Pase lo que pase y tengan la repercusión que tengan sus nuevos discos, Fugazi seguirán estando muy arriba, casi inabarcables, a años luz de la mayor parte de sus alumnos convertidos en competidores. Porque sus directos son tan físicos, tan vibrantes y espontáneos, tan sudorosos que a pocos se les presenta la oportunidad de siquiera intentar emularles. Y es que a pocos se les ve retorcerse con la intensa inquietud histérica de Guy Picciotto mientras grita aquello de «Do you, do you, do you, do you, do you, do you love me?», entre esputos inconscientes y posturas imposibles, a menos aún sudar tan abundantemente como Ian Mackaye desde el segundo o el tercer tema, y a pocos mantenerse con un rictus tan rígido como el de Joe Lally, se le brinde la oportunidad de cantar o no, mientras a su alrededor una tormenta de energía envuelve a músicos y audiencia. Diría que ni siquiera resulta fácil encontrarse con un batería como ese Brendan Canty que, eficaz como pocos, en lugar de reclamar su parte de protagonismo, prefiere compartirlo con un percusionista de acompañamiento en bien de ese ente absoluto que son Fugazi. Todos ellos consiguen que las interpretaciones en concierto de canciones como «Smallpox Champion», «Merchandise», «Instrument», «Place Position», «Last Chance For A Slow Dance», «Turnover», la instrumental «Arpeggiator», «Long Division», «Shut The Door» o la necesaria y vitoreada «Waiting Room» no conozcan parangón, que suenen a clásicos dentro de su incomodidad, que se arremolinen alrededor de uno y le obliguen a fuerza de intensidad a sentirlas en las tripas, en el estómago, en los pulmones y, por encima de todo, en el corazón.