Antes de que la cumbia o el folclore latinoamericano se expandiera en Occidente como nueva posibilidad de adopción ‘cool’ por parte del circuito alternativo, Pedro Canale se obsesionó con esas músicas. Desde hace más de diez años, es uno de los padres de la folktrónica (y, antes, de la cumbia electrónica) y uno de los artistas que mejores paisajes consigue construir con sus canciones: entre lo místico y lo ancestral, Chancha Vía Circuito dibuja bailes que transitan entre lo enérgico y lo ritual. A su reciente paso por nuestro país (estuvo actuando en el Mallorca Live Festival y el Sound Isidro), cazamos al vuelo al argentino para hablar de Bienaventuranza (Wonderwheel Recordings, 2018), su cuarto ejercicio largo, primero en cuatro años y nuevo manual de fusión entre la música de antes de ayer y la de pasado mañana. El sábado 7 de julio estará pinchando en la sala Razzmatazz de Barcelona.


Recuerdo que de Amansará decías que el objetivo era “calmar la bestia que tenemos todos dentro”. No sé si hay algún objetivo concreto en Buenaventuranza.
Es un disco que me agarra en otro momento vital, donde disfruto mucho de estar en casa, del día a día, de lo cotidiano. Estoy contento no por haber alcanzado metas, sino más conectado con la paz interior, la celebración de estar vivo y poder disfrutar del día a día, sin necesidad de tener que celebrar grandes logros.

Es un mensaje casi contrarrevolucionario con lo que pasa en el mundo cada día…
Sí, puede ser. Mi alegría no es un escudo a través de la que no se filtra la realidad, las catástrofes y las miserias que ocurren cada día. Pero a mí, hoy en día, me encuentra mejor parado para digerirlo y enfrentarme a todas estas cosas.

De Rodante dijiste que fue tu “romance cumbiero”. De Río arriba que representó tu primera conexión con lo andino. De Amansará que fue más místico. Si tuvieras que calificar Bienaventuranza, ¿cómo lo harías?
El tema de las calificaciones nunca fue mi fuerte, por eso por lo general se lo dejo a los periodistas. Pero sí que creo que vuelve a aparecer con fuerza el tema del universo andino: melodías ancestrales, que me hacen sentir que la música es más antigua de lo que creemos y hay una conexión a través de instrumentos como la quena o el charango con la tierra. Entiendo que se pueda calificar el disco como místico, pero tampoco es que haya nacido la idea por ahí: me interesa más la conexión de la música con la tierra, con el origen de las cosas y con la conexión de los seres a través del paso del tiempo.

¿Buscabas equilibrar más la balanza del sonido orgánico y el electrónico, o te parece que el disco tiende más hacia una sonoridad?
Fue el disco en el que trabajé de manera más colaborativa con los músicos que me llevan acompañando en directo estos últimos años: Kaleema y Federico Estévez. Muchas de las ideas fueron apareciendo en improvisaciones en los ensayos. Fue un proceso inverso: encontrar, primero, las canciones en su estado más crudo, y luego agregarles la electrónica. Y ese proceso es el que hizo que tal vez este disco es más orgánico y menos electrónico; o eso siento yo: es más acústico, suena más a madera. Me gusta, porque venía necesitando no estar tan obsesionado con los instrumentos y los sonidos electrónicos; elegir cada sonido para que se complemente bien con los instrumentos acústicos es un proceso que me lleva mucho tiempo.

“Entiendo que se pueda calificar el disco como místico”

La web ResidentAdvisor definió tu música como “realismo mágico aural”, haciéndole un guiño a García-Márquez. Además de todo ese aire de mística chamánica que da la selva y la tierra, ¿trabajas con otro tipo de inspiraciones más artísticas: libros, películas…? Hay cosas de tu música que me recuerdan a los libros de Carlos Castaneda.
Los libros de Castaneda no los leí, pero sí tuve una etapa de mi vida donde leía mucha ciencia-ficción; sobre todo de la Editorial Minotauro, que a partir de los años setenta publicó libros increíbles. Era muy fanático de Ray Bradbury, Arthur Clarke, Aldous Huxley, Olaf Stapledon… A mí me parecía como si la filosofía se encauzaba en la ciencia ficción, eran como profetas. En la actualidad conecto mucho con la obra de Jiddu Krishnamurti, es por donde va mi inquietud hoy en día: es una enseñanza la que me da que me resulta muy importante en mi vida ahora mismo.

