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Dulcemente estridentes, metronómicos, ligeramente desacompasados, juguetones y hasta locos. Deerhoof son uno de esos grupos con los que apetece obsesionarse. Piensa en la primera vez que oíste el nombre de Stereolab y, habiendo escuchado apenas un par de canciones, ya escribías su nombre en todos los pupitres.

Deerhoof son exactamente esa clase de grupo. No se parecen a nadie, suenan a nuevo y a antiguo a la vez, son onomatopéyicos y sus letras, a pesar de no tener ni pies ni cabeza, están llenas de frases con las que te harías camisetas. Deerhoof son el dada que no es caricatura. Deerhoof despiertan asombro y hacen reír. Y aunque algo de su histeria inicial se haya diluido, “The Runners Four” sigue siendo un disco tan imprevisible como el resto.

Deerhoof son tan capaces de alegrarte el día como de crisparte los nervios para siempre (sobre todo si eres fan de, no sé, Coldplay o algo así), y tienen los hits (“Scream Team”, “Rrrrright”, “Twin Killers”, “After Me The Deluge”…) que silbaría un pequeño pony con un ataque de epilepsia a lomos del disco blanco de los Beatles y viceversa.

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