El rapero azteca José Luis Maldonado, más conocido como C-Kan, ha visitado por primera vez España para grabar junto a Magic Magno un tema que aparecerá en su decimosexto álbum, quinto de estudio, “Dias de Sol” (Mastered Trax, 17). Unos días antes me ofrecieron la oportunidad de tener una entrevista con él, por lo que, ávido de información, me dispuse a estudiar sus mayores éxitos, sus orígenes y las causas por las que un artista que no llega a la treintena tiene en su haber tan prolífica carrera.

Para que una entrevista resulte interesante y para que el entrevistado pueda ofrecer una versión auténtica de su persona hay que ceñirse a una sola regla: evitar los tópicos y las preguntas convencionales. Lógicamente y con el único fin de romper el hielo, las primeras cuestiones deben ser generales para crear ese efímero ambiente de confianza y cordialidad, pero cuando a uno le dan el tiempo que considere necesario para realizar toda la encuesta, aborda los mencionados preliminares con mucha más tranquilidad y confianza.

C-Kan, aparentemente, cumple todos los estándares arquetípicos del hip hop. Por un lado, se crió en la calle, en un ambiente donde las drogas y la violencia alimentaban su día a día. Sus temas son un amalgama de protesta por la desigualdad social, situaciones personales y aficiones a sustancias socialmente controvertidas. Por otro lado, se le puede achacar perfectamente lo mismo que a todos los ídolos de este género, y es que, al final, se trata de un género que pregona la libertad creativa fundamentada en los orígenes humildes y la búsqueda del éxito a través del sacrificio, que termina exponiendo el fanfarroneo superficial y una nueva vida plagada de lujos materiales, contraponiendo la esencia del concepto, y desvirtuando al género en su totalidad para extrapolarlo a la rama más discordante: el gangsta rap. Y del protagonista digo “aparentemente” porque estamos ante un autor que, entre otras cosas, ha sido delincuente, habla libremente del consumo de marihuana, tiene tatuajes callejeros y posee una edición de zapatillas con su nombre.

El día de la reunión, C-Kan aparece de la mano de su novia y junto a un pequeño séquito en el que se encuentran su mánager y otros miembros del equipo vestidos de forma acorde a la del protagonista de la velada, con ropa llamativamente ancha, zapatillas deportivas y una gorra de visera plana con las iniciales de su productora bordadas. Ya que el look sui géneris brilla por su ausencia, me permito el lujo de hacer una jocosa comparativa mental entre la Vito en la que vienen y el Escalade en el que deberían haber venido para cumplir con todos los clichés, pero claro, estamos en España.

Tras el saludo protocolario, caminamos unos metros hasta el bar donde daremos comienzo a la entrevista. En el trayecto, le pregunto por su estancia en España y por cómo han ido el resto de sus compromisos. “Ha ido todo bien, estoy sorprendido por las preguntas de los periodistas españoles, en México estoy acostumbrado a contestar siempre a las mismas cuestiones”. Bien jugado, compañeros.

Cuando llegamos, nos sentamos los dos en una mesa y sus acompañantes en otra, no sin antes recordarme que tengo “todo el tiempo que necesite”, las palabras más bonitas que un periodista puede escuchar. Ya establecidos, y mientras preparo la grabadora, le sugiero a C-Kan que me gustaría tratar el encuentro como una conversación más que como un interrogatorio, a lo que me da su beneplácito y adopta una postura cercana y dispuesta para empezar a contestar, dejando claro que sabe a lo que viene. Como he recalcado anteriormente, la primera pregunta es absolutamente introductoria: De dónde viene José Luis Maldonado, cuándo nace C-Kan y qué significa dicho nombre. Me explica, cargado de la seguridad que otorgan las situaciones reincidentes, que “José Luis era un chico cualquiera de Guadalajara con una vida común, un chico que iba a la escuela entre semana. A los 12 años mi papá falleció y me mudé al barrio de mi abuela y ahí comenzó la historia de C-Kan (C por La Cancha, su barrio, y Kan por su amor por los perros). Me rodeé de violencia, me relacioné con otro tipo de ambiente y a los 17 empezó a interesarme la música”.

