La profundidad del primer corte
Conciertos / Primavera Weekender

La profundidad del primer corte

8 / 10
Carlos Pérez de Ziriza — hace 1 mes
Empresa — Primavera Sound
Fecha — 08 noviembre, 2019
Fotógrafo — Liberto Peiró

Ni las fechas, ni el enclave ni los precedentes eran los más propicios, pero el Primavera Weekender puede decir que se ha saldado con nota muy alta. La última vez que la descentralización del PS llegó a tierras valencianas (el Primavera Club se limita a Barcelona y Madrid) fue hace ya seis años, con un modesto Primavera Sound Touring Party que pasó por La Rambleta y no tuvo continuidad.

La última vez que alguien eligió Benidorm para asentar un festival internacional de sesgo indie en pleno noviembre (el Visor Fest, hace justo un año), se visibilizó la enorme dificultad para arrastrar a un público que, llegado mayoritariamente de ciudades como Valencia, Murcia, Madrid o Barcelona, está ya muy de vuelta de un verano hipersaturado de citas. Pues bien, nada de eso ha impedido que el Weekender alcanzara este fin de semana el objetivo del sold out –el aforo también era limitado a poco más de mil personas, también hay que decirlo– gracias a un ramillete de conciertos (algunos sobresalientes; todos regidos por unas condiciones de sonido excelentes) que retiene los principios activos de la cita madre: saludable heterogeneidad (pop, trap, indie rock, rock and roll clásico, afrobeat, post punk, dream pop, folk, rock progresivo, witch house o electrónica de amplio registro), presencia femenina por encima de la media (sin llegar a la cuota del PS) y equilibrio entre valores emergentes y consolidados.

El señuelo era la comodidad. La posibilidad de transitar por el extremo opuesto a lo que comporta el Primavera Sound: ni colas extenuantes, ni las distancias siderales que separan Mordor (frente a los hoteles de lujo de la zona Fórum) de la playa que linda con Sant Adriá de Besòs, ni aglomeraciones que obliguen a seguir los conciertos a través de una gran pantalla. Ni tampoco dramáticos solapamientos horarios. El Magic Robin Hood Camp (donde también se celebra el Fuzzville en marzo), antiguo camping reconvertido en parque temático medieval y conocido en su comarca por su campaña de “un niño gratis” (no es que los regalen, es que no cobran su estancia a las familias que se alojen allí durante una semana en verano), acogió tres escenarios cubiertos en el mismo recinto. Recogimiento, cercanía y comodidad para un aforo en torno a las mil personas, con la coartada del veinte aniversario del PS y el guiño a su clientela más fiel, la que ya estaba ahí cuando el Poble Espanyol empezaba a quedarse pequeño hace más de tres lustros.

Como dice la vieja canción, el primer corte suele ser el más profundo. Y no lo decimos ya solo porque el festival rayase a un altísimo nivel, ratificando la solvencia de la marca, sino porque algunos tuvimos la suerte de degustar la actuación de Idles como si se tratara de nuestra primera vez, y eso es un regalo impagable cuando se llevan acumulados en el zurrón casi tres décadas de conciertos, festivales de todo pelaje y la inevitable merma en la propia capacidad de sorpresa. Servidor apenas disfrutó a vuelapluma de un cuarto de hora de su actuación en el Primavera Sound de 2018, cuando el demoledor “Joy as an Act of Resistance” (2018) aún no había visto la luz, así que su concierto del sábado, el más febril y arrebatador – con diferencia – de todo el fin de semana, fue para el firmante una suerte de bautismo de fuego similar al que vivirían quienes asistieron hace casi un año a sus arrolladores bolos en Madrid y Barcelona. Un vendaval, con suelas de zapatillas volando por los aires, gente llevada en volandas sobre nuestras cabezas y un voltaje eléctrico que desprendía esa sensación de peligro que tan extraña – por desuso – nos resulta ya en el ámbito del rock. Lo del quinteto de Bristol fue una gozosa ceremonia de hermandad en torno a un discurso hardcore punk desbordante de intensidad, rabiosamente vigente en su invocación transversal al feminismo, la conciencia de clase y de género, el europeísmo o la necesidad de plantar cara al populismo xenófobo que nos corroe. Una homilía de caos bajo control – si la contradicción es posible – oficiada por cinco músicos en estado de gracia, milagrosamente dotados para poner banda sonora al aquí y ahora, traducida en un espectáculo demoledor, tanto encima del escenario como ante él, con una intensidad al límite de lo físicamente sostenible. Lo que ocurra con ellos en un par de años, ya se verá. Ahora mismo, no tienen parangón ni réplica posible.

