Recuerdo como si fuera ayer el día que Lana del Rey vino por primera vez a Barcelona. Era junio del 2012, debutaba en el marco del Sónar y horas antes de ofrecer su primer concierto en nuestro país se prestó a dar unas pocas entrevistas a algunos suertudos periodistas entre los cuales yo me encontraba. Por entonces, tras el hype de “Born to Die” y estando aún reciente en la memoria su cuestionada actuación en directo en Saturday Night Live (desde entonces no ha vuelto al programa, lo cual resulta lógico), la estadounidense se encontraba en un mar de dudas y no precisamente fuerte anímicamente. La fama siempre tiene un precio, pero cierto es que ella tuvo en esos primeros años que batallar contra la riada de críticas y burlas que tanto algunos medios de comunicación como sus haters le dedicaban día sí y día también. Ella fue majísima y literalmente se abrió en canal en la entrevista, cosa que siempre le agradeceré. Para que se hagan una idea: cuando le pregunté por qué pensaba que había tanta gente que le cuestionaba, inesperadamente, ella se vino abajo demostrando que tras aquella fachada de femme fatale del Hollywood clásico en realidad había una artista hipersensible que lo único que quería era encajar en una industria que en ese momento cuestionaba todo lo que hacía.

Desde entonces mucho ha llovido. Su concierto de 2013 en el Festival Jardins de Pedralbes llegó a cuotas surrealistas no por ella, sino porque el público abandonó sus butacas e invadió la zona delantera del escenario ante la pasiva mirada de unos miembros de seguridad que actuaron mal y tarde. Y justo un año después en el Vida Festival, ciertamente, el bolo supo a poco porque, aunque venía a presentar “Ultraviolence”, apenas tocó tres temas de aquel álbum y quiso ir a lo seguro. Por ello, ahora que ya nadie pone en tela de juicio su valía artística, tocaba comprobar cómo se las gasta en un recinto de gran aforo como el Palau Sant Jordi. Y aunque duela escribirlo, sí, no llenó el recinto (estaría a un 70-75% de su capacidad) ni tampoco el escenario.

Arrancar el concierto con un descarado playback en “13 Beaches” ya apuntaba maneras. Hubo momentos puntuales en los que los pregrabados vocales lo dominaban todo (en “Lust for Life” o “Change” por ejemplo), por lo que tal decisión artística quien esto escribe no la acaba de comprender porque en la gran mayoría del show sí cantó en vivo y hasta podríamos decir que aprobó con nota. Pero lo que más llamó la atención, sin duda, fue su actitud. Desconocemos si antes de salir al escenario se tomó un Trankimazin, pero se le veía con la mirada perdida y con la energía bajo mínimos. No me pregunten el porqué, pero me vino a la mente aquella imagen de Raquel Mosquera con la cara de otra hablando sola desde una ventana de la López Ibor. Puede que al encontrarse en el último tramo de su gira esté agotada física y mentalmente, pero la de ayer tristemente no fue para nada su noche.

Del repertorio pocas pegas se pueden poner más allá de fusilar “Young and Beautiful” en el primer estribillo, ya que sonó lo que tenía que sonar: desde “Born to Die” a “Blue Jeans”, pasando por “Ultraviolence”, “Ride”, “Summertime Sadness” o una “Carmen” a petición del público que inicialmente no estaba prevista en el setlist. Aunque algo más dudoso fue el empleo de dos bailarinas que tenían que ejercer a priori de coristas y solamente agarraron el micro en contadas ocasiones. Por mucho que en la puesta en escena quisiera representar su adorada costa californiana (con palmeras y hasta una hamaca incluida), el sonido de su banda fue bastante deficiente y se dejaron los matices en el camerino. Puede que su propuesta no acabe de encajar del todo en un recinto de esas características, pero aún recordamos cómo Adele en su última visita a nuestro país vino respaldada por una señora orquesta de la que Lana podría haber tomada prestada la idea.

Cat Power, minutos antes, sí que cumplió. Y eso que el repertorio fue algo irregular y apenas nos brindó números de su “The Greatest” o su último “Sun”, que ya data de 2012. A sabiendas de que Chan Marshall siempre ha tenido días buenos y otros más bien nefastos, ayer la verdad es que estuvo estupendísima y con su banda llenó mucho más el escenario que la que en principio partía como principal protagonista. Quienes hoy acudan al concierto de Madrid podrán decirnos si la historia se repite o sucede todo lo contrario.