Primera vez que Sebadoh llegaba a Euskadi, con la lógica expectación por parte de la parroquia rockera que creció en la década de los 90, y que se tradujo en alrededor de tres centenares de aficionados un miércoles en Kafe Antzokia, incluida una alta proliferación de músicos locales de bandas afines o no, como Gringo, Trampas, Sonic Trash, Zea Mays, El Inquilino Comunista, Yellow Big Machine, Lord Sickness, Runaway Lovers, Gacela Thompson, Silver Surfing Machine, o Thalia Zedek, que días atrás compartió banda con Anari en ese mismo local y que al parecer continúa pasando una temporada en Bilbao. Lo cierto es la que la hora y media larga de concierto, se convirtió en una evidencia del actual carácter bicéfalo del grupo, con la consiguiente desigualdad entre las canciones cantadas por Lou Barlow y las cantadas por un esforzado Jason Loewestein, a la vez que se intercambiaban guitarra y bajo. Circunstancia que sucedió en un tercio del concierto y en muchas de los temas de su reciente “Act surprised”, un álbum que nadie podrá decir que sea un mal disco, que no funcione contundente y correcto, pero sin la personalidad que Sebadoh imprimió en sus obras elegidas de los 90, precisamente por el exceso protagonismo del secundario.

Cuesta explicar como un creador del nivel de Barlow (también están sus propios discos para corroborarlo o sus intervenciones en Dinosaur Jr.) entregue buena parte de su proyecto más codiciado a otro músico de contrastado perfil inferior, más bien corriente y cuyas canciones pierden el encanto y la emoción de la melodía resacosa, sucia y cruda del mejor rock alternativo, a una suerte de rock duro muy enérgico pero casi unidireccional, y sin ningún otro atractivo ni matiz. Bastante discutible, al menos. Lo que no se le podrá discutir es la fiereza y comodidad con que ataca el bajo, cuando Loewestein “ocupa” el mando.

La noche ya comenzó con problemas para Barlow, cuando rompió una cuerda al final de la primera canción, la destacada “Beauty of the ride”, lo que le obligó a cambiar de guitarra y de orden en un set list que llevaban repitiendo varias ciudades atrás. Eso adelantó su inmersión en el álbum de este año, que se cascaron casi al completo y que ocupó toda la parte central del concierto, con esos altibajos en función de quien, nunca mejor dicho, tomara la voz cantante. Algo que se hizo patente a los veinte minutos de iniciada la sesión. No protestamos por algunos parones intermedios de afinación (o desafinación?), quizá inherentes a una forma un tanto deslabazada y nada virtuosista en lo instrumental de ser y actuar de unos músicos que llegan a la turbación por otras vías, y cuyo engrase y apogeo no requiere precisamente de una ejecución perfecta.

Descontada la relevancia de “Act surprised”, el protagonismo de su etapa histórica se centró sobre todo en el sobresaliente “Bakesale” de 1994, a través de “Not a friend”, “Got it” o buena parte de un largo bis donde incluyeron desde “Magnet’s coil”, “Rebound” o “Skull”, si bien el estallido y apoteosis final quedó en “Brand new love” de su anterior “Smash your head on” (1992), inyectados de una nueva velocidad y pegada, que también propició cierta división de opiniones.