A menudo nos gusta que los grupos nos cuenten de primera mano las experiencias que acumulan durante sus giras más allá de nuestras fronteras. Si además las vicisitudes son narradas con mucho estilo, y no están exentas de cierto sentido del humor, mucho mejor. Es el caso de este pequeño diario de la gira de Lost Tapes por tierras francesas escrito por Pau Roca (La Habitación Roja) que conforma este entrañable dúo de indie-pop junto al gran  RJ Sinclair (Tokyo Sex Destruction),

“Bebe, je veux ton âme”

Seis conciertos en Francia en siete días. Ése era nuestro plan. Con la peor ola de calor de la historia reciente de Francia y, por supuesto, sin aire acondicionado en el coche, partimos un martes hacia Toulouse. RJ se había encargado de comprar “cena” ya que yo acudía en tren directamente desde València a Vilanova i la Geltrú. Con una compra en Mercadona de apenas tres euros, con la que RJ demostraba que se puede pasar hambre y engordar al mismo tiempo, viajamos durante la noche hasta Francia.

Las fronteras ya no son lo que eran. Aún recuerdo mi primer y frustrado intento de cruzar a Francia, cuando apenas tenía 8 años, con mi padre y mi hermano. No nos dejaron poner el pie en el país galo por faltarle a mi padre un papel en el que mi madre, de la que se había divorciado hacía ya años, dejara constancia de que era conocedora del viaje y que estaba segura de que su exmarido no nos iba a secuestrar. A mi padre le indignó mucho todo aquello pero volvimos (es un decir, el año anterior no habíamos ni entrado en el país) el siguiente año. Esta vez fuimos a Colliure. Recuerdo las luces amarillas de los coches, las matriculas negras con las letras en blanco, la emoción de los francos franceses (yo coleccionaba monedas), el ambiente notablemente silencioso y que el pan era diferente al que yo conocía. Hoy en día pasas por la antigua aduana a 120 km/h y, si no estás muy atento al cartel, ni te das cuenta de que has cambiado de país. Dormimos en un funcional y barato F1 y seguimos hacia lo que sería nuestro peor concierto en uno de los sitios más bonitos en los que he tocado jamás.

La Rochelle es precioso. Es como “Juego de Tronos” sin guión tramposo. Hacía un calor insoportable y el viaje había sido bastante desagradable, así que al llegar y ver que actuábamos en la terraza de una de las antiguas torres que dan paso por mar a la ciudad, que la gente que se encargaba del bar era muy agradable y de encontrarnos con Stevo de Tornado Productions, que había gestionado casi todas las fechas de la gira, todo eso, y en contraste con lo anterior, fue un subidón.

Montamos, probamos y tocamos sin monitores. Para un grupo que toca asiduamente y tiene las canciones muy interiorizadas es una situación salvable, no así para nosotros que llevábamos más de un año sin tocar y apenas habíamos podido ensayar un día. Todo lo que podía salir mal salió mal. Yo me iba echando cada vez un poco más hacia atrás y notaba cómo empezaba a sudar a chorros por la vergüenza de la situación. Apenas algún aplauso de cortesía entre tema y tema. Equivocaciones de acordes, de letra, de tempo. De todo.

Quiero pensar que probablemente a la gente tampoco le importó demasiado; el volumen no era muy alto y podía seguir disfrutando del maravilloso entorno solo enturbiado por los extraños sonidos que procedían de nuestros instrumentos y gargantas, mientras se me cruzaban por la cabeza pensamientos del tipo “Anulamos todo y mañana volvemos a casa”, “No merecemos ni que nos den de cenar”, “¿Aún nos faltan tres?”.

Tras el drama musical cenamos un agradable y muy francés plato de mixtura de ensalada, carne, embutidos y pan. No nos lo merecíamos, pero nos lo comimos disfrutando de unas vistas magníficas. Nos fuimos a tomar una cerveza y a dormir. En las giras que organiza RJ, dormir es uno de los momentos clave y más sorprendentes del día. Nunca sabes si habrá hotel, casa o incluso si tendremos que pedir un poco de piedad al público (eso nos pasó en Seattle hace unos años y, la verdad, es que nos funcionó muy bien y dormimos mejor que en cualquier lugar del resto de la gira). Esta vez tocaba dormir en casa de una amiga del promotor, Mimi, encantadora y animosa fan del hardcore de los 80/90 que, a pesar de nuestras educadas peticiones y ruegos acerca de la posibilidad de dormir de inmediato (había sido un caluroso y largo día) nos sacó un vino rosado, unos tomates Cherry y nos deleitó con una sesión de hardcore cantado a voz en grito a través de un micro de juguete que tenía amplificación y reverb. La primera noche en Francia cumplía con lo que me temía, y aun quedaban seis… Finalmente conseguimos acostarnos, con gato incluido, bello animal al que RJ es, cómo no, alérgico.

Nos dimos una vuelta por La Rochelle con Stevo y yo me separé un momento de ellos y me comí media docena de la especialidad del lugar, las otras, en un sitio muy elegante saltándome la “estalinista” dieta a la que Raul nos tenía sometidos. Por lo que pudiera pasar.

De ahí nos fuimos a una modélica sala de conciertos llamada La Sirene que, además de dos magníficas salas, disponía de varias estancias muy bien equipadas: bar, oficinas y locales de ensayo. Usamos estos últimos para arreglar el desaguisado de set que hicimos el día anterior. Menos mal.

