Otro año más acudimos al BEC de Barakaldo para disfrutar de una selección de propuestas musicales de lo más ecléctica.

El honor de abrir el festival correspondió a los navarros Exnovios. Me gustaron sus bonitas melodías, envueltas en ritmos velvetianos, que bien podrían haber sido escritas por Brian Jonestown.

Había cierta expectación por ver a Cat’s Eyes, proyecto de Faris Badwan, cantante de The Horrors, y la soprano Rachel Zeffira. La recargada parafernalia escénica no vino acompañada de una gran actuación. El dúo tiene canciones con potencial, pero no supo aprovechar todos sus recursos. Las tres coristas femeninas resultaron ser un lastre más que un apoyo, y la actitud, al borde de la desidia, mostrada por Badwan, contribuyó a crear un ambiente frío y distante. Destacaron las interpretaciones de “Drag” y una versión, por lo curiosa, de “Girls Just Want To Have Fun”, el éxito de Cyndi Lauper.

Un apunte sobre la chilena Javiera Mena. No puedo opinar sobre su concierto, llegué a los últimos diez minutos, pero aquello parecía una mala parodia de Fangoria. Espero que el resto fuese mejor.

Edwyn Collins es un gentleman del pop-rock. Con evidentes secuelas físicas, motivadas por los dos derrames cerebrales que sufrió hace unos años, apareció acompañado por un trío semiacústico de guitarras y teclado. Repasó temas de su carrera en solitario, presentó canciones de su nuevo disco, y no se olvidó de su etapa al frente de Orange Juice, cantando, con esa voz que a veces recuerda a David Bowie, los dos mayores hits del grupo, “Falling And Laughing” y “Rip It Up”. El teclista, en momentos puntuales, aportó dosis extra de sensibilidad, abandonando su instrumento y ofreciendo cálidas líneas de saxofón. Me quedé sin escuchar “A Girl Like You”, era el turno de Polly Jean.

Se formaron colas kilométricas a la entrada del recinto un rato antes de que actuase la gran estrella de la noche, lo que provocó que mucha gente accediese al interior con el concierto ya comenzado. La mejora del sistema de distribución de pulseras, cuestión pendiente para el próximo año. Con los primeros acordes de “Chain Of Keys”, Pj Harvey (foto encabezado) y su comitiva abordaron el escenario con impresionante marcialidad. Su última andanada, “The Hope Six Demolition Project” funciona de maravilla en directo. Arropada por una banda inmensa, tanto en número como en calidad, como si de una moderna big band se tratara, y en la que destacan sus inseparables Mick Harvey y John Parish, la pequeña gran mujer británica no necesita ni moverse delante del micrófono para ponernos la piel de gallina, como demostró con la sobrecogedora “Dollar, Dollar”. El set giró, casi en exclusiva, alrededor del último disco, pero la PJ más clásica y rockera se desmelenó, física y espiritualmente, durante el terceto formado por “50 Ft Queenie”, “Down By The Water” y “To Bring You My Love”. Versionando a Bob Dylan se despidió de los asistentes, con la majestuosidad y el carisma intactos. Imperial.

The Horrors, esta vez, no dieron en el clavo. Reciente todavía en la memoria su gran concierto playero de Donostia, supusieron la gran decepción del festival. El volumen fue ensordecedor, y el sonido lamentable. Las guitarras se acoplaban con el teclado, la voz hacía la guerra por su cuenta, y el cegador juego de luces no era apto para personas epilépticas. Por salvar algo, esa canción tan bonita llamada “Still Life”, deudora de los primeros Simple Minds.

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Suede (foto superior), con su actual concepto de espectáculo, resultan una apuesta arriesgada para un evento como el BIME. La banda se sitúa tras una pantalla gigante en la que se proyecta una película muda, y desgrana de cabo a rabo los temas del disco “Night Thoughts” a modo de banda sonora. El concepto es interesante, pero, transcurrido un rato, llega a aburrir. Pérdida de seres queridos, angustia vital y suicidio, demasiadas desgracias por metro cuadrado. Además, las canciones, a pesar de buenos momentos como “Outsiders”, no están a la altura de sus éxitos de toda la vida. Éstos fueron protagonistas en una segunda parte, ya sin pantalla de por medio, donde Brett Anderson, ese cantante que se conserva en formol, devoró a su grupo, que sufrió el hándicap de un sonido plano y falto de matices.