Tus canciones son muy visuales. No sé si te gusta trabajar las canciones o los discos pensando en secuencias, creando una especie de narrativa.
Creo que a las melodías y los ritmos se les impregnan paisajes y emociones: son como canales de información donde viajan las emociones, los paisajes. Si está bien logrado (y eso no siempre sucede), sí que la gente se puede quedar con una imagen, o con una especie de “paisaje emocional”, como diría Björk.

¿Dirías que tu música tiene un sentido más trascendental que recreativo? ¿Te gusta más la idea de que alguien se ponga Chancha Vía Circuito para estar tranquilo en casa que para irse de fiesta en Ibiza?
Yo creo que la gente que se va de joda en Ibiza no pondría mi música (ríe).

Pero tu música ha sonado en Ibiza.
Sí, claro. Pero convengamos que es una música que es bastante de nicho. La gente que busca este tipo de sonidos ya está buscando otra cosa distinta, tiene otras inquietudes. Siempre fue lo que quise creer, al menos: que ojalá mi música sirva para algo más que para el mero entretenimiento. Pero si también sirve para generar un ritual de baile, que creo que sirve para limpiar o exorcizar: es una catarsis muy sana que tenemos los seres humanos, y una de las expresiones más lindas que tenemos. Si sirve también para eso, genial; pero no estoy esperando que suceda eso, tampoco.

Dijiste alguna vez que “si una nueva generación no se adueña del folclore y lo consigue rehabilitar acaba fosilizado, pierde vida”. ¿Dirías que hoy en día es difícil (o casi imposible) que un joven de 18 años o menos consiga conectar con el folclore o la música tradicional, a menos que está actualizada o rehabilitada por algún artista que lo acerque a una lectura más contemporánea?
Con el tiempo me di cuenta que no era tan así como pensaba, que no era tan lineal. La música tradicional tiene su propio canal, sus propios medios por donde viaja; y no es que vaya a morir. Sigo pensando, de todas maneras, que lo mejor que le puede pasar es que las nuevas generaciones se adueñen de esas tradiciones, de esa música, y la resignifiquen: es una manera de que siga viva y de que llegue a otros canales y a otras generaciones que por ahí no se acercarían si no es por medio de una fusión.

En los últimos años se habla mucho de “apropiación cultural”. En el caso de la música, se ataca bastante a artistas que han llevado ritmos folclóricos o del Tercer Mundo al circuito mainstream o cool-hipster occidental. ¿Tú qué opinión tienes? ¿Te han caído críticas a ti?
Como todo, tiene dos caras: una parte buena y otra que no, pero siempre existe ese riesgo. Para mí no es malo que si uno ama la música centroamericana y lo quiere llevar al mainstream y que los productores se inspiren en esos ritmos para que los cante Shakira no me parece mal. Lo que sí a veces es triste es que, igualmente, eso no termina acercando el verdadero valor que tienen esas músicas al mainstream o un público más masivo. Llega ya premasticado; y no garantiza que el público que consume ese tipo de música pop se vayan a interesar en ese tipo de ritmos. A mí por eso me gusta presentar el material un poco más en crudo, que se acerque más en realidad a lo que es. A Chancha se podría achacarle apropiación cultural por utilizar ritmos de Bolivia sin ser boliviano; pero yo siento la música de allí como si hubiesen sido mis abuelos los que la hubiesen tocado y cantado. Sí trato que lo esencial que transporta esa música no se pierda por el camino, que no pierda esa esencia.

¿Te preocupa que dentro de veinte años la música tradicional sea casi música ancestral, completamente fuera de circuito, que no sea ni un elemento exótico, que desaparezca totalmente? Y que ni siquiera forme parte de la evolución musical de los países, incluso.
De ver lo que está ocurriendo estos años con los ritmos tradicionales a mí me da confianza de que va a ocurrir todo lo contrario. Mucha gente se cansa de la música con la que a uno lo ametrallan en las radios, en las redes sociales, en los programas de televisión… No sé si es porque le presto más atención yo, pero me da la sensación de que han salido a colación en los últimos años muchísimas músicas tradicionales de las que no se había hablado nunca, y tenían un tratamiento más marginal incluso del que pueden tener ahora. Es una era donde es muy fácil acceder a casi todo. Yo me acuerdo que cuando era chico, con 14 o 15 años, un amigo había grabado en un cassette las Voces Búlgaras, y recuerdo que me había volado la cabeza: era muy difícil tener acceso a esas cosas. Sin embargo, ahora vemos que buscas en YouTube “Bulgarian Women Voices” y aparece hasta un directo en KEXP: es la globalización al extremo. Pero gracias a eso creo que no se van a extinguir esas músicas.

