No se sabe. Hay cosas que pasan y nunca se sabe por qué. No se sabe. Por ejemplo, lo acontecido la pasada noche con Simone Felice, el hermano mayor de The Felice Brothers que ahora transita la vida por su cuenta y riesgo después del romántico caminar con The Duke And The King acompañado de Robert “Chicken” Burke. El LP homónimo de Felice salió el año pasado y fue, lógicamente, acaparador del repertorio del concierto de manera exacta y justa, sin abusar de las novedades (regaló, aun así, la inédita “Molly O”) y tratando con respeto las versiones y rescates varios. Como su indumentaria; elegante pero sencilla en un principio y extrema al final, luciendo tatuaje en el hombro izquierdo gracias a la camiseta de tirantes.

¿Poesía? Pues sí, también. Aunque, como se viene diciendo, no se sabe. La idea general que había en la noche de ayer era la de ver a un “songrwritter” que, guitarra en ristre, estrecharía lazos entre la ciudad y el campo. Algo así como una especie de Josh Ritter o de Ray LaMontagne. En parte fue así, pero tampoco similar en estilo o en sonido. Y es que tampoco encajaría ahí, ¿saben ustedes? Había canciones como “New York Times”, por ejemplo, que relataban esa característica urbanita que conocía el ser humano campestre, pero otras, sin embargo, entablaban una fuerte relación con las raíces, pues Simone -junto a sus hermanos- se crió en idílicos parajes montañosos del estado de Nueva York (en la pequeña localidad de Catskill, para ser exactos), los mismos que son descritos en “You & I Belong”, canción dedicada a su hija Pearl, nacida “cuando tronaba en las montañas”. El mismo músico ha sufrido embistes en su vida: operación a corazón abierto, la pérdida de un hijo… pero no ha usado su desgracia para hundirse, sino para contemplar cómo las cosas suceden y ayudan a crear también situaciones dentro de una canción, como hicieron sus hermanos con “The Devil Is Real” y “Don’t Wake The Scarecrow” y que él, ahora, hace emerger de las sonoridades más oscuras, muy parejo a lo que hacen Timber Timbre.

De la guitarra (bonita Martin, por cierto) a la batería para destrozarla –literalmente- en un acto de violencia teatral al frenético ritmo de “Radio Song” para serenarse después tocando exclusivamente con la guitarra, y en soledad, el himno contenido en “One More American Song”. Preciosa, como “If You Ever Get Famous”: “If you ever get famous, don’t forget about her. She was there boy before, anybody cared who you were. You better remember”. El final resultante de una velada con un material así no es otro que el de las epifanías. O sea, letras crudas -por momentos- sin ser tampoco condescendientes, pero que revelaban realidades muy certeras contando lo que tienen que contar. Será por ese motivo por el que interpretó “Atlantic City” (Bruce Springsteen) y “Helpless” (Crosby, Stills, Nash & Young) como ofrenda a alguien que lo vigilaba desde las alturas. No eran rezos propiamente dichos, pero sí alabanzas disparadas al silencio mirando al foco más alto del coqueto teatro madrileño.

La gente se enamoró. Querían a Simone como él mismo amaba a su banda: Mountain John (bajo) y Matthew Green (dobro, slide y mandolina). El formato trío tenía la ventaja de ser más simple pero a la vez muy rico en detalles, como en los coros, por ejemplo. No le costó en ningún momento hacer esfuerzos para ganarse al público mezclándose entre la gente para animar el estribillo de “Helpless” o para bailar alegremente en “The Devil Is Real”. De hecho, interactuaba con mucha frecuencia dado que el lugar en el que se desarrolló el show era tan cercano como informal. No existía tarima alguna que alzara al artista, sino que el mismo suelo que taconeaba con dureza Simone en “Dawn Brady’s Son” era el mismo que retumbaba bajo los pies de los asistentes. Una sutil manera de equiparar admiradores y admirados a un mismo nivel.

No hubo pega alguna. Tal vez habría que hablar del tiempo que pasaba despacio, como para dejar disfrutar de algo único que jamás se volverá a ver en la vida, o al menos de igual manera. Pero en fin, eso no se sabe.