Saintes es muy bonito y la temperatura era mucho más templada. Bien. Además, a pesar de (o gracias a) que no había técnico y nosotros éramos los encargados del sonido, el concierto fue bastante decente y entre el no muy numeroso público se encontraban el programador de un festival muy chulo que se hace por la zona y el dueño de una tienda de discos (un clásico) con el que pudimos charlar de música. Siempre que hay un dueño de tienda de música hay que hablar con ellos de los Feelies que, por otro lado, nos encantan. ¡Encima teníamos hotel! Sin aire acondicionado, pero hotel. No lo he dicho: tocamos en una especie de bar-tienda-de-tatuajes y fueron encantadores con nosotros. Incluso nos ofreció drogas un chico, una obvia señal de que lo habíamos hecho bien. Oferta que declinamos amablemente. Hay que ir con cuidado. A veces, declinar una invitación de drogas es más peligroso que la droga en sí.

Al día siguiente no había que viajar demasiado y como la temperatura en Saintes era perfecta, incluso hacía algo de frío, visitamos la ciudad. Es una ciudad muy pequeña pero preciosa provista de restos romanos, río, puentes antiguos, abadías, casco histórico… El delirio de un/a instagramer.

En Limoges recuperamos las temperaturas infernales y las condiciones de “sobe” del hardcore: colchón sobre suelo cortesía de alguien que ofrecía parte de su hogar a unos extraños. Imposible quejarse, sería de mal gusto.

El Doggo es un bar, asociación, tienda de cómics y sala de conciertos subterránea con piso “squad” en la planta superior en pleno centro pero en una zona muy popular de Limoges. El promotor había comprado para cocinar en el squad de arriba, pero al no funcionar el fuego, decidió transformarlo todo en ensalada. La famosa cocina francesa, la “nouvelle cuisine” se inventó así según la leyenda.

Tocábamos con el grupo The Big Idea, populoso, joven y variado grupo de La Rochelle que venía de girar dos meses por Europa y que, según pudimos comprobar, no tienen mucho predicado en Limoges. Eran majísimos y un buen grupo, eso sí. Nosotros tocamos bastante bien.

La siguiente parada era Le Galion en Lorient, un garito en plena zona portuaria de tendencia “garajera”pero con la mente lo suficientemente abierta como para organizar un variado día benéfico de conciertos desde las 14h a las 2 de la mañana en donde tocaron diversos grupos, la mayoría de ellos con tendencia a la caña, pero no todos. Nosotros tocamos a las 9 y había bastante público y muy buen ambiente. La entrada era “la voluntad” pero mientras estuvimos allí vimos que casi todo el mundo metía billetes en la caja, y no de 5 euros. Fue un éxito. Al estar en pleno polígono industrial portuario la gente entraba y salía dependiendo del grupo que estuviera dentro sin miedo a molestar a ningún vecino. Al final de la noche la sala estaba llena y la calle practicante también. Además, teníamos hotel (cama de matrimonio, eso sí, pero a estas alturas…) y desayuno. Magnifique.

Alguien nos escribió en el sucio capó del coche: “Bebe, je veux ton âme”. De noche granizó violentamente y debido a una reacción química inexorable (como todas) esta frase se solidificó en el capó del coche y nos acompañó el resto del viaje. Sin duda, seguirá ahí.

Al día siguiente teníamos concierto en la increíble Angers, en Le garaje, sitio muy recomendable, limpio y bonito que dispone de un pequeño escenario. Un viaje de apenas tres horas nos permitió dar una gran vuelta por la cuidad y visitar el castillo, la catedral y una abadía preciosa. Además, coincidió que había una especie de procesión para reclamar “la vuelta del Rey” así que la ambientación del lugar no podía haber estado mejor. Nosotros nos ofrecimos a darle el nuestro, nuestro rey, tal cual, para que prueben a ver si les gusta o no.

El concierto estuvo bastante bien (además, había humo! magnifico complemento para Lost Tapes) y la cena estuvo más que correcta. Hubiera sido un día redondo de no ser porque olvidé el sobre con nuestro caché en el bar.

Al día siguiente tocaba viaje y pernoctación en Toulouse, lugar donde tocábamos al día siguiente. Dormíamos en casa del organizador del evento y el gran Stephan nos dejó su casa y se fue a dormir a la de su novia. Digamos que Stephan es de esas personas a las que les cuesta desprenderse de sus objetos más preciados, y que éstos son muchos, tantos que prácticamente impiden ver el suelo, paredes y techo de su minúsculo piso. Vinilos, ropa, revistas, cuadros y demás cachivaches se amontonaban arropando ácaros también en gran cantidad que, mezclados con veinte años de pertinaz tabaquismo, dotaban al lugar de un peculiar olor que aún conservo en mi pituitaria.
Stephan es una persona culta, así que el piso tenía la ventaja de que podías leer Cahiers du Cinéma en el baño y comprobar que Almodóvar también ha creado divergentes opiniones en Francia acerca de su última película.

Después de un ligero día de turismo (con una agradable temperatura) por el centro histórico de Toulouse fuimos a la prueba de sonido. Tocábamos con la “all girls band” de los USA The She’s. Unas simpáticas chicas, amigas desde los 5 años, que habían usado sus vacaciones de universidad para hacer una gira por Europa. Venían directas de La Lata de Bombillas del gran Javi. Una de ellas llevaba una camiseta de los Teenage Fanclub y tocaron una versión de Pavememt en la prueba, lo que renovó la confianza de RJ en la humanidad.

Hicimos un concierto más que decente y empaquetamos todo el merch y el equipo y, después de cenar estupendamente, partimos hacia Vilanova i la Geltrú. No nos apetecía volver al piso, apenas nos quedaban cuatro horas de viaje y no era tarde.

¿Mereció la pena? Por supuesto que no, pero lo volveremos a hacer. Así es la música.

Próxima parada, Indietracks en Butterley, Inglaterra.