La primera edición del Festivalley celebrado en Benavente contó con un cartel atractivo que, a lo largo de todo el día y en diferentes emplazamientos de la localidad zamorana, congregó a un total de diez artistas incluyendo conciertos diurnos a cargo de Jero Romero, Shinova, The Cucarachas Enojadas y El Lado Oscuro de la Broca. Por su parte, la actividad principal resultó ubicaba en el Recinto Ferial, donde las actuaciones comenzaron con dos horas de retraso en una circunstancia que terminaría por marcar el devenir del evento.

El escenario fue inaugurado por los madrileños Jack Knife, quienes probaron una correcta asimilación de influencias del indie-rock inglés contemporáneo, con bandas contundentes como The View, The Courteeners o Arctic Monkeys como referencias principales. El cuarteto logró calentar el ambiente con ejecución férrea y una efectiva selección, y sólo les sobró toda esa parafernalia juvenil con la que se empeñan en acompañar a una actuación que por sí misma ya cuenta con suficientes motivos de interés. Bastante más contenido (y menos animoso) estuvo Willy Naves, cuya preferencia por los medios tiempos no carece de buen gusto (sobre todo consumidos en pequeñas dosis y teniendo en cuenta la precisión interpretativa de la formación), pero que va perdiendo pegada en su propia sucesión. Un escollo acrecentado en el siempre particular marco de un festival, por lo que seguramente hubiese resultado más apropiado ubicar al asturiano al comienzo del mismo.

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La puesta en escena de Smile (en la foto) fue, a la postre, de las más celebradas de la noche, con los vascos trasladando al directo todas las virtudes mostradas en su versión de estudio. La fórmula funciona fluida y sin complicaciones, tras aunar espléndido vocalista, un atractivo aire retro, elegancia, cuidados arreglos y encantadoras composiciones. El grupo se mostró además especialmente motivado y, aunque también tiraron de cierta parafernalia escénica, lo cierto es que las buenas vibraciones implícitas en su música acompañan y ayudaron al triunfo. La presencia de León Benavente era seguramente la más esperada de la cita, más allá de la anécdota vial acontecida en la zona y que en su momento dio nombre y apellido al proyecto de Abraham Boba y compañía. Su actuación resultó distribuida en dos tramos más o menos diferenciados, con una primera parte en la que el grupo cumplió expediente inmerso en cierta inercia, y una segunda mitad de intensidad desbordante y arrasadoras consecuencias. Un concierto creciente que terminó por dejar excelente sabor de boca en base a un conjunto de temas que, tras dos años sonando y a la espera de las ansiadas nuevas canciones, ya se han convertido en clásicos sobre las tablas.

Otros que siguen exprimiendo los cortes incluidos en sus últimas referencias –el álbum “Camino Ácido” (Sony, 14) y el EP “Cuatro Truenos Cayeron” (Sony, 14)– son Ángel Stanich y su banda. Ampliamente rodado y amparado por lo fiable de su repertorio, el cuarteto resultó profesional a pesar de verse obligado a reducir su tiempo como consecuencia del enorme retraso acumulado, además del abandono de muchos aficionados tras León Benavente. Aunque los que de verdad pagaron los platos rotos fueron los guipuzcoanos Grises que, además de tener que luchar contra un frío cada vez más determinante en el propio ambiente, vieron drásticamente reducido su espacio con el consiguiente enfado de los fans.

Estreno saldado, en definitiva, con luces, sombras y bastante menos afluencia de público de la prevista por la organización. Una iniciativa siempre loable y apetecible, pero que también deberá pulir errores de cara a futuras ediciones para poder afianzarse y crecer con convicción y necesaria fiabilidad.