Disco Inferno

D.I. Go Pop

(Rough Trade, 1994)

Y qué decir de este lujazo. ¿La banda más infravalorada de los noventa? Posiblemente, y más con pruebas como la aquí mentada. Porque este trabajo es como haber vertido en una coctelera a Young Gods, Joy Division y Bomb Squad, producidos por el chiflado de Martin Hannett. De tan alucinante mezcla surge una bomba de relojería de texturas y grooves panorámicos tan físicos que se imponen como una representación tridimensional del sonido. Cascadas en movimiento, rocas cayendo, toda clase de sonidos naturalistas desplegados en una gran gincana del sample y el MIDI, para los que Ian Crause y los suyos fueron tan relevantes como Kraftwerk para el sintetizador. Por desgracia, muy pocos lo supieron ver en su momento. Y eso que este disco estaba preñado de pruebas irrefutables de dicha realidad. No hay respiro en esta carrera escarpada por los relieves del ritmo y la abstracción melódica. Quizás en su colección de EP’s publicadas anteriormente ya habían encontrado su maná particular, pero fue en este gran brainstorming donde sellaron su entrada definitiva en la historia (por ahora) a pie de página del pop experimental. M.G.


Scorn

Evanescence 

(Earache, 1994)

Grupos como Pram y Scorn dejan a las claras que algo tenía Birmingham para sembrar bandas tan alejadas de las sendas marcadas por las audiencias y radiofórmulas. En la expresión etérea del drone había un agujero negro donde perderse, y ahí es donde fueron derechitos Mick Harris y Nic Bullen, ambos ex Napalm Death. Desde la huída de Bullen en 1995, Scorn se convirtió en el proyecto en constante evolución de Harris, quien durante una etapa también formó parte de lo que acabó denominando illbient. Sombras dub y tacto industrial representan la metodología aplicada a este surtido de canciones, definitivamente, glaciares. M.G.


Main

Motion Pool

(Beggars Banquet, 1994)

No resulta extraño encontrar el nombre de Robert Hampton entre los créditos principales de este triple disco de proyección sideral. Un salto al vació entre las interioridades del drone más allá de lo que le permitía el formato canción en Loop, la banda por la que siempre será recordado. Sin embargo, fue por medio de Main y esta pieza infinita donde Hampton pudo llegar hasta los confines de la distorsión que retumbaba en su quijotera. El resultado es portentoso, un tour de force que puso el listón muy alto a futuros espeleólogos de la excursión drónica. Dichos logros fueron sublimados al año siguiente, por medio de Hydra-Calm (95), pero es aquí donde se encuentran todas las coordenadas de la misión que tanto obsesionaba a Hampton. M.G.


Flying Saucer Attack

Further

(Domino, 1995)

Dentro de los innegables paralelismos que existen entre la generación perdida del post-rock británico y el krautrock alemán, si Main eran la versión british de Cluster y Moonshake lo eran de Can, entonces Flying Saucer Attack habían tomado el testigo de Popol Vuh. Basta con leer las declaraciones ofrecidas por el cerebro y alma de este proyecto, David Pearce, siempre mencionando a Dave Fricke y su concepción mántrica de armar melodías como principal sustento inspirador. Dicha devoción reluce sobremanera en Further, el trabajo con el que alcanzó su ideal de misticismo space-acoustic-rock. Para Pearce el drone es un silbido que se diluye en la atmósfera; y la voz humana, un instrumento que se pierde en la neblina de una música que parece haber sido gestada desde el sótano de un pintor impresionista. Piezas como In The Light Of Time y Come And Close My Eyes logran que hasta el lado más taciturno y onírico de Spacemen 3 quede relegado a propuesta complementaria de semejante invitación a perderse entre océanos de espuma eléctrica. M.G.


Laika

Silver Apples Of The Moon

(Too Pure, 1996)

Surgidos de la escisión de Moonshake, el dúo conformado por Margaret Fiedler y John Fernett se reinventó como Laika, quizá el único grupo de entre toda esta generación con posibilidades reales de haberle disputado a Stereolab su puesto de honor. Para llegar a esta hipótesis mucho tuvo que ver Silver Apples Of The Moon (1996), un carnaval de sonidos siempre en constante metamorfosis. Del hip hop mutado en Coming Down Glass al pulso tribal que mueve Let Me Sleep, fue como si se hubieran abierto la tapa de la cabeza y extraído el cerebro con el fin de comenzar a jugar con sus zonas más escondidas. Pese a las inevitables referencias, que oscilan entre el tropicalismo y el Miles Davis oceánico, todo suena recién parido. Una pena que, en posteriores entregas, no pudieran mantener la capacidad de sorpresa. Aun así, nadie podrá obviar jamás el exotismo hipnótico de tan contratada propuesta. M.G.

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