Resulta complicado definir el concepto de Black Eyes como banda. Situados en algún lugar remoto e inhóspito entre el post-hardcore, el post-punk y el rock experimental, esta particular formación (para empezar usan dos bajos y dos baterías) de Washington evidencia una fijación por destruir sus propias canciones.
En su segundo larga duración se alejan incluso más de lo que entendemos como canción que en su anterior largo. Desgraciadamente, mientras Liars o Lightning Bolt llegan a buen puerto, Black Eyes empiezan a ahogarse mucho antes de vislumbrar el embarcadero. Su capacidad para esbozar imaginativos patrones rítmicos pasa a un segundo plano cuando se empeñan en no sonar en la forma en que esperamos que lo hagan. La urgencia de su rock paranoide no nos deja sin aliento, sino que desconcierta. Nos patean, nos agarran por el gaznate, aunque nos golpean como toallas mojadas (duelen, pero no dejan huella). Quizás su obsesión -si es que eso es así- por no convertirse en un grupo corriente les impida -si es que eso les puede interesar- ofrecernos lo mejor de si mismos.
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