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Igor

Quienes menos atentos hayan estado a la evolución de Tyler, The Creator pensarán que todo ha ido muy rápido en la carrera del californiano. Error. Ha pasado prácticamente una década desde que el rapero empezó a guerrear, primero como miembro de Odd Future, y luego al publicar “Goblin” (11), el lanzamiento con el que atravesó por primera vez el Atlántico con garantías. A lo largo de todos estos años, Tyler ha tenido tiempo suficiente para hacer evolucionar su propuesta y, sobre todo, de ampliar su abanico estilístico sin que ello le haya desviado demasiado de su camino. Es cierto que la oscuridad y las bases densas y humeantes que le caracterizaron al principio (en el ya citado “Goblin“, en “Wolf“, de 2013, e incluso en parte de “Cherry Bomb“, de 2015) han ido quedando cada vez más apartadas en su nueva etapa, en favor de un espíritu abierto de miras y, por tanto, más accesible para el público. Es posible que esa sensación de aceleración haya tenido que ver con su fichaje por una multinacional, pero el talento de Tyler Okonma siempre estuvo ahí, solo que a día de hoy resulta más evidente que nunca. Desde “Flower Boy” (17), sus canciones entran mejor (y los temas que toca, obviamente, llegan más que sus inicios malotes) y no se contentan con fluir hasta extinguirse, sino que el tipo ha sabido redondear lo más parecido a hit singles que jamás haya creado: “Earfquake” o “Running Out Of Time”, por poner dos ejemplos.

Producido íntegramente por él mismo, “Igor” es, además del disco que debería colocarle definitivamente en primera línea –si es que no lo estaba ya–, una verdadera bacanal de sampleados y de colaboraciones. Venía siendo habitual en sus álbumes, cierto, pero esta vez esas colaboraciones (desde el gran Slowthai hasta Frank Ocean, Lil Uzi Vert, Playboi Carti, Kali Uchis, Dev ‘Blood Orange’ Hynes, Santigold, Pharrell Williams y vayan ustedes a saber quién demonios más) aparecen camufladas bajo un rotundísimo “all songs written, produced and arranged by…”. Y es también el propio Tyler quien mejor define la obra que acaba de redondear, un disco que está a la altura de las expectativas creadas abriéndose al soul, el r&b o incluso al funk menos escandaloso: “Esto no es ‘Bastard’. Esto no es ‘Goblin’. Esto no es ‘Wolf’. Esto no es F’lower Boy’. Esto es ‘Igor’. No te metas en él esperando un disco de rap, no te metas en él esperando ningún tipo de disco. Sencillamente métete en él”. Más claro, imposible.

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