Desde que dieran sus primeros pasos hace más de quince años incursionando en las fragosas batallas de rap que se celebraban en los parques Natos, Waor y Recycled J –antiguo Cool y miembro de Prefijo 91– han sido tres de las caras más visibles de artistas hechos a sí mismos durante esa época incipiente de autogestión completamente independiente gracias a Internet y sus posibilidades de difusión en los albores de la década pasada. El cambio de paradigma fulminó los tiempos y las barreras discográficas facilitando tanto la subida como el consumo de canciones y otorgando un control total de la obra democratizando prácticamente todo y estableciendo una relación cercana, directa y simétrica con el feedback recibido por su público en las entonces prematuras redes y plataformas sociales como Tuenti, Myspace o Youtube. En una época en la que el cuidado de la métrica, la conciencia social y la poesía eran los santos griales del rap, la crisis del 2008 en España entró como cuchillo en manteca atravesando la vida de miles de jóvenes con la precarización y nublando un futuro que parecía de todo menos esperanzador. Es entonces cuando el estilo rebelde, espontáneo, despreocupado y colmado de excesos hizo clic y conectó con un público ávido de nuevos discursos y referentes que se acercaran y acompañaran más esa pulsión del hartazgo vital rompiendo los corsés estilísticos y temáticos de los raperos de la vieja escuela, lo que les ha permitido a lo largo de estos tres lustros crear, más que una fanbase, una militancia permanente y casi religiosa de su público con cada lanzamiento.
Desde que en 2012 se formalizase la primera unión del trío en el primer volumen de “Hijos de la Ruina”, sus carreras no han dejado de crecer paralelamente y el amateurismo dio paso a una mayor profesionalidad, recursos, presencia en medios y conciertos abarrotados. Tras cinco años de la última entrega ahora regresan con la cuarta: solo este volumen ya suma veintiuna canciones, tres más que juntando el resto de anteriores entregas, no solo eso, también es el que tiene mayor duración –una hora y nueve minutos– y número de colaboraciones. Hay que decirlo, se ha llegado ya al punto en el que este volumen solo se sostiene por el aceite esencial de la nostalgia, ese que retrotrae a recuerdos pasados asociados a vivencias y épocas adolescentes, un cebo fácil y emocional pero que, detrás de eso, no hay mucho que rascar. Con la aportación de PMP, BatzOut, SokeThugPro, Pablo Gareta, The Iconics, Bombony Montana, Selecta y Jackstone el disco a nivel de producción es férreo, suena bien pero siempre rebotan los mismos ecos una y otra vez: las mismas guitarras que comandan ese pop-rock (“Penas y Glorias”, “No sé”, “Oveja Negra”, “Morir o Matar”) con estribillos trillados, los temas de electrónica-rave (“First Class”, “Pierdo el Control”, “De madrugada”, “Madriz”) sobre excesos, ostentación y los mismos garitos infinitos o el boom-bap (“Bajozero”, “Muerto en Vida”, “Hijos de la Capital”, “Roto por dentro”, “Cuando nadie nos mira”) que planea por los mismos dos vectores: sus repetidas aventuras adolescentes peleando la geografía madrileña con una botella de alcohol y gramos de hachís en el bolsillo, y el lamento reglamentario con los desamores pasados, con frases extrañas como la de Natos en “Bajozero”: “le puse los cuernos a todas/pero a esto soy fiel”.
A destacar “El Chándal de los domingos 2”, “Ahá” y “Nada ha cambiado”, tres canciones con mayor cadencia en el ritmo y que se sienten una bombona de oxígeno, sobre todo en la colaboración con un Cruz Cafuné altivamente magnético y en la que Waor firma su mejor delivery y su mejor verso del disco. La nostalgia se presenta, de nuevo imperecedera, en “Nada ha cambiado” junto a Suite Soprano y “El Chándal de los domingos 2”, secuela de la colaboración en 2010 entre entonces Cool y Waor donde concluía diciendo “conduzco en dirección contraria una puta Berlingo, con los ojitos rojos y el chándal de los domingos” que ahora se actualiza a “conduzco en dirección contraria un puto Serie 5”. Sin embargo la nueva colaboración con Suite Soprano –la última vez fue en 2013 con “Trigo Limpio”– sí que se siente presente escuchando a Sule B –autor de una de las frases más efectistas y lúcidas del disco “quince años con los mismos como el cholo”– y Juancho Marqués, este último proporcionando un buen gancho de estribillo. Se nota quien lleva curtiéndose años en los mundos melódicos y en hacer de la escritura aparentemente sencilla algo difícil, al igual que Recycled J como ya exploró en “City Pop” (19) o el infravalorado “Superpoderes” (20), y que en este álbum firma las mejores aportaciones corales, prueba de ello en “De Madrugada”. “Hijos de la capital” consuma la primera colaboración del trío con los respetados y discretos mediáticamente Nasta y Charlie de Hijos Bastardos cerrando el círculo de influencias de la capital.
La saga Hijos de la Ruina es la gallina de los huevos de oro, pero cuyo brillo del metal ya está irremediablemente desgastado porque no relucen nuevos tropos temáticos, ni nuevos discursos ni nuevas propuestas sonoras que inyecten algo de fertilidad en la escena. El arco “vengo de abajo y ahora estoy arriba con cicatrices pasadas” se viene dando ya más de ocho años. Como los raperos de la vieja escuela a los que “relevaron” por su inmovilismo, su influencia es más pasada que presente, no hay una urgencia expresiva y a enero de 2026 es seguro que habrá discos en el género que lo empujen más que este.
El escritor Mark Fisher ya advirtió de que nuestra relación con el tiempo se había roto y, por lo tanto, la cultura contemporánea empezaría a repetirse creando remakes y revival cultural con la nostalgia como centro gravitatorio de todo ante la falta de certezas y horizontes futuros que nos presenta este mundo. Es más cómodo quedarse en el pasado que imaginar nuevos futuros. Sobre la nostalgia Nathy Peluso decía lo siguiente en un post de Instagram: “La nostalgia es como una bañera de agua calentita, cuando empiezan a arrugarse las manos quizás es momento de salir y sonreírle hasta la próxima”. El rap debe mirar hacia adelante.
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