Humanz
Discos / Gorillaz

Humanz

7 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — 02-05-2017
Empresa — Parlophone
Género — Pop

Nos disculparán, pero estos proyectos en los que un músico afamado busca sus minutos de asueto con la efectista coartada de la banda virtual siempre suenan a pasatiempo con ínfulas. A divertimento con humos, con pretensiones de altos vuelos para tratarse de un asunto esencialmente recreativo. No es cuestión -ni mucho menos- de ponerse en modo aguafiestas, pero el trayecto de Damon Albarn y Jamie Hewlett ha estado hasta el momento repleto de efectismos, rimbombantes campañas publicitarias, un puñado de singles ciertamente resultones y cuatro álbumes (este ya es el quinto) repletos de parches, pese al rutilante elenco de invitados estelares reunidos para cada ocasión. “Humanz” no es, en ese sentido, una excepción demasiado tajante, pero sí brinda una mayor consistencia -que no hits– en el cómputo global, si lo cotejamos con sus antecedentes.

Tras meses de ebullición en redes sociales, publicación de playlists, historias animadas de sus protagonistas, fiestas de presentación y cacareadas entrevistas con fans cibernautas, llega este quinto largo, con producción de Gorillaz, The Twilight Tone of D /\ P y Remi Kabaka, tras grabación en estudios de Londres, París, Nueva York, Chicago y Jamaica. Siete años han pasado ya desde el lanzamiento, casi simultáneo, de aquellos “Plastic Beach” y “The Fall” de 2010, pero uno de los activos mejor planteados (o uno de sus ardides promocionales más sagaces: el timo de la estampita para los más escépticos) del combo de dibujos animados ha sido siempre moverse al ritmo dictado por un contexto sociopolítico que, en los últimos tres lustros, ha ido apuntando caída libre, desde aquellas masivas movilizaciones contra la invasión de Irak en 2003 -en las que Albarn participó activamente- y que de tan poco sirvieron. Y estaba cantado que sobre estas veinte canciones sobrevolaría la sombra de la victoria -profecía cumplida- de Trump y el abismo del Brexit. La ley de Murphy hecha carne.

Por otra parte, y a diferencia de lo que ocurría con los últimos Blur (influidos de forma determinante por Everyday Robots”, el debut de Albarn en solitario), el devenir de Gorillaz sigue siendo una burbuja plenamente autónoma, en la que el músico británico diseña un traje a medida de cada uno de sus colaboradores con el reto en el horizonte de no incurrir en el totum revolutum. La (única) excepción que aquí confirma la regla es “Busted and Blue”, que podría encajar sin complejos en “The Magic Whip” (2015). El resto del disco apuesta por contrarrestar las brumas de la distopía con ritmos más bailables y aparentemente hedonistas que antaño, si bien la fiesta -como en cualquier cumbre orquestada por Albarn- no deja de albergar un retrogusto amargo, por mucha factura jovial que se gaste.

Entrando en materia por la parte menos noble, decepciona la aportación de De La Soul (una de la mejores franquicias de la marca hasta el momento, tanto en disco como sobre el escenario) en la cargante “Momentz”, de la misma manera en que desconcierta un tanto la recuperación de Grace Jones en la inocua “Charger”, injerto rockista de perfil basto. Nada que no puedan arreglar un estelar Peven Everett, caminando con acierto entre el funk satinado y el house de diseño en “Strobelite“, un centelleante Vince Staples tomando impulso sobre el patrimonio drum’ n’ bass de “Ascension”, un Popcaan que ribetea el dub bastardo, humeante y pesado (o cómo debería ser el trip hop del presente) en “Saturnz Barnz”, un Jamie Principle que se exhibe en el R’N’B’ de Sex “Murder” o la fascinante intervención de Kelela y Danny Brown en la subyugante “Submission”. Incluso esa “Andromeda” que funciona a las mil maravillas como fastuosa ambrosía funk, con ayuda de D.R.A.M.

La recta final, lejos de laxar el control de calidad, depara algunos de los mejores momentos en estos   cuarenta y nueve caleidoscópicos minutos (veinte más en la edición Deluxe, resuelta con seis cortes extra). El imponente Benjamin Clementine elevando a las alturas una “Halellujah Money” ya de por sí imbuida de cierta espiritualidad (inevitable preguntarse cómo sonaría Scott Walker, el inveterado señor de las tinieblas, en medio de este all star) y Jenny Beth (Savages) transmutada en una Siouxsie de efecto euforizante (si es que eso es posible) en la contagiosa “We Got The Power”, con la voz de Noel Gallagher escenificando el remache del último clavo en el ataúd de aquella artificiosa rivalidad Blur-Oasis, que solo el lechuguino de su hermano Liam parece querer resucitar.

Pese a que algunas de sus costuras quedan bien a la vista, tal y como ya ocurría en empeños precedentes, conviene admitir -resumiendo- lo saludable de no perderle el paso a esta colección de veinte canciones, porque crecen -casi todas- a cada escucha. Y redondean un opíparo festín sonoro para bailar al borde del precipicio, mientras uno siente que el mundo se va irremediablemente a la mierda. Vale la pena, quizá más que nunca, creer en ese efecto placebo.

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