Nate Amos lleva más de diez años dejándonos claro con This Is Lorelei que pertenece a esa rara estirpe de artistas que gustan de desenvolverse al margen de cualquier coordenada generacional o gramática dominante. Incluso ahora, cuando ficha por Matador Records, el tipo continúa yendo a la suya y nos entrega con “The Singer in My Band” un disco de bluegrass pop confesamente heredero de su verdadera tradición musical al margen de su trabajo en Water From Your Eyes.
Que su educación y acervo han estado estrechamente ligados a los códigos del mencionado género es algo que, por supuesto, siempre hemos ido viendo en sus trabajos por cuenta propia en mayor o menor medida; pero es aquí donde Amos ha decidido abrazar esta deuda sin reservas, contando con su familia en los créditos (desde su padre, Bob Amos, leyenda del bluegrass, hasta su hermana Sarah y su pareja Al) y haciendo más suyos que nunca los lugares comunes de esta atávica corriente artística.
Por ejemplo, le vemos acelerar el tempo, habitualmente lento y contemplativo en el country, en piezas como "Watching Heaven Fall": una convocatoria semiortodoxa de buena parte de su consabido imaginario (estaciones de tren, bandidos, profetas urbanos, paisajes en movimiento), convertido aquí en catalizador para una composición eminentemente narrativa. De hecho, bien podría decirse que el compacto en sí sirve de aseveración de ese universo ficticio que Amos lleva años poblando con personajes recurrentes y geografías inhóspitas, siendo cada uno sus temas páginas de un relato mayor en continuo desarrollo.
Son ahora las voces errantes de Joey, Billy, Miss B, Genevieve, Sarah o del ya veterano Buddy las encargadas de continuar esa novela río que es la discografía de This Is Lorelei, en ocasiones entregadas a la reiteración fónica y la musicalidad verbal (“Oh No Now Why”) y en otras al slowcore noventero y acústico más intimista (“Hey Sarah Is It Gonna Rain Forever”). Escudándose pues en las bondades del anonimato a través de terceras y extravagantes personas, Amos tira millas con una sencillez casi espartana, superando a pesar de su austeridad en recursos el riesgo de concebir un cancionero extremadamente homogéneo y entregando, incluso, varias muestras de su instinto natural para la melodía con baladas contagiosas (“Sailing (Your Baby's Down)”) y fieles radiografías del asfalto americano (“And I Haven't Seen My Love in Quite a While”).
Desde los acordes sincopados de banjo en la homónima “The Singer In My Band” hasta ese interludio estrictamente instrumental a puro rasgueo de guitarra y violín titulado “Nitro”, queda claro que, para esta nueva etapa, en su proyecto unipersonal Amos ha abogado por un continuismo evidente de la marca, elevando a una siguiente escala su capricho por las canciones breves, pero narrativamente copiosas y por la desacralización del verso con bruscas apuestas por el quiebro desenfadado y humanizado (“When the seer on the subway said we'd burn in hell / we all laughed it off and said we might as well”). Es, paradójicamente, mirando hacia atrás donde el artista consigue que su música suene más dueña de su propio futuro que nunca antes.
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