Cartagena nunca falla. La Mar de Músicas se mantiene como oasis y punto aparte entre la agenda festivalera de verano. Se trata de una de las citas más selectas abiertas a la ‘world music’, que es como los anglosajones catalogan a las músicas del planeta que no les pertenecen. Con un cartel pantagruélico, escenarios de genuina belleza mediterránea y vocación indagadora –el país invitado este año era Suecia–, el certamen murciano ha cumplido ya veintidós ediciones y nosotros asistiamos a su traca final. La primera semana estuvo protagonizada por  Julian Marley, Gogol Bordello, Anna Von Hausswolff, El Guincho, Niño de Elche, Anna Ternheim, Omara Portuondo con El Cigala, Mariza y sobre todo el senegalés Cheikh Lô, una de las figuras más personales e inquietas de África, que este año recibía el Premio Especial LMM arropado de manera excepcional por Tony Allen, Pee Wee Ellis, Flavia Coelho y Raül Refree.

La Mar de Músicas cede una cuota al talento local. Y ahí, en la plaza San Francisco, a la sombra de árboles milenarios, centelleó la pintoresca puesta en escena de Dúo Orquesta Regalizes. O lo que es lo mismo, Aaron Sáez (Varry Brava) y Fran Ropero, en un reciclaje impúdico de la copla, el cuplé, la tonadilla y, en definitiva, de todo el cuché mesetario que huele a naftalina. El antecedente perverso de aquel ‘cutrelux’ de Paco Clavel sobrevuela por encima. Velas a Marujita Díaz y viñetas divertidísimas, como esa de la hija de un constructor de La Manga que irrita a sus padres con un amor bohemio. Comenta Jesús Ordovás que al nuevo pop español le hace falta sentido del humor. Pues olé por esta dupla pimentonera.

En cambio, poca sorpresa aguardan a estas alturas los recitales de Damien Jurado. Uno se malacostumbra a sus frecuentes visitas, siempre con cancionero flamante bajo el brazo y tirando de recursos mínimos. El elevado nivel de sus composiciones contrasta con la linealidad del directo. Sentado, apocado. Esta vez al abrigo una voz femenina que acentuó su timbre ingrávido y espectral. El estadounidense concentra el manantial expresivo –que no es poco– en su garganta, superdotada para la melodía. Jurado es un paisajista gélido que ha triunfado en la ardua y concurrida tarea de renovar las neblinas del folk del noreste. La crisis de la mediana edad le dura ya unos años al de Seattle. Una tristeza embaucadora. Un viaje por carreteras polvorientas que termina enamorando a golpe de sinceridad y desolación. Tras de sí sobrevuela, eso sí, la odiosa sombra de Neil Young y la sensación de que a un silabario tan perfecto le falta algo.

En esa línea, Tindersticks firmaron uno de los conciertos más esperados y sobrecogedores de La Mar de Músicas. La banda de Stuart Staples no se lo pone fácil al espectador: o conectas con su fatalismo al ralentí o estás perdido. Una vez que entras de lleno en el trance decadente, el grupo de Nottingham se convierte en una experiencia mística, en un buceo por las ruinas griegas de Pavlopetri. Y da igual si se hunde Venecia. Esteta insobornable, romántico de patillas de hacha, Staples encarna la carrera más coherente del último cuarto de siglo. Él, el inglés blanco que canta con profundidad soul. Staples: la voz implorante. La guitarra Grestch de sonido fronterizo de Neil Fraser. El piano suficiente de David Boulter. La batería frenopática de Earl Harvin. Sosiego, reposo, gravedad serena. Entre el pop de cámara y la atmósfera cinemática. Un dato frívolo: la única canción remotamente bailable del repertorio fue ‘This fire of autumn’, un tema tan vitalista como destructivo.

Lástima que el extravío de la kora de Toumani Diabaté truncase más de la mitad de la actuación de “Songhai”, la reunión del histórico maridaje de Ketama con el acervo de Malí en la casa Nuevos Medios, en 1988. El arpa africana apareció de madrugada, rauda desde el aeropuerto de Alicante, y con ella la sonrisa nacarada de Toumani. Antes, Josemi Carmona, Juan Carmona ‘El Camborio’ y el joven percusionista y cantaor Kiki Cortiñas despacharon la parte más flamenca del asunto, con el ‘Vente pá Madrid’ por bandera. El hito auspiciado por Mario Pacheco se anticipó a la fusión afrocubana que culminó en 2010 con “Afrocubism” (presentado mundialmente en La Mar de Músicas en su día). La misma transculturación que atisbó el etnólogo cubano Fernando Ortiz. La de Cartagena fue una noche de fatigas que se arregló hacia el final (maravillosa ‘Mani mani kuru’). Un lujo, por cierto, el contrabajo de Javier Colina. El desajuste horario provocó el consecuente mosqueo de la escandinava Maxida Märak en el Castillo Árabe.

LaMardeMúsicas2016

La última jornada tuvo mucho de pachanga. La ‘sound system’ de Spyrow desde Costa de Marfil. El baño de masas de Bob Hund, batidora de avant-rock donde cabe todo el pop experimental de las últimas décadas aunque las canciones sean lo de menos; el histrionismo ‘freak’ de Thomas Öberg acaparó todas las miradas. Por su parte, Emir Kusturica y su The No Smoking Orchestra ofrecieron la jarana balcánica de rigor. El cineasta no canta ni toca, pero lo intenta. Y para eso salta con red, puesto que en la multitudinaria formación todos trabajan y entonan. Proclamas rampantes (“fuck MTV”) y autohomenajes varios (sonaron las bandas sonoras de ‘Gato negro, gato blanco’, ‘Tiempo de gitanos’ o la reciente ‘On the milky road’), envueltos en guiños socorridos a Pink Floyd o Led Zeppelin. Justo lo contrario que la sutileza y la emotividad de Jay-Jay Johanson en el Parque de Artillería. Qué elegante madurez la del andrógino que a finales de los noventa creó obras tan inspiradas como “Tattoo”. En un lugar intermedio entre Beth Gibbons y Astrud Gilberto, el sueco evidencio esa vieja sospecha de que las canciones de amor son más grandes que el propio amor. ‘Milan, Chicago, Paris’, Belive in us’, ‘So tell the girls that I am back in town’, ‘I love him so’… Delicioso.