Los getxotarras vuelven a desbordar sentimientos en una nueva simbiosis entre poesía y música. Su nuevo disco, “Rugen las flores” (Subterfuge, 15) mantiene el pulso de la emoción hecha música, y charlar sobre ello con Ricardo Lezón, alma de todas estas canciones, se convierte en todo un placer.

El disco ofrece una consistencia y desarrollo instrumental mucho más compacto que en otros trabajos, sin abandonar el propio temperamento ya formado de la banda. ¿Cómo valoráis esa evolución, si creéis que la ha habido, desde “Las Orillas”?

Este disco es un impulso. Antes de entrar en La Mina a grabar solo habíamos ensayado tres veces las canciones todos juntos debido a la dificultad de poder encontrarnos. Yo me fui a vivir a la otra punta de la península, Gonzalo en Madrid y el resto en Getxo. Desde que empezamos ha sido así, pero esta vez esa distancia sumada a todos los condicionantes de la propia existencia nos había dejado muy parados y la decisión de irnos a grabar fue un impulso vital. Las canciones llegaron crudas al estudio, allí grabamos en directo muchas partes por primera vez y fue casi como grabar los ensayos. El resultado es el disco que más se parece a cómo sonamos cuando ensayamos o tocamos en directo. “Las Orillas” es un disco muy espontáneo y este creo que es impulsivo y crudo. No sé si eso se puede tomar como una evolución, lo que sí está claro es que aunque lo hemos grabado en el mismo sitio y en las mismas fechas, con tres años de diferencia, no es lo mismo.

¿Por qué optáis por Sevilla y los estudios La Mina?

Para grabar “Las Orillas” teníamos claro que queríamos aislarnos, estar juntos una semana lejos de casa y concentrarnos en las canciones. Una amiga común nos hablo de Raúl y de La Mina. La grabación de “Las Orillas” fue un placer en todos los sentidos. Conectamos muy bien con Raúl en todos los aspectos y quedamos encantados de la experiencia. Cuando nos dio el arrebato de grabar “Rugen las Flores” lo único que teníamos claro era que iba a ser allí. Raúl se ha convertido casi en un miembro más del grupo, de hecho tocará con nosotros en la presentación en Madrid y comparte proyecto conmigo en Viento Smith. Además en Sevilla tenemos ya nuestro grupo de amigos que nos han ayudado y apoyado; David Cordero, Nacho García, todo eso suma y acaba formando el sitio perfecto.

Desde el título hasta las letras tienen una base de inspiración en el poeta mexicano Eduardo Lizalde y su poema “Recuerdo que el amor era una blanda furia”. ¿Otorga esto al disco algún tipo de línea conceptual, personificada en alguien o en algún tiempo, más allá de su disección emocional habitual?

No hay ninguna línea conceptual premeditada en el disco. Sí es verdad que tenía la intención de buscar la manera de universalizar un poco las letras, quitarles un poco de peso o tratar las emociones desde otro sitio y de otra manera. Venia de escribir unos textos muy personales y asfixiantes para Viento Smith y esa intención que no acababa de arrancar se impulsó mucho al leer ese poema. Seguimos hablando de lo mismo, de las emociones, pero creo que aquí lo hacemos desde otro sitio. La idea de que la furia, la ferocidad o la fuerza es patrimonio de lo oscuro no sea cierta y que la posibilidad de ser arrasado por la belleza o de que su rugido pueda silenciarlo todo existe era lo que necesitaba escuchar.

A cuenta de esto, en vuestro caso es casi imposible no hablar de música y de lírica a la vez, alcanzando esa simbiosis que hace perfecta la canción: melodía y poesía. ¿Dais algún tipo de preferencia, os alarma que os llamen poetas antes que músicos?

No nos alarma nada de lo que nos puedan llamar. Somos un grupo de música que hacemos canciones en las que queremos contar cosas que nos emocionen e importen y hacerlo de una manera que igualmente nos guste. La letra y la música tienen la misma importancia. Hay letras escritas para las que no hemos encontrado la música apropiada y que se han quedado fuera y también algunas melodías para las que no hemos encontrado el texto y también se han perdido.

De hecho, Ricardo, has publicado un libro de poesía, “Extraña forma de vivir”. ¿Cómo surgió la posibilidad y cómo valoras el resultado? ¿Son la poesía y la música los mejores lugares para nuestros exilios interiores?

El libro, compartido con las ilustraciones de Estibaliz Hernández de Miguel, artista a quien admiro mucho y de cuyo criterio me fio al mil por mil, fue un proyecto personal. El grupo andaba parado y yo, efectivamente, vivía un autoexilio en un lugar al que nunca llegué a adaptarme. Escribí esos poemas para mí, porque me servían de refugio. Fue Estibaliz quien tiró del carro y me animó a sacarlos. Tuvimos la ayuda impagable de Laura Eguiluz como maquetadora y la verdad es que el resultado ha sido una experiencia muy bonita que he vivido, y sigo viviendo con mucho pudor y con mucha ilusión. En mi caso la música y la literatura junto al cine y el estar con las personas que te hacen sentir bien son los lugares donde me oculto cuando quiero ocultarme.