En realidad, esta información se puede encontrar fácilmente en Internet, al igual que la que afirma que su principal influencia es Cypress Hill. Aun así, me animo a preguntárselo para consolidar el terreno, y ya empiezo a recibir los primeros titulares, que enorgullecen al hablante y corroboran el hecho de que Internet en ocasiones es un vago congregado de información: “En México ya escuchábamos a Snoop Dogg, 50 Cent o Eminem, pero no los entendíamos. Cypress Hill fue de lo primero que escuchábamos y entendíamos, gracias a “Los grandes éxitos en español” (Ruffhouse/Columbia, 99), su álbum recopilatorio. Yo antes creía que el hip hop solo se hacía en EE.UU., y que un latino quisiera hacerlo me resultaba tan extraño como que los gringos quisieran hacer Mariachi”. Además de señalar a plataformas como Youtube y a bandas españolas consolidadas: “Internet nos cambió la perspectiva de la escena mundial. Empiezas a escuchar a raperos de El Salvador o Venezuela, y sí, también a esa corriente española compuesta por SFDK o Falsalarma. Los españoles fuisteis referentes del hip hop en México hace una década”.

Una vez solventado el tanteo, toca adentrarse en la concatenación de sucesos que llevan a un chaval conflictivo de 17 años a grabar su primer LP, y averiguar si, en todos estos años de éxito progresivo y trabajo ininterrumpido,  publicando hasta dos álbumes por año, hay alguna clave que le distinga del modus operandi que siguieron algunos de los artistas nombrados anteriormente, de esos escuchados y no entendidos, y por qué posee temas (La música es música, la calle es calle, por ejemplo) empeñados en disociar el rap de su lado urbano, pese a cumplir con todas las características involuntariamente propias del gangsta rap. “Siempre he hecho lo que he querido, no tengo plan de trabajo y la mayoría de la gente de mi equipo ha crecido conmigo. La gente me pregunta si he tenido que luchar mucho, y la verdad es que no. Tengo tantos discos y videos porque todas las ideas salen de mí, nadie me dice qué o cómo hacer las cosas”.

Y es aquí donde llega el punto de inflexión de nuestro encuentro, el dilema al que debe enfrentarse un M.C como C-Kan, un hombre inteligente, cabal y bien asesorado que se ha convertido en una marca del género musical más estereotipado. C-Kan no va a rehuir ninguna pregunta y ha contestado de forma concisa a todas las cuestiones, pero cuando llega el momento de hablar de su papel en el panorama actual y sobre cómo se siente ante la popularidad que ha concebido, se mezclan lo mejor y lo peor de un movimiento contracultural: el afán innovador frente a las raíces tradicionales. Porque el hip hop es rebeldía, sí, pero una rebeldía custodiada y constantemente enjuiciada.

Tras varias referencias acerca de los problemas motivados por su aspecto, donde utiliza la ya universal comparación de que “hay hombres con traje que roban más que yo, y sin embargo a mí me han detenido solo por mi apariencia”, le pregunto, poniendo en entredicho uno de los estandartes del género, si cree que atesoraría el mismo éxito si en lugar de vestir como cualquiera de sus semejantes, lo hiciera enfundado en un traje. C-Kan reflexiona, mira al frente y me contesta un “no” alargado. Y es aquí donde emanan todos los estigmas que parece lleva tiempo queriendo exponer. “En México sigue habiendo esa mentalidad. Si voy a la televisión o a la radio, soy un vendido; si compongo para otras bandas y para cantantes de bachata, o grabo sobre bases de reggae, la escena de raperos de mi país me ataca por ello. Defienden su fracaso argumentando que son underground. El rap es rap aunque se cante a capela. Fui de los primeros en romper estereotipos, quiero acabar con esa etiqueta que defiende que el rap solo habla de violencia”.

 

Cuando alguien responde de forma tan entregada y sabes que está tratando un tema que de verdad le inquieta, es cuando debes ir al grano, gracias sobre todo a la cantidad de titulares que se están revelando. Por ello, vuelvo al tema de la disociación entre Hip hop y Calle, porque ahora es cuando va a venir la respuesta visceral que se espera de una persona pasional y auténtica, dos factores imprescindibles que todo compositor anhela.

