Si, a falta de un término más apropiado, Kaiola Festibala se puede catalogar como un Festival de Música Experimental, el experimento ha sido un verdadero éxito, tanto artístico como de público. Consolidación plena por tanto de una de las propuestas más personales e interesantes en el endiabladamente hinchado panorama de festivales tanto a nivel de Euskadi como de todo el estado.

De todos modos, los arranques de los festivales siempre resultan un tanto fríos. Artistas, público e incluso la propia acústica del espacio buscan su propia ubicación y no se sienten del todo cómodos. Existe un cierto periodo de calentamiento hasta que los canales de comunicación se asientan y el sonido empieza a fluir y a disfrutarse en plenitud. A menudo las primeras actuaciones se ven afectadas por este hecho y no dan la sensación de estar conectando y funcionando verdaderamente hasta que encaran la recta final del set. Me temo que es un hecho inevitable que en este caso condicionó la actuacion del gran Ghedalia Tazartes (foto inferior) y limitó en parte sus dotes chamánicas. Lo cierto es que sus grabaciones son fruto de un complejo trabajo de orfebrería sonora a partir de cientos de loops y en su traslación al directo, se diría que Ghedalia desmonta el puzzle en pequeñas piezas para reensamblarlo de nuevo ante nosotros, y los resultados dependen totalmente del momento y del entorno. De tal forma que su sonido pareció deslabazado, disperso y frágil , como si fuera a desmoronarse en cualquier instante, pero sin llegar a hacerlo nunca y siendo capaz poco a poco de alcanzar cotas en las que su mezcla imposible de electrónica industrial, samples polvorientos, folk lunático y los delirios de su prodigiosa voz, se fusionaba en ese magma hipnótico y bellísimo que sólo él puede conjurar. Nos quedaron las ganas de verle más tiempo en otra ocasión. Ojalá llegue pronto.

La combinación de instrumentos de Heather Leigh (pedal steel guitar) y Peter Brötzmann (saxofón) sino imposible (foto inferior), sí que resulta al menos inusual, pero en su caso se notó que la propuesta está ya muy afianzada después de tres discos y decenas de actuaciones a dúo, y su set, quizá el mejor de la noche, sonó a gloria desde el primer minuto hasta el último. La guitarra ululante y evocadora de Heather parece ejercer un cierto influjo mágico sobre el viejo (y genial) gruñón y saca a la luz el lado más conmovedor y cálido de Brötzmann. Su poderoso bramido sigue ahí pero su textura es más suave y su tono es más reposado, se toma su tiempo y sus silencios para enfatizar los contornos de los paisajes dibujados por Heather y el conjunto adquiere una belleza que por momentos resulta profundamente emotiva. Leigh/Brötzmann es una rareza, una preciosa anomalía de la que pudimos ser testigos en su momento de plena madurez. Insuperable.

No estoy seguro de hasta qué punto todo lo anterior influyo en mi percepción del concierto que Enablers (fotos inferiores) dieron a continuación. Algo tuvo que ver probablemente, pero el caso es que no llegué a disfrutarlos como lo hice en su anterior actuación en Bonberenea. Los temas de su nuevo disco, recien estrenados, protagonizaron en gran medida el repertorio y sonaron muy enérgicos, sin duda. Pero quizá hasta demasiado enérgicos, la avalancha guitarrera se comía muchos matices y sepultaba la voz de Pete Simonelli, haciendo casi imposible discernir sus palabras. Y esto, tratándose de esta banda, tan sujeta a su genio lírico, resulta un verdadero handicap, que en mi opinión lastró su concierto. Solventes y disfrutables por supuesto, pero sin llegar a rasgar la superficie, sin agitarnos ni emocionarnos como en otras ocasiones. Volverán por estas tierras, seguro, y tendremos la oportunidad de resarcirnos.

Con el dúo formado por Chris Corsano y Christine Abdelnour (foto inferior) ocurrió exactamente lo contrario. A pesar de lo sorprendente de su ubicación en el cartel, entre dos propuestas tan poderosas a nivel sonoro como Enablers y The Ex, o a lo mejor precisamente por ello, porque era el efecto que buscaba (cosa probable dado el caracter del festival) , su música, sutil, a bajo volumen, exigente y delicada era precisamente lo que necesitaban mis oídos. Tras una primera escucha de su disco recien publicado, comenté al propio Chris en una entrevista que daba la impresión de que ambos forzaban los límites de sus instrumentos (batería y saxo) hasta hacerlos irreconocibles para hallar de esa manera un terreno de timbres y texturas comunes a ambos. Chris se mostró de acuerdo y lo cierto es que la imagen vino de nuevo a mi mente durante su soberbia actuación. Si uno cerraba los ojos resultaba practicamente imposible discernir de quién de los dos provenía cada sonido. Tanto aquí como en el espectacular set improvisado con el que acompañó la conferencia de Servando Rocha en la inauguración del Viernes, Chris Corsano fue probablemente el gran protagonista del festival y quien mejor representa toda la filosofía y la visión artística del mismo. Un grande.

Aunque el remate y la actuación sin lugar a dudas más esperada por la mayoría de asistentes fue cosa de los infalibles The Ex (foto inferior y encabezado). Nuevo disco, nueva actuación entre nosotros, y siempre, eternamente ell@s, inconfundibles, excitantes e incombustibles. Poco se puede añadir a lo que se haya dicho en anteriores actuaciones, su complejo entrelazado de guitarras y batería, no pierde frescura. Es el mismo y al mismo tiempo se reinventa constantemente, siempre te golpea como la primera vez y se te mete bajo la piel. Siempre merce la pena. En esta ocasión dirá que sonaron un poco más pesados y contundentes y con menos variaciones rítmicas. Hicieron las delicias del público de cualquier modo y pusieron un estupendo broche a una noche fantástica. ¡Por muchos años, Kaiola!