Entrevista con el escritor Kiko Amat con motivo de “Revancha”
Especiales / Kiko Amat

Entrevista con el escritor Kiko Amat con motivo de “Revancha”

Oriol Rodríguez — 10-03-2021
Empresa — Anagrama
Fotógrafo — Cesar Nunez @ohlalacesar

Kiko Amat asciende a las grandes ligas de la literatura con “Revancha” (Anagrama, 21). Reverso perverso de “Rompepistas” (09), la nueva entrega de Amat es tan fascinante como lacerante. Un relato brillante y contundente, tan contundente como el golpeo de un bate de béisbol sobre el cerebro del lector. Home run. Indudablemente su mejor novela.

Leyendo “Revancha” he tenido cierta sensación de estar regresando al universo de “Rompepistas”, pero en su versión menos amable y más violenta.
“Rompepistas” es germen de “Revancha” por una razón muy concreta: en “Rompepistas” salen unos malos que son la contraposición de mis héroes. En aquel momento decía que no era una novela maniquea, pero en el fondo lo era absolutamente porque no tenía ninguna intención de hablar de los chungos.

Lo importante era la panda de la que hablabas.
Totalmente. Y todo lo demás era un rebote de aquella panda. Los chungos de “Rompepistas” eran como los villanos de las películas expresionistas. Eran recortes, no tenían fondo. Eran quinquis de Sant Boi. No realicé el menor esfuerzo por explicarles.

Pero “Rompepistas” funciona tal y como la escribiste.
Sí, pero esta fue una espinita que se me quedó clavada. Al poco de acabarla ya estaba pensando que como novelista no podía no explicar bien a la peña, aunque esta peña sea gente chunga. Los chungos tienen que estar contados al milímetro. Todo el mundo tiene que entender por qué son chungos. En “Rompepistas” este esfuerzo no se realiza. Me pasé ese curro por la rabadilla. No me interesaba.

“Yo soy un escritor populista al cien por cien. Y cuando no he sido populista ha sido por error. Yo siempre he querido llegar a un montón de peña”.

Pero, como dices, acabó siendo el germen de “Revancha”.
Me dije que un día contaría la gente que está en el lado malo de verdad. En “Rompepistas” los malos son medio buenos. Pertenecen al lado benigno. Los de “Revancha” no, estos son chungos de verdad. Pero no es lo único que me impulsó a escribir “Revancha”.

¿Cuáles son los otros gérmenes?
Quería volver a las subculturas, al rollo tribal y pandillero, pero sin el exceso de referenciación que tenía “Rompepistas”. Algo de lo que me prometí curarme. Me di cuenta de que ese universo de referencias culturales que tienen cierto atractivo para algunos lectores era un obstáculo para la lectura. Yo lo que quiero es explicar historias para todo el mundo, no universos encriptados para unos cuantos enrollados que conocen mis preferencias.

Un crecimiento que debe ir realizando el escritor a lo largo de su trayectoria literaria.
Exacto. Y si no lo hace es porque cualitativamente no puede realizar ese esfuerzo o es un vago y está pecando de autoindulgencia. O le parece bien ser un escritor sectario cuyas novelas estén destinadas exclusivamente a un grupito que te entiende. Yo no hago esto.

¿Tú que haces?
Yo soy un escritor populista al cien por cien. Y cuando no he sido populista ha sido por error. Yo siempre he querido llegar a un montón de peña. Explicar mi historia, mi lugar, mil folclore local, lo que he visto y lo que he vivido a todo el mundo y no solo a una minoría. No quiero que me lean cien indies, cien mods, cien skins y cien rockers. Quiero que me lea absolutamente todo el mundo. “Antes del huracán” (Anagrama, 18) fue la novela en la que aprendí a hacerlo y “Revancha” en la que he aplicado lo que he aprendido a una historia que remite al universo de “Rompepistas”.

