La visita de José González era una de las fechas destacadas, dentro de ese nuevo ciclo bautizado como ‘Revolution 65’ que este verano ha ofertado varios conciertos al amparo del Teatro Real de Madrid. Un escenario más que apropiado para acoger las virtudes del sueco, al compartir enclave y músico una solemne (y palpable) elegancia implícita. La cita con el escandinavo de raíces argentinas se correspondía, a su vez, con una parada de esa generosa gira española con la que ha defendido en directo las piezas de “Against The Dying Of The Light” (Imperial, 26).
A las nueve y media de la noche en punto, José González ocupaba su puesto en el centro del escenario, con la intención satisfecha de ofertar un concierto de maneras sencillas y consecuencias desbordantes. Ataviado con las únicas armas de su intachable voz y una guitarra acústica, el compositor completó un concierto plagado de valiosísimos matices, en el triunfo de la sencillez y el minimalismo como modo de expresión... y de emoción. Un uso magistral del menos es más que deriva en arte con personalidad propia. Solo algunos trucos de mago –en forma de loops y medidos efectos– acompañaron de tanto en cuando (y con respeto) a tan orgánica interpretación, capaz de despertar un revelador silencio extensible a todo el teatro.
Con el final de cada canción procedía tragar saliva, intentando recuperar algo de una compostura que volvía a derivar hacia la conmoción con la siguiente elegida. Sin excepciones. Desde clásicos del tipo de “Down The Line”, “Crosses”, “Heartbeats” o “Killing For Love”, pasando por piezas recientes como “Etyd”, “Ay querida”, “U - Rawls Slöja”, “For Every Dusk”, “You & We” y “A Perfect Storm”, o las ya imprescindibles versiones del “Teardrop” de Massive Attack y “Heartbeats” de The Knife mimetizadas bajo el propio influjo del cantante. Una selección, además, enriquecida por el poliglotismo del músico, aunando canciones en inglés, sueco y español al amparo común de esa exquisitez a todas luces innegociable.
Para los bises quedaron reservadas la eterna “Line of Fire” –de ese proyecto paralelo de González bautizado como Junip–, y una “Pajarito” que casi tuvo a bien enlazar con esa prima mayor suya que no es sino el “Blackbird” de The Beatles. Una relectura del tema escrito por Paul McCartney con el que José González se despedía de un público rendido a su encantadora discreción. Un triunfo amparado por un buen gusto excepcional, revelador (una vez más) de la sensibilidad compositiva del protagonista y de una no menos conmovedora y preciosa ejecución en directo. Impecable. Todo.

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