El concepto “la música es sentimiento”, adquiere un rango desmesurado cuando hay componentes urbanos por medio. Todo el circo superfluo que lo rodea merma el componente clave de su esencia: la lealtad. Lealtad a tu gente, lealtad al público y sobre todo, lealtad a uno mismo. Y es aquí donde, fuera donde fuera y vistiera como vistiera, C-Kan compuso la mejor estrofa del diálogo: “El hip hop hay que mantenerlo real; mis primeras composiciones trataban sobre drogas y violencia porque era lo que hacíamos entonces, y mis fans me admiraban por ello. Pero crecí, fui de giras, maduré al salir del barrio y convertirme en una imagen pública. Fui consciente del mensaje que debía enviar, siempre trato de llevar el mensaje del pueblo, y hay mucha gente que me pregunta por qué ya no hablo de la violencia, y es porque ya no la tengo conmigo. Hay gente que confunde ser pobre con ser humilde, mi forma de ser humilde es ser real, en el escenario y con mi gente”.

Es curioso cómo cambia una conversación cuando uno ansía decir algo y otro está dispuesto a escucharlo. A cada palabra que declaraba, él se estremecía y yo me sorprendía e intentaba que, por nada en el mundo, ese efecto terminara. Intento boicotear y humanizar un poco la situación argumentando, quizás de forma ingenua, que teniendo un medio como el rap, en el que no existen límites, es mucho más fácil que uno encuentre su identidad y entonces, me vuelve a vapulear: “No voy a perder mi esencia ni dejar de ser quien soy. Yo hablo en mis canciones de marihuana porque me gusta y forma parte de mi vida, pero no recomiendo a nadie su consumo. También hago canciones en contra del aborto y a favor de las madres solteras, y mucha gente me crítica por hacer canciones de amor, como si los callejeros no nos enamoráramos. Si Tupac hacía canciones de amor, ¿por qué yo no puedo?”, cierra en un alarde que se mueve en una fina línea entre la megalomanía y la pureza de la honestidad.

La opción de que el legado de C-Kan tenga la misma relevancia que el de Tupac es más que remota, pero eso no desvirtúa su carrera. Nunca sabremos cómo hubiera manejado el malogrado rapero todo el fenómeno de las redes sociales y Youtube, pero sin duda seguir el ejemplo del latino no hubiera sido una mala opción. Ante la popularidad de sus videoclips (alguno atesora más de 100 millones de visualizaciones), le pregunto si teme que en algún momento sufra el “fenómeno reggaeton”, y sus letras se devalúen en favor de un video espectacular, a lo que me rebate con un tono desenfadado que “la música es impredecible. Yo he compuesto temas a los que les he dedicado todas las metáforas del mundo y los he acompañado de un video borracho que grabé en quince minutos, y ha sido todo un éxito. Un video puede ser bueno o malo, pero la buena música trasciende.”, asegura cargado de razón y orgullo, mientras yo solo me siento desconcertado por haber unido “fenómeno” y “reggaeton” en un mismo término.

Tras más del tiempo que teníamos previsto ambos, como aseguramos de forma guasonamente irreverente, me veo obligado a hacerle la siguiente y última cuestión. Y cuando le pregunto qué opinión le gustaría que el público español tuviera de él, vuelve a coger el testigo de “profeta del pueblo” para contestarme que “me gustaría mostrar que México no solo son cabezas cortadas, cuerpos colgados de un puente, violencia y todo lo que dice la CNN. Es un país con una gran riqueza, solidario y agradecido. Les invito a escuchar un tema de C-Kan (cuando se cubre bajo el manto profético, habla de sí mismo en tercera persona), aunque alguno no lo considere rapero por experimenta con reggae u otros ritmos, que elija un tema con el nombre que más le llame la atención y dé al play, y te darás cuenta de que en México se habla de muchas otras cosas que no se ven fuera del país. Siempre intento que mi rap sea como un periódico del barrio“.

Con esta declaración de intenciones, un servidor apaga la grabadora, y entrevistador y entrevistado se despiden haciéndose una foto para el labrado Instagram de C-Kan, y tras un (yo creo) sincero intercambio de buenas impresiones, me alejo levantando la mano y despidiéndome, mientras él se da dos palmadas en el corazón, como marca el código no escrito (y estereotipado) del manual del rapero ejemplar.