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Epiléptico. El ascenso del gran mal de David B

Fue entre 1996 y 2003 cuando David B. lanzó una de las obras fundamentales de la novela gráfica. Los seis volúmenes publicados durante todo ese tiempo de “Epiléptico. El ascenso del gran mal” –originalmente publicado en España como “La ascensión del gran mal”, en una traducción distinta a esta–, una serie de cómics que, más allá de su valor intrínseco, resultaron básicos en la concepción adulta del noveno arte. Este cómic se sumó con rotundidad abrumadora a la base de los títulos que consolidarían el término novela gráfica, como representación de un arte que siempre había contado con el sambenito subcultural por montera.

¿Y qué tiene esta serie de cómics para ser tan especial? Para empezar su esqueleto narrativo reposa sobre las memorias del autor, que enfoca sus vivencias ante la vida en común con su hermano epiléptico. Lo que en otras manos acabaría siendo un relato tendente a un hiperrealismo con tendencias lacrimógenas, para el francés supone una puerta de entrada a un universo fantástico, donde se mezclan figuras terroríficas como el Gólem, la presencia fantasma de su abuelo-pájaro o los templarios.

David B. es capaz de armar un relato en el que videntes y curanderos se entremezclan dentro de las fronteras de una realidad a la que dota de un crisol de vías de escape, donde dragones malignos y Gengis Kan son ejes narrativos de un dibujo capaz de ser barroco, caótico y arabesco al mismo tiempo. Una mezcla que supera la prueba del algodón con holgura. No en vano, si borráramos los bocadillos, todo sería perfectamente comprensible. Aunque tampoco debemos infravalorar la capacidad del autor para trufar las viñetas de un memorable recorrido, no sólo por sus orígenes familiares, sino también de la historia de la Francia de la segunda mitad del siglo XX o la macrobiótica. Tres desembocaduras argumentales perfectamente trenzadas en torno a ese mal que consume a su hermano, Tito, a lo largo de cuatro décadas de existencia.

Esta nueva edición integral –antes estuvo la de Sinsentido– de Salamandra Graphic, funciona a la perfección para subrayar que el paso del tiempo no hace más que corroborar la unicidad de un cómic que, sin exagerar lo más mínimo, debería ser considerado como una de esas obras totémicas a las que siempre acudir cuando algún enteradillo pregunta dónde están las obras maestras del cómic. Y pocas tan exuberantes y convincentes como esta.

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