 

Siempre he creído que McEnroe mantiene líneas cercanas a grupos como Tindersticks, los Red House Painters de Mark Kozelek o American Music Club, pero cada día se observan más desarrollos extensos colindantes con bandas como Luna o con puros valses de estilo Leonard Cohen, como en “Esta misma sensación de soledad”. ¿Por dónde discurren las influencias actuales, evolucionan junto a vosotros?

Son nombres muy serios los que escribes jajaja. Excepto a American Music Club, que no les pillo el punto, al resto los he escuchado y escucho mucho. A Luna tampoco los tengo muy pillados. Creo que el tema de las influencias es mucho más amplio, siendo la música la más importante; desde poemas, libros, películas, frases, lugares, experiencias propias, conversaciones, etc. Nos gusta mucho hablar entre nosotros de las cosas que nos han gustado o que hemos descubierto. Nos vemos poco y cuando lo hacemos cada uno aporta sus cosas. Somos muy musiqueros, nos encanta escuchar música y hablar de ella. Esos grupos que citas está claro que te acaban marcando, igual que otros que se han quedado desde el principio, como Silver Jews, Smiths, The Cure o Low.

Siendo la vuestra una música que parece invitar a la escucha recogida y reflexiva, sin embargo funciona igual de bien en lugares tan hipotéticamente inhóspitos para ella como los festivales. Y podemos dar fe de ello. ¿Por qué creéis que encajan, que el público lo acepta, supone un esfuerzo extra esa desnudez emocional ante miles de personas?

Creo que McEnroe es un grupo pequeño que gusta a un número reducido de personas pero que a quien le gusta, le gusta mucho. Tocar en un festival es complicado pero siempre tenemos la suerte de tener la sensación de que quien viene a vernos viene a escucharnos y eso hace que todo sea más fácil. Nosotros nos tomamos todos los conciertos de la misma manera, con la intención de disfrutarlo. Estar en un escenario tocando tus canciones y que haya quien quiera escucharte es un privilegio que queremos disfrutar y compartir. No somos grandes instrumentistas y nos afecta mucho todo lo que rodea a un concierto, necesitamos estar muy metidos para poder hacerlo bien y por eso nos preocupamos mucho de conectar entre nosotros. Creo que lo que transmites desde el escenario es igual de importante que lo que recibes desde fuera y siempre hemos tenido la enorme suerte de sentir mucho respeto y mucho cariño, lo mismo en una sala en silencio que en un festival a las tres y media de la madrugada con los bombos dance de otro escenario mayor haciendo que se tambalee el suelo del nuestro.

“Rugen las flores” mantiene ese costumbrismo de los detalles del que creo que sois unos maestros. Podéis hablar del canto de un grillo en “Cae la noche” o de escuchar “Coney Island” entre el recuerdo y el olvido. ¿Son los clásicos un refugio para nuestras huidas?

Las historias largas suelen reducirse al final a pequeños detalles en el recuerdo. Que suene “Coney Island” de Lou Reed mientras la persona a la que quieres te acaricia la espalda te explica todo. La música es un refugio, sí, y los detalles son los cimientos de los recuerdos.

Alguna vez he tenido la tentación de definiros como música marítima, como si el salitre fuera parte consustancial de vuestro sabor. Dejando atrás canciones como “Las mareas”, aquí el mar vuelve a estar presente en “Caballos y Palmeras”, “Como las ballenas” o “El puente”. Siendo además de Getxo, ¿es el mar algo fundamental en la definición y creación de McEnroe?

Supongo que el decorado te acaba influenciando de una manera u otra. El mar es un lugar que atrae mucho, un lugar al que ir, algo que echas de menos cuando no está. Claramente te influye en el carácter. Es algo vivo que se calma y se cabrea, como nosotros.

 

En ocasiones os habéis quejado de que se os califique como música triste. Posiblemente sea más nostálgica que triste, y la voz y el fraseo propio de ti, comiendo esas sílabas finales, ayude al cuadro final, aunque mi percepción es que cada vez cantas mucho más seguro, pero con inflexión quebradiza. ¿Estás de acuerdo?

Estoy de acuerdo en que ahora canto mucho más seguro, no sé si mejor o peor pero más seguro, y de que disfruto haciéndolo. También estoy seguro de que mi forma de hacerlo, el tono y ciertos dejes o defectos hacen que el resultado sea más triste o como diablos quieran llamarlo. Antes me daba cierta rabia lo de asociarnos tan rápidamente con la tristeza pero ahora la verdad es que me da igual. Para nosotros McEnroe es algo luminoso y lo que transmita a cada uno ya es de cada uno.

En cualquier caso, ¿creéis que el artista saca lo mejor de sí mismo en situaciones de páramo o devastación emocional más que desde la placidez sentimental o física? ¿Es simplemente un tópico?

Creo que cuando estás devastado buscas respuestas, refugios y lugares donde puedas encontrar la manera de sacudirte algo de lo que te ahoga e inconscientemente de convertirlo en algo que te calme y te ayude de cualquier manera. Esa es mi experiencia, no sé cual es la de los demás. Cuando estoy triste busco la guitarra y el boli. Cuando estoy contento busco con quien compartirlo.