En “Revancha” esa peña chunga son ultras del fútbol.
A mí, como sabe todo el mundo, el fútbol me la pela. Pero no me la pela el tribalismo, las subculturas, las pandillas, la violencia… Una peña a la que seguro que les mola el fútbol pero que lo viven como un modo de pertenencia y una razón de orgullo. Una razón de orgullo en una peña que, por su origen y vivencias, no tienen muchas cosas de las que sentirse orgullosos. El modo en el que el mundo hooligan y ultra utiliza el fútbol para llegar a ciertos medios es lo que me interesa contar. El fútbol como tal no me interesa. Como tampoco me interesa ningún otro deporte.

El rugby.
El rugby me interesa ahora porque soy viejo y por descendencia familiar. La paradoja en mi caso es que yo era un niño medio enfermizo y tísico propio de un libro de Dickens pero crecí entre dos de los grupos más testosterónicos y viriles de la historia de la humanidad.

“Me encanta el mito local, la verdad deformada por el boca oreja. Prefiero tirar de eso que tirar de verdad. No quiero saber lo que pasó de verdad”.

Los jugadores de rubgy y los skinheads.
Hasta los catorce años todo mi entorno estaba conformado por rugbistas. En “Uno de los nuestros” Ray Liotta se pregunta que todo el mundo que conocía eran gánsters. Pues yo, todo el mundo que conocí hasta mi adolescencia estaba vinculado al rugby. Y cuando me hice adolescente entré en un mundo no muy propenso a la debilidad como el de los skinheads.

Dos mundos que colisionan y convergen en la novela a través de los dos principales protagonistas: Amador y César.
Si a mis personajes no los he conseguido redimir, sí que los muestro a través de un prisma que los desnuda y muestra cómo son. Amador y César son chungos, pero en realidad son los héroes de la novela. Los personajes con los que empatizan y se sienten identificados los lectores. Dos personajes que he intentado explicar de la forma más honesta y sincera posible.

No puedes evitar ir con ellos.
Es una analogía que estoy haciendo constantemente al hablar de “Revancha”. No ha sido una influencia pero me sirve para que se entienda lo que quiero decir: ¿por qué cojones íbamos con Tony Soprano si todos sus enemigos eran igual de mierdas que él?

¿Por qué?
Porque a él lo conocíamos. Ya era uno más de los nuestros. Un colega.

Y porque tenía ciertos puntos débiles que lo hacían humano.
Exacto. Se estaba acercando pero todavía no había llegado a la psicopatía absoluta. Pero muchos de sus enemigos, que también tenían sus debilidades, tampoco. Ibas con él porque le conocías a fondo. Era la intimidad absoluta de aquel colega que eres consciente que no es muy guay, pero es tu colega. Un tipo al que no sé si le perdonas todo, pero del que sí que entiendes sus actos. Cuando le parte la cara a alguien no te gusta, no le aplaudes, pero entiendes por qué lo hace porque sabes de dónde viene. Tipos, sobre todo Amador, que utilizan toda su fuerza bruta para vengarse del mundo. Y esa venganza, para mí, es fundamental.

Su homosexualidad también ayuda a empatizar con él.
Solo puedo decir al respecto que, como empecé a hacer en “Antes del huracán”, he desencriptado el código de que las cosas tengan que permanecer a mi mundo para explicarlas. Soy autodidacta, y este proceso ha tardado porque lo he ido aprendiendo libro a libro. Pero ya tengo la fórmula y ahora la puedo aplicar donde quiera y cuando quiera. Y eso incluye poder describir el amor y el sexo homosexual. Funciona porque las emociones son reales, vívidas y vividas. Chuta porque el anhelo, la ternura, la rabia que siente Amador, en el fondo son mi anhelo, mi ternura, mi rabia, mi capacidad de amar…

¿Y el odio?
El odio también es mi odio, pero yo le doy la voz de su odio. Es un odio distinto, que viene de cicatrices distintas, pero en el fondo es mi odio. Sin ese odio no existiría Amador y, desde luego, sin ese odio yo no escribiría. Yo escribo impulsado por el odio y el rencor. Así de claro.

