En su imaginario recorrido por el filo de la navaja de las emociones, Victory At Sea siguen demostrando como elaborar buenas obras de presencia cruda y esencia profunda.
Si en sus inicios los bostonianos ya apostaron por complementar su línea discursiva con cierta tendencia al slowcore, insuflándole a ésta una dosis extra de aflicción, en su cuarta obra viran a una esencialidad con la que despojarse del melodramatismo adquirido y vestirla con sobriedades fuertemente emparentadas con la evocación de The Black Heart Procession o liturgias pasionales como las de PJ Harvey. Un tránsito que sustituye la intensidad de antaño por algo de un esperanzador nuevo lirismo con el que aportar algo más de luz a su rock herido y desnudo: ahora con un inusitado y renovado interés por el pop-rock americano –Throwing Muses, Come- reenfocado a través de adornos folk, responsables de su ambientación más dramática, y revelador de una manera menos grave de entender la música. Otra perspectiva que, sin apartar el velo gris de nuestra vista, sigue impresionando por su tacto real y convincente.
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