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Podía volar Christopher Cantwell y Martín Morazzo

Durante los años noventa y gran parte del arranque de este nuevo siglo, Karen Berger se encargó de poblar el sello Vertigo de un buen puñado de títulos que buscaban aportar una visión fresca, moderna y diferente al cómic mainstream norteamericano. Series como “Sandman”, “Doom Patrol” o “Shade”, auspiciados por Berger en DC, se alojaban junto a otras nuevos como “Enigma” o “Kid Eternity”. El tiempo de Berger en Vertigo acabó en 2002, y el propio sello fue perdiendo fuelle hasta los rumores recientes de su definitivo cierre. Por su parte, la editora ha encontrado su hogar en Dark Horse, donde lidera Berger Books, un subsello con proyectos que cuentan con su apoyo y respaldo y que busca poner al día el espíritu original de Vertigo.

“Podía volar” es uno de estos proyectos. Christopher Cantwell a los guiones, y Martín Morazzo, al dibujo, proponen una historia de corte fantástico marcada por el trastorno obsesivo compulsivo de su protagonista, una joven que ve cómo resolver el misterio de una misteriosa mujer voladora es la vía de escape de las tormentosas consecuencias de sus impulsos. La obra es un vehículo para que Christopher Cantwell, afectado por un trastorno obsesivo compulsivo desde los diez años, traslade su experiencia y sentimientos al papel en un plano de realidad ficticio que, sin embargo, transpira a la perfección el dolor y la confusión vividos por el guionista.

Huyendo del tono confesional o biográfico, Cantwell se decanta por una historia que entronca directamente con las propuestas más psicodélicas y especulativas de autores como Grant Morrison o Peter Milligan. Esa premisa, la de inyectar un grado de imprevisibilidad y locura, en un entorno supuestamente cotidiano, entronca directamente con series como “Shade” o “Los invisibles”, poniendo al día las líneas maestras de aquellos títulos. Hay, por supuesto, un punto de vista muy personal en la manera en la que se manifiestan los síntomas del TOC de la protagonista, así como una clara influencia de series de televisión de acción y conspiraciones, con “Fringe” a la cabeza.

El argentino Martín Morazzo consigue hacer fluir la historia a través de un dibujo competente cuyo estilo, como salta a la vista, está fuertemente influido por Frank Quitely. Más que un reproche, es una realidad y, siendo justos, esta línea gráfica se ajusta a la perfección a los planteamientos de Cantwell. “Podía volar”, como obra, es una propuesta interesante para quienes echan de menos lo que ofrecía el sello Vertigo y un inspirado ejercicio de catarsis para un autor que ha sabido unir con buen pulso la línea de puntos que unen su propia vida y la ficción.

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