Los sentimientos son reales como son reales diversos hechos que salen en la novela.
No lo parece pero es una pregunta… complicada. Tú nunca dirías que “Apocalypse Now” es un documental. Es una historia ficticia y todos los personajes que aparecen: Kurtz, Chef, Willard… son inventados. Los crearon (John) Milius y (Francis Ford) Coppola en una máquina de escribir. En “Revancha” pasa lo mismo. La historia no es real y los personajes no existen, pero igual que en los personajes de “Apocalypse Now”, los de “Revancha” tienen que aparecer en espacios y vivir las mismas sensaciones que vivirían este tipo de pandillas.

Pero narras situaciones que han pasado exactamente y tal como las describes, como el minuto de silencio que se hizo en el Camp Nou por la muerte de un miembro de los ‘Boixos Nois’ y que fue origen de una gran trifulca entre los grupos de animación.
Sí, pero la gente que participa de eso en la novela no son los que protagonizaron los hechos reales. Y del mismo modo que Coppola tuvo que leerse “Despachos de guerra” de Michael Herr, yo he tenido que rememorar algunos de los hechos reales que sucedieron en Barcelona para luego doblegarlos y usarlos a mi conveniencia.

Has hecho mucho trabajo de investigación.
Un escritor que me encanta es Don Carpenter. Para mí escribió la mejor novela pandillera y carcelaria que hay: “Dura la lluvia que cae”. Cuando le preguntaban por su conocimiento de las cárceles, el tipo respondía que era porque había pasado una única noche en comisaría. La documentación está sobrevalorada. El conocimiento de ese mundo del que hablo se basa en los mitos de mi adolescencia.

La leyenda urbana.
Me encanta el mito local, la verdad deformada por el boca oreja. Prefiero tirar de eso que tirar de verdad. No quiero saber lo que pasó de verdad. Quiero el mito que llegó a mí. Un mito que tiene una parte de verdad, una parte de deformación, una parte de leyenda negra de Barcelona, habladurías, mierdas inventadas en un bar… Un mito que creó monstruos que a veces no tenían nada que ver con lo que eran en la vida real. Monstruos que eran chungos pero estaban totalmente deformados por lo que te contaba la peña. A mí me interesa contar, sin intención ejemplarizante ni moralina progre, que ese monstruo viene de un lugar. Viene de cosas que le pasaron en la infancia, de violencias, de traumas…

“Yo escribo por rabia, sí. Lo que pasa es que mi rabia es productiva, no es paralizadora. No me quedo mordiéndome los nudillos encerrado en el lavabo”.

Tampoco los excusas.
Es una línea muy fina y peligrosa, la de contar a gente chunga y que, sin estar de acuerdo con lo que hacen, los entiendas perfectamente y vayas con ellos. Ir descubriendo que, pese a que la sociedad no es la culpable, a diferencia de lo que cantaban Siniestro Total, los malos no se hacen malos de un día para otro, sino que es la consecuencia de muchas cosas. El camino más difícil es ser benigno, hacer ‘focs de camp’ y votar a Esquerra. Contrariamente, los chungos se van volviendo más chungos y más chungos y más chungos, a base de que les llamen escoria desde que nacen y jamás tengan acceso a las cosas guays. O dicho de otro modo, es muy fácil no ser malo si no te han pasado cosas malas. Si tus padres eran de puta madre, tus abuelos artistas y tus novias siempre te han adorado, no tiene mérito. Lo jodido es ser alguien como Amador, que después de todo lo que le ha pasado, todavía hay algo de bueno en él.

Acorde con todo esto, el lenguaje de la novela es el más crudo, violento, directo, tajante y lacerante que has usado jamás.
En mis novelas anteriores todo el mundo decía guarradas y se explicaban batallitas, pero sí que es cierto que como narrador, uno se va llenando de coraje al darse cuenta de las posibilidades del oficio.

¿Escribir es puro oficio?
La manera en la que hablan los chungos, los capitanes y cachorros de Lokos en “Revancha”, no me hubiera atrevido a usarla de una manera tan fiel en “Rompepistas”. De hecho, no es que no me hubiera atrevido, es que ¡no me atreví! Hablar de una manera tan chola, tan de la calle, como narrador has de estar muy seguro de que eres bueno y ya puedes registrar ese lenguaje para que sea ultra fiel a ese hablar callejero.

