Sépase que este fue un día lluvioso y aciago en Barcelona. No particularmente apocalíptico, pero sí sombrío y húmedo. Preprimaveral. Y este es el contexto en el que se ha desarrollado el concierto de José Ignacio Martorell y Tórtel. Porque sí, sépase que el ánimo de los días siempre afecta a la recepción de las obras. Y es que, de forma muy acertada, el concierto iba de climatología adversa, de incertidumbres y paisajes emocionales, esos que tiene uno a su lado, como canta Jonston en “Tres dimensiones”, que sirvió para ir calentando el ambiente mientras el público, aún titubeante, se iba haciendo a la noche.

José Ignacio Martorell comenzó suave, ligero; involuntariamente sincopado, con esa prosodia casi autosuficiente del que tantea y escucha a su público, por ver qué pasa, qué quieren, apenas cobijado por el traqueteo de su guitarra. Y el público se quiso murmullo cálido y asintió y le dijo al músico “somos pocos aún, pero estamos aquí, estamos contigo”. Y Martorell repartió jubiloso algunos clásicos nuevos y menos nuevos, de su etapa en solitario y de sus años como Jonston: “Retorno a camino pajarillas”, “Caballo de Troya 25” o “Las sardinas no vuelan”. En varios momentos del set, Martorell se auxilia de Marc Ribera (Doble Pletina) con la sierra musical y busca la complicidad también de su armónica para terminar, como no podía ser de otra manera, con “La guitarra”, esa rumba homenaje a Vainica Doble y a su compañera, la guitarra. Martorell baja del escenario, se junta con el público y canta en medio de un corro de cuerpos que se contonean, susurrando las voces de sus corazones en mi menor.

Se podría decir que ha sido un concierto íntimo, pero no. Ha sido otra cosa: la paulatina persuasión de quien convence casi sin proponérselo, de quien vino a hablarnos del tiempo y acabó haciéndonos conscientes de una cierta energía esparcida por el mundo que no entendemos, pero de la que nos encantó formar parte.

Jorge Pérez, frontman y alma mater de Tórtel, como por seguirle el juego a este día gélido, aparece en el escenario junto a todo el grupo con la chaqueta puesta y la cremallera hasta arriba. Sereno y sobrio, electrónico, el grupo valenciano va disparando los temas de su último álbum, “Las tres tormentas”, que es el que vienen a presentar. Un disco también climatológico, de rendiciones pausadas (y pasadas). Se van hilvanando en nuestros oídos “El rey podrido”, “Capa oscura” o “Cerdo sorpresa”, tema que funciona casi como canción admonitoria, pues pronto el cableado que inunda el pequeño escenario comienza a hacer de las suyas y, a su antojo, opta por el silencio. Lo cual, siendo imprevisto, no resulta alarmante, pues los vacíos, esos olvidos de la electricidad (o su forma también de ser energía del mundo) otorgan una cierta melodía nueva a los temas, como si la noche barcelonesa, sombría y apelmazada, quisiera ser parte más de la banda.

El concierto le sirve a Tortel para demostrar que sus canciones no son en verdad canciones sino retazos de un patchwork en construcción. Lo que queda en evidencia cuando, con las ropas electrónicas, desde el escenario se proponen los temas de su anterior disco, “Transparente” (2016): “En defensa propia” o “La casa de hojas”. Pero también “Entusiasmo”, de su disco homónimo de 2012. O “La vieja escuela”, del disco de 2014, “La gran prueba”. Hay músicas que se imponen y otras que fluyen. Los ritmos de Tórtel están ahí, impertérritos, creciendo sobre sí mismos. Y con ese ímpetu helicoidal el concierto agarra fuerza y explota sobre su núcleo, en tanto que todos los componentes del grupo se vienen arriba, cada quién exprimiendo a su instrumento hasta que el silencio vuelve a reverberar y alguien dice: “huele a quemado”. Aun habrá tiempo para un bis, pero el concierto ya ha terminado; y es mejor así. Salgo a la calle a fumar un cigarro y dos chicas, a mi lado, comentan: “había un momento en que olía a barbacoa”. Hermoso símil de lo sucedido hoy aquí, donde el silencio, por momentos, se hizo carne y la electricidad le ganó la batalla a la lluvia clamorosa. Yo, por mi parte, no pude más que irme a celebrarlo con champagne.