La vuelta de Josu Zabala y Gari consiguió que nos reuniéramos en el Euskalduna varios universos generacionales. Desde aquellos que vivieron la etapa vital de Hertzainak desde aproximadamente el 80 hasta el 93, hasta aquellos que, por motivos de fuerza mayor, los descubrimos bastante después de su disolución. De hecho, en el año 2001 reeditaron todos sus discos en una cajita gris, y fue tras su adquisición en una Durangoko Azoka cuando empecé con propiedad mi recorrido particular con esta banda.

Algo que siempre me ha parecido respecto a la trayectoria y declaraciones de Hertzainak es que, como parte de su carácter, han adoptado una postura bastante cáustica – ¿se puede decir muy vasca?- respecto a los acontecimientos de su vida y de su época. Y así han sido los últimos reencuentros de la banda, sin golpes en el pecho, sin dar demasiado la brasa, simplemente nos reunimos en Bilbao un par de días, a lo mejor entre semana, y si eso venís y lo disfrutáis.

Dicho y hecho. El miércoles pasado el auditorio del Euskalduna se llenó hasta la bandera, con la misma previsión para el jueves con todas las entradas vendidas desde hace semanas. En la oscuridad del auditorio, nos asaltaron las voces de los bertsolaris Unai Iturriaga e Igor Elorza, disparando con sorna, en una métrica medida, hacia el público y hacia la propia banda que esperaba tras el telón. La conversación de bienvenida arrancó los primeros aplausos y risas entre el público. Que si nos habíamos sentado allí para ver Netflix, que si cómo iba a sonar la banda encima de la moqueta, que si tampoco habían sonado nunca demasiado bien, etc. Y así, entrecruzando varias referencias sobre el repertorio, advirtieron, que quizá fuésemos nosotros los que hubiésemos envejecido, no las canciones.

Gari y Josu, éste último a la trikitixa, muy próximos en el escenario, tomaron el pulso al público durante un ligero primer bloque, acompañados de los integrantes de Maldanbera. Empezaron con un “Kalea hutsik” en el que ya veíamos nuestra cara reflejada en los zapatos de charol tan rampantes en aquellos años. La chulesca voz de Gari afloró el nervio, acometiendo un “Hau dena aldatu nahi nuke” donde como partícipes de un experimento sociológico, empezábamos a retorcernos en nuestros asientos. Más de un disidente prefería asistir de pie, como es debido. El buen groove del bajista, encaramándose a una línea de batería impropia de un miércoles cualquiera, hizo que nos preguntásemos qué pintábamos allí con esos tubos de órgano, de dónde venimos, a dónde vamos.
Pero no sólo de pan vive el hombre. Añadiría alguno que por desgracia. Supongo que al igual que la banda no se nutrió sólo de los ritmos más combativos, tampoco pretendieron dar una ración de pienso la noche del Euskalduna.

Josu se acomodó en el teclado y sonaron unos más introspectivos “Amets Prefabrikatuak”, “Ez dago ilusio faltsurik” o “Egunetik Egunera”. Melodías intimistas que sin embargo, y contra todo pronóstico, seguían sonando subversivas en nuestro microcosmos linguistico. En “Sigarrillos Amariyos” más de uno aplaudió, siguiendo el consejo de los bertsolaris, el destino fatal de Josu, Gari y el Capital.

A partir de aquí se sucedieron las colaboraciones. Entró primero Bixente Martínez, con el que la banda había compartido membresía en la agrupación de artistas ‘Komite Internazionalistak’, mientras la pulsación de Josu Zabala hacía girar las manecillas del reloj en “Larru Beltzak”.

La mítica canción homónima, “Hertzainak”, volvió a activar los resortes de los asistentes con la colaboración del txistulari de rigor. A juzgar por las apetencias funcionariales de la juventud local, – donde estén los memes que se quite el National Greographic -, quizá no estuviesen del todo equivocadas las voces que señalaban esta como una reunión de nostalgia musical, fuera de época y lugar.

“Eutsi gogor” fue introducida por Josu como efeméride de una de nuestras Bloody Sunday particulares. Esta sería probablemente la última vez en que pudiesen tocarla en el auditorio donde antaño se ubicaban los Astilleros Euskalduna. Inspirados por aquellas movilizaciones contra el cierre y el relato de los amigos que presenciaron las batallas campales en el puente de Deusto, escribieron esta letra, con la trágica coincidencia de que, un día antes de actuar en la zona ocupada por los trabajadores, uno de los operarios moría víctima de los disparos de la Policía Nacional.

Con gran presencia ambiental del cuarteto de cuerda, subieron de negro Miren Narbaiza (Mice) y Gorka Urbizu (Berri Txarrak) para tocar “Ispiluaren Aurrean”. El olor a pólvora se extendió e invadió el auditorio en un “Si Vis Pacem, Parabellum” y seguimos con la decadente “Infernuko Atean”.

Varios temas míticos se sucedieron en el último cambio de tercio. Iñaki Antón, Uoho (Extremoduro, Platero y Tú) y Jon Aguirrezabalaga (WAS), salieron en “R & R Batzokian”, dibujando una escena pintoresca, con cabida para los txistularis, el EAJ-PNV o el pope Arzalluz. Josu se arrancó en solitario con “Esaiok”.

Ruper Ordorika, amigo, colaborador y productor puntual de la banda, quien también estuvo presente en la despedida del año 93, salió a escena ante la aclamación general del público. La irónica socarronería de “Ta zer ez da berdin” llenando el auditorio, la motivación del personal, de pie a estas alturas, en uno de los momentos álgidos de la noche, fue un motivo más que suficiente para que me fuese a casa con una sonrisa. En la misma línea siguieron “Eh Txo!” y “Pakean Utzi Arte”.
Los bises fueron un tanto inusuales por lo disperso del temario. Rescataron para la ocasión a Natxo de Felipe (Oskorri) y junto con Bixente Martinez sonaron “564” y “No Time for Love”. Dedicaron “Aitormena” al recuerdo a algunos de los amigos que se fueron. Entre ellos Tito Aldama, el saxofonista de la banda, así como Carlos Mahoma o Iñigo Muguruza.

Y como bola extra, “Guantanamera” y “Arrautz bat pinu batean” presentada por Jon Maia, o eso creo, caracterizado de Javier Gurrutxaga. No podía faltar esta última, oda surrealista e insumisa nacida de la mano de Karra Elejalde. Hertzainak vaticinó que el cambio climático, -erre que erre-, traería a Euskadi un clima tropical. Y junto con ello, el cierre inminente de las cooperativas, la iguana de Bermeo como plato estrella, agricultores plantando cocoteros y pescadores pasándose a la piratería. Y para acabar de rematarlo, una esbelta palmera en lugar del árbol de Gernika. Villa Foral por la que, por cierto, me cuentan que pasaron en el 84 dentro de la semana cultural organizada por los del Instituto de Gernika, sin demasiado público, y en el 87 con motivo del sonado 50 aniversario del bombardeo…donde se repartió calor tropical pero en forma de porrazos y pelotazos. Y en esas estamos.