Idles

Si ellos están en la curva ascendente, hay que reconocer que Primal Scream, otro de los pesos pesados del cartel, se las apañan estupendamente para disimular que llevan años pendiente abajo. O con el piloto automático activado, que viene a ser más o menos lo mismo. Los actuales son unos Primal Scream de batalla (o de escaramuza), a años luz de la mutante –y fascinante– guerrilla sonora de principios de siglo. La nave comandada por un resistente Bobby Gillespie que ya no está para demasiados trotes, pero que puede lucir con orgullo la patente de la fusión entre rock stoniano, lisergia y electrónica post-rave a través de clásicos impepinables como “Loaded”, “Movin’ On Up”, “Rocks”, “Swastika Eyes” o “Country Girl”, muy difíciles de arruinar y reunidos con la coartada del enésimo recopilatorio. Hace años que no epatan, pero entretienen, y a ratos alborozan. Cumplen, vaya.

Primal Scream

Y tres cuartos de lo mismo se puede decir de Belle & Sebastian, sin salir de los grandes caracteres del cartel, quienes bascularon el viernes entre las clásicas delicatessen de sus primeros tiempos (“She’s Losing It”, “The Stars of Track and Field”) y recientes muestras de que su inspiración no se seca (“Sweet Dew Lee”), con la acostumbrada – y reiterativa – invasión de escenario al ritmo de “The Boy With The Arab Strap” y “The Party Line”, en uno de los conciertos más sólidos que uno les recuerda.

Belle & Sebastian

Todos los reclamos principales del Weekender estuvieron a la altura de su nombre. Lo de Cigarettes After Sex fue un dechado de delicadeza, y –esta vez sí– a un horario que les cuadra como un guante y con un sonido impoluto, con el que sus sencillas pero envolventes letanías seducen y demuestran que nadie mejor que ellos (bueno, sí, Beach House) sabe filtrar con tanta amabilidad contemporánea las enseñanzas de la discografía clásica de 4AD. Puesta en escena sobria, y gran dominio de las intensidades el suyo. Otra delicia fue el concierto de Whitney. Sutiles y conocedores de una tradición a la que honran pero a la que no se limitan a tributar a beneficio de inventario (el soul de ojos azules, la americana avant la lettre de The Band, los NRBQ cuyo “Magnet” versionan), demostraron que son una banda como la copa de pino. Como también lo es la que acompañó a Natalie Mering, es decir, a Weyes Blood, en su convincente exposición de motivos de un folk que se mira en el espejo de Laurel Canyon para reflejar, con pespuntes contemporáneos –el remate digital con “Movies”– los claroscuros de nuestro presente, con su imponente voz por bandera. ¿Y qué decir de Sleaford Mods? Lo escueto de su formato (ya saben, las diatribas que Jason Williamson sostiene con su micro y la forma en la que Andrew Fearn se limita a menear el culo, birra en mano, tras pulsar el play en su portátil) podría invitar a la sensacion de dejà vú, pero su juego de cartas va mostrando más ases de los previstos (ahí están “Kebab Spider” o “Firewall”) y, sobre todo, hilvana un relato de intensidad creciente más meditado de lo que parece, con clásicos como “TCR” o “Jolly Fucker” validando su punk de desguace.

