Se incide de unos años a esta parte en convertir los festivales en “experiencias” que trasciendan lo puramente musical. Los motivos, es de suponer, son variados aunque tienen bastante que ver con conseguir atraer al mayor número de público posible. Tal vez tengan razón los agoreros cuando señalan que la música popular ha pasado por momentos bastante mejores. Hoy por hoy a la hora de vender su arte/producto un músico entra en competencia con la moda, la tecnología, etc, hasta el punto de que un simple concierto ya no parece suficiente para captar la atención de miles de personas: hay que ofrecer algo más, esa “experiencia”.

Es evidente que, a pesar de haber ganado el pulso a las salas de conciertos, los festivales distan mucho de ser el mejor espacio para disfrutar en toda su plenitud la música en directo: más allá de la emoción que puede producir compartir tu canción favorita con 40.000, 70.000 o 100.000 almas, ver a una banda a 200 metros de distancia con un sonido las más de las veces ingobernable está muy lejos del ideal del melómano. En cualquier caso muchas estrellas no están dispuestas a salir de casa si no es cobrando el caché que sólo un festival puede pagarles y es un hecho que el modelo se ha impuesto. Y cuando lo puramente musical no es por sí solo suficiente para conseguir el favor del público masivo, a los macroeventos no les queda más remedio que ofertar unas “vacaciones” en una suerte de Disneylandia de lo alternativo.

Viene todo esto a cuento del fin de semana que acaba de terminar, en el que 80.000 personas nos hemos citado en Valdebebas para compartir los conciertos de bandas tan importantes como Pearl Jam, Arctic Monkeys, Depeche Mode o Nine Inch Nails. Visto con perspectiva, cuando esta tercera edición de Mad Cool ha llegado a su fin, se puede concluir que los problemas organizativos han sido graves y han provocado que muchos de los asistentes se hayan marchado del recinto con un mal recuerdo de su paso por el festival. Las colas en los accesos del primer día sin agua y bajo un sol de justicia, las colas irritantes dentro del recinto para conseguir comida o bebida, la sensación de caos para acceder al transporte de vuelta a casa, los problemas de cobertura que incluso afectaron al pago en las barras… La sensación general es que si bien Mad Cool duplicó el número de asistentes con respecto a la pasada edición no ocurrió lo mismo con las condiciones y servicios necesarios para asegurar la comodidad de todo el mundo en un evento de estas características. Cierto es que conforme el festival fue avanzando algunos de esos problemas fueron solucionándose, pero inevitablemente permanece la sensación de improvisación.

Es un error que el festival ha pagado caro desde el minuto uno con críticas feroces. En prensa se ha llegado a cuestionar abiertamente decisiones como la gestión de los espacios VIP, ideológicamente más o menos detestables, pero una práctica cada vez más habitual en los grandes festivales y que todos conocemos desde el momento en que se ponen a la venta entradas más caras con condiciones de privilegio. A Josh Homme se nos ocurre proponerle que, si tanto le preocupa la situación económica de sus fans, haga una mejor selección de los escenarios a los que se sube con su grupo o hasta participe en eventos gratuitos en vez de en festivales de pago que no están a disposición de todos los bolsillos: seguro que no han sido pocos los fans de Queens Of The Stone Age que se quedaron sin entrada el sábado sencillamente porque no podían permitirse pagarla. Sobró su gesto soberbio desde el escenario que pudo poner en riesgo a parte del público por el peligro de avalanchas.

También ha dado mucho que hablar la cancelación de Massive Attack a pesar de que hay constancia de que no es la primera vez que sucede algo así en un festival con los de Bristol; es posible que la organización estuviera lenta comunicando lo que ocurría, pero tampoco resulta difícil de entender que durante esa ya famosa hora y media se estuviera intentando negociar con la banda condiciones para que el concierto finalmente llegara a celebrarse. Por achacar algunos medios incluso han llegado a atribuirle a Mad Cool la culpabilidad del accidente de un autobús de la EMT, como si el destino de un transporte público determinara la responsabilidad en caso de accidente.

En cualquier caso esa sensación de que se ha abierto la veda para atizar al festival por cualquier incidente vinculado con su nombre, tenga o no la dirección de Mad Cool la responsabilidad última sobre ello, no les exime un ápice de los graves fallos organizativos de esta edición. Tampoco el éxito desde el punto de vista artístico de conciertos memorables como los de Nine Inch Nails, Pearl Jam y tantos otros pueden esconder las críticas a unos errores que enfadaron, molestaron y en algún caso hasta pusieron al límite a muchos de los asistentes. Mad Cool aspira a ser uno de los cinco mejores festivales del mundo y más allá de lo que ocurrió en el aspecto puramente musical (que pasamos a detallar a continuación) en su próxima edición debería poner todos sus esfuerzos en que la experiencia de los asistentes se sitúe a esa misma altura. Y hay trabajo por delante. L.J.M.

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