Luz y quejío entre las teclas
Conciertos / Chano Domínguez

Luz y quejío entre las teclas

8 / 10
David Pérez Marín — 12-11-2020
Fecha — 07 noviembre, 2020
Sala — Teatro Cervantes / Málaga
Fotógrafo — David Pérez Marín

Aunque, debido a la situación sanitaria, las sombras de las cancelaciones de los conciertos de Kyle Eastwood y la cantante Robin McKelle son alargadas, la edición número 34 del Festival de Jazz de Málaga sigue sana, fuerte y vibrante en su día grande. Ante el runrún de las inminentes nuevas restricciones que pululan en el aire durante la tarde del sábado, tras disfrutar de la brisa fresca de hard bop con Abdu Salim Quartet, rebosante en cada embestida de saxo y clarinete de la espiritualidad de Coltrane y la energía de Sonny Rollins, en una Plaza de la Merced acondicionada para la ocasión (más de una veintena de conciertos gratuitos en los ciclos “Malaga Jazz en abierto” y “Festival de Jazz en tu zona”), la alfombra roja del festival nos da cobijo bajo la tormenta de incertidumbres en un expectante Teatro Cervantes. El templo musical de Málaga, con el aforo permitido completo, más todas las medidas de seguridad y comodidades a las que nos tienen acostumbrados, se prepara para entregar el Premio Cifu de este año al maestro gaditano Chano Domínguez, por cuatro décadas de genuina e influyente trayectoria al piano.

El compositor, intérprete y arreglista Sebastián “Chano” Domínguez, galardonado este mismo año con el prestigioso Donostiako Jazzaldia (por primera vez concedido a un artista español, junto a Iñaki Salvador y Jorge Pardo) y hace unas semanas Premio Nacional de Músicas Actuales 2020, recibe hoy el premio malagueño instaurado desde 2016 que, con su nombre, “Cifu”, homenajea al comunicador y divulgador del género Juan Claudio Cifuentes. Chano da las gracias por el reconocimiento y presenta al también genio del compás y la flamencura pianística Diego Amador, con el que, pianos de cola encajados como piezas del puzzle de un mismo corazón, en el centro del escenario y cara a cara, nos deleitará en una mágica velada que comienza con una improvisación rebosante de intensidad y sinergia, pura combustión espontánea creativa que acelera las pulsaciones de la sala.

Se suma a escena el hijo de Diego al cajón y la oscuridad se ilumina y hace quejío, con Chano y Amador haciendo que Bill Evans y Thelonious Monk se partan la camisa por bulerías y soleares allí donde estén. Jazz flamenco que rezuma clase y pura fantasía, despertando “oles” bajo mascarillas que no pueden parar la emoción que termina por erizar hasta la tela de las butacas. Las ovaciones, continuas y encadenadas, convierten los aplausos del público en repiques, contagiados por tanto arte sobre las tablas.

Chano se marcha del escenario y los Amador se arrancan con una rondeña que corta la respiración, con Diego (hermano pequeño de Rafalillo y Raimundo), arañándonos al cante con esa jondura y garra que le corre por la sangre, acordándose en la letra de su prima, La Susi, que nos dejó tristemente hace poco más de una semana.
Es el turno del maestro de maestros, a solas con su piano y el pellizco continua, de la Habana colonial, a la Catedral, de la Viña, al Mentidero… Y amanece Cádiz en Málaga, filtrándose por todos los rincones del teatro la luz amarilla y la sal que baña las piedras ostioneras de su tierra. Alegrías que palpitan de cada tecla, dibujando los primeros y últimos rayos de sol en la Caleta ante nuestros ojos, a ritmo de latin jazz y jazz flamenco que se funde con sones populares que dan gracias a la vida por habaneras y boleros, con alma de copla y raíces que vuelan.

Diego Amador y su hijo se unen de nuevo a la fiesta y el jazz y el duende siguen entrelazándose, taconeando entre azahar y cardamomo a ritmo de tangos, entre aromas de naranja y canela. Pianos ibéricos y lunáticos que acarician las estrellas intercambiando y jugando con sus repertorios. Música irrepetible, que nace en un instante determinado y ya nunca vuelve a ocurrir exactamente igual. Jazz que llora y ríe por zambra mora y gitana, entre olivos y campos de algodón, de Sevilla a Nueva Orleans, del Puerto de Santa María a Nueva York, del Mediterráneo al Caribe. Chano y Diego, Diego y Chano. Con un cajón flamenco remarcando cada latido y los ecos de su infancia gaditana… De los cantes antiguos de Caracol, a La Perla, Marchena o la Niña de los Peines, y el recuerdo siempre presente de aquella primera guitarra flamenca que le regaló su padre. La pieza está llegando a su fin y Chano despega sus manos del piano y cierra con palmas.

Salimos a la calle y aunque el toque de queda se acerca, la noche efímera e imborrable de jazz, como un perseida que quema el cielo, se escapa y deja su rastro. Sigue la música y nosotros andando, mirando a las nubes.

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