Sleaford Mods

Más conciertos del escenario grande, entre la confirmación y la revelación: la incontestable apisonadora que son Carolina Durante y su factoría de hits, por mucho que su punk pop de piñón fijo contrastara sobremanera con la finura de un cartel tan presto a los matices; la agridulce alquimia indie rock de los británicos Penelope Isles, tan atinada en la confección de melodías como en esas espirales instrumentales que remitían estupendamente al shoegaze más enmarañado; el primoroso despliegue de un Ferran Palau tocado por la varita de lo infalible, recién llegado del Deleste en Valencia (hizo doblete en apenas cinco horas) junto a Joan Pons, Jordi Matas y compañía al servicio de su intimista, sencillo, delicado –esos teclados ingrávidos– y nada vacuo sentido del pop; la pertinente invitación de Mura Masa al baile con un directo muy versátil y plagado de hits rompecaderas (“1 Hit”, “Love$ick”); la torrencial solvencia con la que Derby Motoreta’s Burrito Kachimba despachan una propuesta retro (que no vintage) de rock progresivo sureño a la que no aportan prácticamente nada que no se hubiera inventado ya hace cuarenta años o el habitual buen hacer de Isabel Fernández Reviriego –o sea, Aries– en una actuación que nos pilló aún accediendo al recinto y a duras penas logrando depositar los bártulos en una de las cabañas del complejo.

Derby Motoreta’s Burrito Kachimba

Los otros dos escenarios, más pequeños, sí que programaban sus actuaciones en paralelo el uno al otro, justo en los momentos en los que el grande estaba inactivo, y lógicamente eran el lugar en el que descubrir (¿recuerdan lo que es dejarse sorprender en un festival?) propuestas todavía inéditas en nuestras salas. Allí despuntaron, sobre todo, unos Black Country, New Road que alimentaron la intriga desde el minuto uno con su contagiosa forma de fundir post punk, post rock y efluvios jazz de vuelo libre –recordaban a los grupos de Constellation– que nos dejó a todos con ganas de más, porque el formato del festival, con actuaciones que apenas rozan la hora, no juega a favor de cualquier banda con composiciones que sobrepasen de largo los seis minutos. Conviene seguirles la pista de cerca.

También brillaron el pop electrónico de una Georgia Barnes que se las apaña muy bien sola (batería, voz y teclados a su cargo) para pedir ingreso en el club de Robyn, Charli XCX, Christine and the Queens y otros recientes activos femeninos del Primavera Sound, el pegadizo pop nuevaolero de los neoyorquinos Charly Bliss, los acerados riffs de guitarra y los estribillos de los filadelfinos Sheer Mag (que parecían escapados del Azkena Rock) o el efervescente afrojazz de los londinenses Kokoroko, así como el vaporoso dream pop de la alcoyanas Jùlia o el azufre que, capas de fuzz guitarrero mediante, se encargan de emitir los setabenses Ghost Transmission, deudores de The Jesus and Mary Chain o de Raveonettes pero artífices de una progresión encomiable. Sin olvidarnos de lo bien que proyectan los murcianos Poolshake un pop ensoñador que aún está por dar sus mejores frutos o de cómo los madrileños Yawners van robusteciendo a pasos agigantados su indie rock de ascendencia noventera.

En la zona templada podríamos situar a unos desconcertantes Squid, quinteto de Brighton que en su disperso empeño por darle amplitud de registros a su relectura post-punk acaban por dejarte sin saber a qué carta quieren jugar o qué diablos te quieren transmitir, algo perfectamente aplicable al folk del uruguayo Juan Wauters, quien seguro que ha debido tener mejores tardes que la del sábado. También en esa zona más bien discreta, con propuestas muy de género que no trascienden unos códigos bien encauzados pero poco descollantes, podemos ubicar el naïf y pizpireto punk pop de las japonesas Chai, el witch house de nueva hornada de los sombríos Wicca Phase Springs Eternal, el convencional pop electrónico de Ganges (con una versión del “Ain’t No Mountain High Enough” de Marvin Gaye y Tammi Terrell que presentaron como un hit “de los noventa”), el post punk afilado pero algo monocorde de los británicos Drahla y el desigual directo de un Goa que no traduce al escenario todas las virtudes de sus dos últimas espléndidas colecciones de canciones, aunque eso sea algo que en su ámbito –el del trap– no pase demasiada factura.

Si de lo que se trataba era de proyectar una versión equilibrada y copiosa, a escala mucho más reducida, de lo que supone el Primavera Sound cuando se acerca a su veinte aniversario, misión más que cumplida.

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