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Nos hemos acostumbrado tanto a estar pendientes de la ultimísima novedad, a no dejar pasar una vuelta de tuerca en tal o cual estilo, a vivir colgados del ‘hype’, que a menudo hemos descuidado grupos cuya trayectoria merecería sin duda más atención. Deerhoof es uno de estos nombres. En realidad es hablar por hablar, porque nada va a cambiar con “La Isla Bonita”, su decimosegundo álbum. Seguramente no haya razones para ello, pero de la misma manera la mejor noticia es que, casi veinte años después, siguen estando ahí, con este personalísimo proyecto que nunca es igual sin dejar de ser el mismo. Los de San Francisco venían de entregar el notable “Breakup song” (2012), que podía codearse sin problemas con su disco más sólido, “The runners four” (2005), de modo que el listón estaba alto de cara a esta recién estrenada entrega. En la comparación, digamos que podría perder por su ‘fragmentación’, aunque éste ha sido un elemento casi siempre presente de una u otra forma en su música, pero quizá gana en un encanto que por momentos resulta casi juvenil.

No hay nada más que dar al ‘play’ y escuchar “Paradise girls” para encontrarnos con esas melodías desenvueltas tan características, un avant-pop que a veces se muestra con un toque de misterio (“Oh Bummer”) y otras con alma descacharrada, como ese juguete de hace tiempo que un día aparece y nos recuerda una época de bendita ingenuidad. Es lo que ocurre con esa pequeña maravilla que es “Tiny bubbles”, reconciliándonos con la idea de una música desenfadada, sin afán de trascender.

Deerhoof continúan fieles a sus señas de identidad: buscando el contraste, un giro inesperado, un riff de guitarra, una poderosa base rítmica; todo bien revuelto o en parcelas separadas, renunciando a cualquier intención narrativa, por mínima que sea. Satomi Matsuzaki, Greg Saunier y John Dieterich no están aquí para contarnos ninguna gran historia, pero a nadie debería importarle eso cuando aparecen dos joyas de pop a contracorriente como son “Mirror monster” o “Black pitch”. Incluso retoman la urgencia punk-rock en “Exit only”, lanzando además una de esas inverosímiles proclamas tan suyas (“Too many choices to order breakfast”, insiste Matsuzaki hablando de la inmigración en Estados Unidos), poniendo la guinda a un álbum tremendamente nervioso y escurridizo, de esos que merece la pena apretar fuerte para que no se escapen.

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