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Si algo he admirado de Liam Howlett a lo largo de su carrera ha sido su capacidad por mutar disco a disco, alcanzando nuevas metas y dando forma a distintas caras de una misma moneda. Su primer disco sorprendió en tiempos de ravers, el segundo captó a nuevos adeptos a la causa de entre los, por aquellos días, aficionados al indie y el tercero (ay, el tercero) les puso en boca incluso de los más rockeros. Desgraciadamente, el tiempo ha pasado -demasiado entre “The Fat Of The Land” y “Always…”- y una suerte de miedo escénico ha hecho mella en la creatividad del británico.

Mientras sus canciones abrían nuevos caminos en el pasado, su nuevo disco provoca una desesperanzadora sensación de deja vu que no le hace ningún bien a su autor. Por suerte, tampoco hay un “Baby´s Got A Temper” que se contente con fusilar logros pretéritos, pero sí una electrónica basada en la sonoridad del disco inmediatamente anterior, en sus beats, en sus bajos digitales, en sus formas y claves. Ni siquiera el haber enviado a Keith Flint y a Maxim a Katmandú durante una temporada ha mejorado el resultado. Más bien al contrario las apariciones estelares (Ping Pong Bitches, Princess Superstar, Juliette Davis, Kool Keith y los Gallagher Bros) no hacen sino subrayar la sensación de que las cosas no funcionan en la forma en que deberían: a Prodigy no se le puede permitir uno de esos all star records totalmente impersonales que sí nos colaron de Paul Oakenfold, Junkie XL y algún otro lumbreras. Queremos un álbum flipante de Prodigy y lo queremos antes de ocho años. De momento esta vez aceptaremos “Always Outnumbered Never Outgunned” como disco de transición, pero solamente esta vez.

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