una dimensión sorprendente. Tengo muchas ganas de compartir toda esta música en vivo. Espero que nos veamos pronto en los escenarios.

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