Pocos asistentes a primera hora de la tarde, aunque suficientes para que Velcro pudiesen desplegar una propuesta que combina las raíces indies a lo Stone Roses con el castellano y los teclados. Con Gasca la cosa empieza a animarse y la presentación de “Telescopio” deja claro que la tibieza que podría sospecharse de sus directos queda más que superada. La expectación se hizo realidad para ver a Fang, que suele ser un valor seguro en directo y que demostró que aunque la presencia de Mariona y su voz siempre nos recordarán a Pj Harvey/Portishead y, su propuesta está deseando ir un poco más allá, tal y como mostraron canciones como “Milk And Time”. Tras la caída de Low a última hora, For Stars (que ya habían tocado el jueves en la fiesta de presentación) tuvieron que hacer doblete para disfrute de unos y espantada de otros.

Lowgold defendieron sus canciones, aunque pecando puntualmente de lineales. La primera gran sorpresa de la tarde pilló desprevenido a un público que asistió atónito al despliegue de actitud (entre punk y arty) del grupo de Liverpool Clinic y es que ataviados con trajes de cirujanos fueron seccionando un repertorio que no pudo ser mejor, aunando temas de sus primeros singles (“I.P.C Subeditors…”), con las de su disco de debut “Internal Wrangler” incluido su gran éxito “The Second Line”, llenando de paranoia un escenario que aquel día fue suyo. El día después, el grupo francés Chinaski obtuvo presencia en el cartel tras ganar el concurso del proyecto Demo en Francia y vinieron a dar otra dosis de ese rock doliente y arrebatado que ya conocemos de la mano de Dominique A o Diabologum, es decir, calidad y pocas novedades. A continuación Souvenir dejaron claro de nuevo que la suya es una de las propuestas pop más sensibles de nuestro país. Todo un contraste, teniendo en cuenta que los catalanes Sidonie aparecieron a continuación para mostrarnos su ideario golfo, irreverente, desfasado y algo marciano. De todas formas, la clavan a la hora de filtrar el pop británico con su tamiz personal y de salpicarlo de matices.

Tan únicos como lo son Experience que, superando con creces la secuela de Diabologum, se mostraron como una auténtica tormenta, convirtiendo su repaso a “Aujourd D´Hui, Maintenant. Lp” en uno de los momentos más inquietantes del festival. En el caso de Françoiz Breut su éxito se fundó en la pérfida dulzura, la maldita rabia contenida, la expresividad de un sonido que rasga y acaricia, la presencia desesperada de la guitarra de Dominique A y la naturalidad del amor y del dolor. Con la carpa abarrotada (muchos tuvieron que seguir el concierto desde las pantallas del escenario grande) Belle & Sebastian al completo (trece personas) ofrecieron una hora inolvidable recuperando grandes canciones de toda su carrera (“The Wrong Girl”, “Women´s Realm”, “The Fox In The Show”, “Legalman” o “Le Pastie De La Bourgeoisie”) y llenando de inocencia, dulzura y profesionalidad con pátina amateur unos apasionados y mágicos instantes en los que muchos habían invertido lo humano y lo divino. Sin duda el momento de mayor comunión del festival. El domingo, Audience defendieron brillantemente la energía que respiraba su primera maqueta, una especial suerte de rock inquieto y regenerador de cierta actitud punk que hacen de canciones como “Fake Star” una realidad a punto de despegar. Como ya lo han hecho, a base de méritos, los especiales Élena que, tras publicar “Porelamordedios”, vienen presentando un directo impactante de una energía rock y sutilidad pop capaz de encandilar en dos susurros.

Lo de Los Magnéticos es otra cosa y, sin restarle importancia a su desenfadada propuesta, se les toma un poco a broma. Aún así, uno de los mejores grupos del actual tecno-pop nacional. Claro que también existe hueco para la decepción y es que Death Cab For Cutie parece que venían a enterrar el cadáver de Pavement de la mano de Built To Spill, pero se quedaron a medio camino, sobre todo porque las canciones que parecían brillar en “We Have The Facts…”, en directo no transmiten demasiado. Transmitir es lo que persiguen Tahití 80, un grupo que, a base de soul, funky y pop, hizo bailar a un publico que necesitaba ese pequeño empujón para mantenerse vivo durante la última jornada del festival. Algo que cambió con el sosiego de Mark Kozelek al frente de sus Red House Painters. Su presencia se movió entre lo asfixiante, porque toda esa tristeza y melancolía debiera disfrutarse de una forma más íntima y concentrada y lo agradable, porque “New Jersey” o “Grace Cathedral Park” son tan disfrutables que aunque haga cuarenta grados y te lleven los demonios, siempre requieren de esa cercanía y quietud para palparlas, para contagiarnos con sus emociones.

En la carpa destinada a cubrir los sonidos electrónicos, triunfó Fatboy Slim a nivel de público -mucha fiesta, pocas sorpresas-, con un set vandálico y un descaro que no le impidió recurrir a Underworld o Daft Punk en pro de la aceptación popular. Más difícil lo tuvieron Ladytron, incapaces de agilizar la tarde con una propuesta compleja para los menos exigentes y que funciona mejor en estudio. Si hubiesen sido Baxendale otro gallo les hubiese cantado, pero no, no lo eran. Los Avalanches le metieron mucha jeta, más incluso que, por ejemplo, Bentley Rhythm Ace. Ahora toco, ahora no, ahora entro a Marvin Gaye, ahora me lanzo sobre mis compañeros de grupo, ahora les muestro el dedo medio, ahora me como mis gargajos, ahora se me va la pelota y les enseño el culo. Mucho hooliganismo y una patilla de tres pares de cojones, pero divertidos como pocos. De todos modos, sobre The Freestylers recayó el premio a mejor actuación de la carpa. Con toda la familia sobre el escenario y dejándose la piel desde el primer segundo, los británicos disfrutaron e hicieron disfrutar, obligándonos a olvidar los desaciertos de su nuevo largo. También en escena evidenciaron andar algo enganchados al UK garage, pero por suerte ellos no son So Solid Crew. Arrolladores.