En este sentido el trabajo que has hecho con la creación de la jerga que usan los ultras de Lokos es espectacular.
Y es debido a una parte de oficio aprendido con el tiempo, pero también a haberlo oído toda tu puta vida. A estar habituado a este tipo de jerga desde siempre. Si no has oído hablar a la gente de la calle, de los barrios, nunca los podrás transcribir hablando. Yo he estado toda mi vida rodeado de gente que habla así.

Pero lo tuyo ha ido más allá y has creado un vocabulario propio. Algo muy parecido a lo que hizo Anthony Burgess con los protagonistas de “La naranja mecánica”.
Me lo dice todo el mundo y la comparación es razonable. Pero hay una idea mayor y es que mis novelas no vienen de novelas. Casi nada de lo que ocurre o intento explicar en mis libros viene de otros libros. Leer muchos libros me ha ayudado a entender cómo se explicaba lo que yo quería explicar en un libro. Yo nunca he pensado en: “voy a hacer un libro como tal escritor”.

¿Y eso no es lo que hacéis todos escritores?
He querido que mis personajes hablaran con una jerga parecida a la que yo usaba de adolescente con mi pandilla del pueblo y que no se entendía tres manzanas más allá del lugar en el que nos movíamos. Una forma de hablar que era algo guay, que te daba cierto sentido de comunidad, de grupo estanco de gente que convive y sobrevive a situaciones chungas y que he querido meter en mi novela. Ha sido posteriormente cuando me he dado cuenta de que esto pertenece a toda una tradición de novelas como la que has citado. Pero estas novelas no son ni el germen ni el origen. Esta jerga que uso proviene de la tradición oral. Desde que empecé a escribir que me preguntan por mis influencias. Y mis influencias no son literarias.

¿No?
Mis maestros son literarios. Pero mis influencias no. Yo crecí con una cultural oral, una cultura de calle… Yo empecé a escribir porque quería contar estos mundos que vi. Jamás he querido hacer una novela que fuese una copia de otra. Algo, por otro lado, que en nuestro país es mucho más habitual de lo que se cree, ya sea por clase social, el mundo y, especialmente la meta a la que pretenden llegar muchos escritores, que es bibliófila.


Ellos dicen: yo escribo porque quiero escribir como escribían estos tíos que he leído y que tanto me gustan. A mí la motivación que me lleva a escribir es totalmente opuesta a eso. Yo no vengo de un mundo de bibliofilia, ni de un mundo académico, ni de un mundo de hombres de letras, ni, desde luego, de un mundo intelectual. Pero he leído mucho y esas lecturas me han enseñado mi trabajo. Irremediablemente hay cosas que recuerdan a cosas. Pero estas no son el motivo de mi obra.

¿Si alguna vez se apaga ese fuego interior, si ya no sientes rabia, odio y rencor contra el mundo, ya no merecería la pena escribir?
Yo escribo por rabia, sí. Lo que pasa es que mi rabia es productiva, no es paralizadora. No me quedo mordiéndome los nudillos encerrado en el lavabo. Aunque puedo haberlo hecho ocasionalmente. Pero en general, mi rabia es un motor productivo. John Lydon dice que la rabia es una energía. Y así lo siento yo también. Es la energía que hace que me levante cada mañana y me encierre a escribir en pijama durante cinco horas.

¿Cada día?
Cada puto día. Trabajo de forma draconiana las mismas horas cada día. Y no lo haría si no sintiera esa rabia y ese rencor contra el mundo. Esa rabia ha hecho que acabe rebelándome contra mi destino.

¿Cuál era tu destino?
Vengo de un mundo en el que eres carne de cañón. Tu esperanza de vida es ser reponedor, camillero, camarero o currela en una cadena de montaje. Este era el mundo que he visto desde pequeño y en el que han acabado muchos de mis amigos.

Lo siento, debes estar para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.