Habiendo pasado diez años desde tu debut con Chancha Vía Circuito, ¿te sientes uno de los padres de lo que hoy llamamos folktrónica?
(Piensa) Un poco sí. Es cierto que soy uno de los productores de una primera camada que empezó a interesarse en este tipo de fusión, junto con Gaby Kerpel, Tremor, Dick El Demasiado… Eso es innegable.

“En la cumbia las letras son violentas, tienen contenidos marginales y sexistas, como le pasa también al reggaetón, pero su sonido es singular y es casi imposible de no bailar

¿Siempre te interesó este tipo de música o de fusión; o de adolescente escuchabas otras cosas?
Sí había cintas de cassette de folclore en mi casa, porque mis papás siempre escucharon de todo; pero no les presté atención hasta bastante grande. Lo primero con lo que me fanaticé fue con The Beatles. Después, la locura con Nirvana, que crecí en toda esa época. Después apareció Pink Floyd en mi vida. Todas bandas gigantes, en realidad. Mis primeras conexiones con la electrónica fueron cuando empecé a conectar con Björk, Tricky, Portishead… Y cuando empiezo a viajar por el norte de Argentina y empiezo a escuchar la música de las casas y los autobuses empiezo a redescubrir todo aquello que sí había escuchado y no le había prestado atención. Ahí empecé a bajar en el Soulseek, el Napster, el AudioGalaxy todo lo que encontraba de folclore y música tradicional. Ahí fue cuando me agarró la locura con estas músicas.

Recuerdo que hace quince años en Argentina si alguien que estaba conectado con el circuito rockero se ponía a escuchar cumbia era casi una herejía. ¿Qué es lo que pasó en estos años para que, de repente, pase lo contrario; y grupos como Damas Gratis actúen en el Lollapalooza y sean casi bandas de culto cuando hace diez o quince años eran repudiados por los mismos que ahora cantan y bailan en primera fila?
Es muy loco, porque justamente Damas Gratis es LA banda que yo, cuando escuchaba rock, decía: “¿Qué mierda es esto? No puedo creer lo bajo que llegamos en la música argentina para que esta banda tenga tanto éxito”. Unos años más tarde empecé a entender todo, a ver que eso está buenísimo, que lo que hacía Pablo Lescano [NdeR: líder de la banda de cumbia villera Damas Gratis] no solo era muy bueno sino también importante. Por eso lo admiro mucho. Creo que lo que pasó se resume en que cambió el paradigma. Como me sucedió a mí, le sucedió a muchas personas: pese a que las letras son violentas, tienen contenidos marginales y sexistas, como le pasa también al reggaetón, tiene un sonido muy singular y un ritmo que es casi imposible de no bailar. Y ahí reside el valor.

¿Dirías que la mejor manera de reconstruir la música del futuro es utilizando músicas del pasado?
Creo que no hay manera de que no sea así. Es como querer cocinar una comida nueva increíble y no tener residentes, y tener solo los recipientes con materiales súper modernos. Pero sin los ingredientes que cultivas antes no vas a poder hacer nada. El pasado siempre va a servir para poder ir sacando de la mochila lo que viene de muy atrás. Pero no creo que se pueda hacer algo nuevo sin el pasado.

Cada vez es más habitual que toques fuera de América Latina: casi tocas más fuera de América que dentro. ¿Crees que desde el circuito occidental han ido entendiendo mejor propuestas como la tuya; o crees que se sigue viendo como algo exótico?
Yo creo que a lo largo de los años la gente fue entendiendo cada vez mejor este tipo de propuestas. Pero también porque cada vez fueron más los productores que apostaron por este tipo de fusiones, y eso ayudó a que se crease una especie de escena que se fue consolidando, que tenía un discurso común aún sin que nos conociéramos entre nosotros, y que empieza a tener cada vez más presencia en eventos internacionales. La gente ya reconoce los sonidos. Hay propuestas europeas que tienen influencia de la cumbia o el folclore latinoamericano, y eso es muy valioso: permite que siga creciendo y expandiéndose. Y para mí es muy necesario que se interioricen estos sonidos por parte de aquellos que no crecieron escuchando esta música: demuestra que la genética de la música no entiende de fronteras, que todos somos uno.