Domino
Cine - Series / Brian De Palma

Domino

4 / 10
Rubén Romero Santos — 21-02-2020
Empresa — A Contracorriente Films
Fotógrafo — Saban Films

Cualquiera que conozca un mínimo de la carrera de Brian De Palma será consciente de que, vista la escasa hora y media de filme, hay una diferencia sideral entre el proyecto original y el resultado final. De De Palma, aunque puedan cuestionarse ciertas decisiones y una cierta tendencia al exceso, siempre se espera una narración férrea y una puesta en escena virtuosa. Nada de eso existe aquí, en una película que transmite en cada una de sus escenas los numerosos problemas de producción. Dado que se trata de una película de espías –o, mejor dicho, de terroristas yihadistas–, compararla con su versión de “Misión imposible” (1996), por ejemplo, es casi ofensiva.

El viaje de dos policías de Copenhague muy juegotroniles (un despistadísimo Nikolaj Coster-Waldau y una desaprovechada Carice van Houten) a la plaza de toros de Almería, pasando por Bruselas, es más low cost y mochilero que la clase business que se le supone a uno de los grandes aristócratas del Nuevo Hollywood. Que los peligrosos terroristas utilicen como tapadera el comercio de tomates, es una bonita metáfora de lo humilde de la propuesta. Con todo, la película tiene cierto interés, en el intento del maestro por desarrollar eso que se ha dado en llamar “estética de la vigilancia” (surveillance aesthetics), la omnipresencia de la imagen en la sociedad contemporánea.

Por “Domino” se entrecruzan mil y una pantallas y formas visuales: circuito cerrado, drones, cámaras de portátiles, GoPro e incluso ¡una ecografía! Por supuesto, el listado de soportes también es extenso: YouTube, móviles, ordenadores, iPads… Es una obsesión que De Palma viene planteándose desde 2007 con “Redacted”, una de sus muchas películas injustificadamente olvidadas. Es de reconocer que, pese a sus problemas, De Palma consigue introducir su reflexión sobre el cine y el espectador, sobre nuestra íntima e inquietante condición de voyeurs, agrandada y amplificada por un mundo sometido a la dictadura de las imágenes. En ese sentido, De Palma consigue su objetivo y es coherente: todo el filme conduce a ese clímax almeriense final, en el que se solapan sangrientos espectáculos.

Teniendo en cuenta que hablamos del gran heredero del Macguffin de Alfred Hitchcok, del hombre que creó la mítica escena del baile de fin de curso de “Carrie” (1976), un prodigio de técnica y uso del tiempo cinematográfico, genera entre rabia y frustración pensar en qué habría sido capaz de hacer Brian De Palma con semejantes mimbres de haber tenido un presupuesto mayor.

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