Hace treinta años los irlandeses U2 daban un salto de popularidad internacional sorprendente con la publicación de “The Joshua Tree” (1987). La consecuente gira de presentación pasó por Madrid y Barcelona se quedó fuera. Así que, en una suerte de justicia poética, esta vez sería la Ciudad Condal la que acogería el único concierto en España de la gira de conmemoración de aquel disco, el más vendedor de la historia del grupo (siete millones por delante de su más cercano competidor, “Achtung Baby”, editado en 1991). Por eso las entradas se agotaron a toda velocidad, y por eso la expectación era incluso más grande de lo habitual. Cincuenta y cinco mil personas de infinidad de ciudades y nacionalidades –con echar un vistazo alrededor era suficiente para constatarlo- que gritaron como condenados y condenadas tan pronto como el cuarteto apareció en escena tras pinchar completa “The Whole Of The Moon” de The Waterboys.

Larry Mullen Jr. fue el primero asomarse y tomar su lugar, con calma, sintiéndose arropado por el griterío ensordecesor de un público que, más viejos y más calvos, todavía les adora. Y lo cierto es que el arrollador inicio nos cortó momentáneamente la respiración a base de hits. ¿Qué otra cosa podía suceder tras interpretar sin ningún tipo de artificios y en el escenario anexo en el centro del recinto “Sunday Bloody Sunday”, “New Year’s Day”, “Bad” –con su primer homenaje a David Bowie, echando mano de partes de su “Heroes”- y “Pride (In The Name Of Love)”? Eran U2 solos frente a su público, todavía sin grandes proyecciones, sin toda la iluminación a pleno rendimiento. Era la demostración de que a los irlandeses nunca les ha hecho falta ampliar plantilla para crecerse sobre un escenario. Fue el mejor de los inicios que nos podían ofrecer, pero se trataba de la gira de aniversario de “The Joshua Tree”, con lo que los hits iban a salpicar los siguientes cincuenta minutos de show.

Cuando se iluminó la pantalla de más de sesenta metros de largo (y un huevo de alta, permítanme decirlo así) que la banda tenía a sus espaldas y empezaron a proyectarse las imágenes que Anton Corbjin había filmado en Estados Unidos ya no había vuelta atrás. “Where The Streets Have No Name” abría un momento de nostalgia que nunca antes se había generado con tanta intención cuando sonaba en los escenarios. Y fue un buen inicio, claro está. Un inicio que, a mi modo de ver, se extendió hasta “Bullet The Blue Sky”, el primero de los dos momentos de intensidad sucia y descarnada ofrecidos por el grupo (el otro fue “Exit”, que sonó con la fuerza requerida, culminando otro de los mejores momentos de la noche). A partir de ahí ya dependía lo que nos pudieran emocionar o no las canciones que iban sonando, desde “Running To Stand Still” hasta “Mothers Of The Dissapeared” (en la que Bono encajó la frase “el pueblo vencerá”, como ya hacía en 1987), con al que despedían la segunda parte de su show. Pero diría que algo se perdió por el camino. La banda no sonaba tan excitamente como al inicio del show y cuando se despedían saludando algunos sentíamos que todavía faltaba algo para que la noche estuviera a la altura de citas previas. No son quienes habían sido, obviamente, pero todavía saben sonar a cuarteto básico. Bono es quien peor parte se ha llevado del paso del tiempo. Sus carreras de ayer por el escenario son ahora paseos, sus sentidas frases de décadas atrás parecen ahora líneas aprendidas y repetidas noche tras noche, pero ahí están sus compañeros para mantener la nave a flote. U2 no son el gran grupo de directo que fueron hace unos años, aunque todavía les quede cuerda.

El bis, largo y variado, terminó siendo contra pronóstico más desequilibrado que la segunda mitad del show. Quizás hubo demasiadas proclamas, quizás los ánimos andaban más calmados que al inicio, pero “Miss Sarajevo” sonando después de “Mothers Of The Dissapeared” nos dejó algo aturdidos y algo desganados.

Por suerte, U2 sabían que hacían falta más hits y cayeron “Beautiful Day”, “Elevation” y Vertigo” –dos de ellas con nuevo homenaje a Bowie-, componiendo una de las partes más directas de la noche. Bono rindió homenaje a las mujeres como introducción a “Ultraviolet”, sonó “One” y se despidieron con la futurible “The Little Things That Give You Away”. Fue una noche desequilibrada, con momentos de máxima excitación y otros en los que la atención se dispersaba. Fue una noche que nos recordó que el tiempo pasa y nunca es en vano, para lo malo y para lo bueno. Para lo bueno porque cuando U2 se ponen suenan realmente bien, muy bien; para lo malo, porque compararles con lo que fueron años atrás y con aquellas giras en las que se les veía a pleno rendimiento a los cuatro, empequeñece un poco los logros actuales y les resta algo de peso. Ayer vimos a unos U2 que mantuvieron el tipo, pero lejos de la gran banda que no tenía contrincantes sobre los escenarios.

Y no nos olvidemos de prestar atención al invitado de lujo, aunque su actuación quedase algo deslucida en las condiciones en las que se dio. Noel Gallagher y sus High Flying Birds se enfrentaron al público de los irlandeses con modestia e interpretando sus canciones con solvencia, aunque conscientes de que la gente no estaba allí por ellos. No jugaban en casa, por mucho que Noel luciese una antigua camiseta del Barça y dedicase uno de los cuatro temas de Oasis –coreados, eso sí- que sonaron a su amigo Pep Guardiola. Y es que ya se sabe, el Estadi Olimpic Lluís Companys fue el campo del Espanyol.