Belako (foto inferior) cerró el primer día con su postpunk bailable. Los de Mungia jugaban en casa, y aprovecharon la ocasión para divertirse y divertir. Tras un comienzo embarullado, la cosa empezó a coger forma y, a pesar de sonar bastante sucios, acabaron construyendo la discoteca donde Ian Curtis nunca bailó.

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Perlak causaron baja de última hora por un percance físico de una de sus componentes. Fueron sustituidos por los murcianos Nunatak, que fueron los primeros en tocar el sábado. Facturaron un pop de aires folkies, y cuando se pusieron más oscuros y trascendentes me recordaron a los ingleses The House Of Love.

Shinova lo dieron todo en el escenario principal. Sus letras, repletas de amor y compromiso, son un tanto naíf, y su música pop resulta descaradamente comercial, pero la ejecutan con garra, presencia y personalidad. Creen en lo que hacen y lo saben transmitir.

Los londinenses Toy convencieron con su psicodelia machacona. Los momentos más destacados corrieron a cargo de unos pasajes instrumentales interminables, con la base rítmica golpeando sin piedad, mientras las guitarras y el teclado planeaban y formaban capas y capas de electricidad incendiaria. Las voces, distantes y monótonas, contribuyeron a crear una atmósfera densa e hipnótica,

Cuando alguien posee una mente tan inquieta como Kurt Wagner, las posibilidades son infinitas. El alma máter de Lambchop es un tipo misterioso, difícil de clasificar. En esta ocasión se decantó por el formato de trío, compuesto por un bajista, un pianista, y él mismo. Durante una hora, que se pasó como un suspiro, nos deleitó con pop preciosista al estilo de Tindersticks, baladas melodramáticas construidas con susurros, y folk minimalista. También llegó a disfrazarse de crooner aficionado al jazz, sumergido en unos bellos arreglos de piano. Acarició su guitarra, rasgando las cuerdas con suavidad, y jugó con su voz y con sonidos pregrabados para adentrarse en los temas de “Flotus“, trabajo con influencias de música easy listening, aún sin editar.

Los ingleses Wild Beasts dejaron más pena que gloria. No hubo noticias del supuesto art pop de sus inicios, y se abandonaron a un dance pop insulso e inofensivo, que sólo mostró pegada cuando añadieron alguna guitarra chirriante.

Lo de Moderat, durante unos minutos, parecía que iba a acabar como el rosario de la aurora. Problemas técnicos con los micrófonos hicieron que el concierto se retrasase casi media hora, y el fantasma de la suspensión estuvo presente. Por suerte, no fue así, y el trío de Berlín nos obsequió con una performance memorable. Con una iluminación casi siempre oscura, y con una proyección de imágenes muy acertada, crearon un show audiovisual muy atractivo para cualquier tipo de espectador. El techno de cámara y los sonidos de baja frecuencia se aliaron con otros más contundentes y bailables, en la batalla librada entre tonos agudos y tonos graves. Composiciones muy trabajadas desde el punto de vista melódico, como la evocadora “Last Time”, compartieron triunfo con otras más rompedoras y bailables. Cuando la música es inteligente, el estilo es lo de menos.

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The Chemical Brothers son diferentes, lo suyo es entretenimiento para las masas deseosas de bailar hasta el amanecer. El despliegue de luces y sonido fue apabullante, excesivo, hicieron lo que el público esperaba de ellos. El cóctel de rayos láser, imágenes desasosegantes y volumen disparatado, hizo que el espectáculo rozase la saturación. Algunos tramos visuales fueron impactantes y nos dejaron con la boca abierta, así como unos cuantos temazos como “Do It Again” o el que cerró la función, “Block Rockin’ Beats”.