El septeto burgalés La M.O.D.A. no ha dejado de crecer desde que se subieron a un escenario. Y por el camino han aprendido mucho, como músicos y como personas. Algo de ese aprendizaje se vislumbra en “7:47 (Ni un minuto más)” (PRMVR, 18), tres canciones que reflejan el momento actual de David Ruiz y su banda. Un momento que les llevará a reunir a más de once mil personas en su concierto madrileño (al final de esta noticia puedes ver las últimas fechas de su actual gira).

En ocasiones resulta complicado asociar territorios a bandas concretas. Desde hace ya unos años, Burgos y La M.O.D.A. se entrelazan en mi cabeza. Porque pienso en la necesidad que tuvieron de salir de allí para que les escuchasen fuera, porque pienso en que acostumbrarse al frío es definitivamente una ventaja y porque estoy convencido de que si La M.O.D.A. fueran un grupo de amigos de otra ciudad quizás se preocuparían por montones de cosas que en realidad no importan. Pero si la geografía influye en lo que es el grupo, también lo hace cada día más el paso del tiempo. Tanto es así que, escuchando las tres canciones que se incluyen en “7:47 (Ni un minuto más)”, a uno le da la impresión de que ha visto crecer y madurar a David Ruiz. Ya no es ese veinteañero que se sorprendía leyendo a Kerouac. “El tiempo pasa para todos, aunque en mi caso estoy tan perdido como el primer día. Me gusta mucho esa idea de que la obra refleje la vida de una persona. No importa si talla madera o escribe novelas. Creo que así debería ser siempre, oficio y honestidad”, me contesta Ruiz, muy consciente de que, pase el tiempo que pase, las dudas estarán siempre ahí. Se le ve más maduro, pero también más rabioso (sirva “Altamira” como ejemplo).

Más consciente de que la melancolía no siempre nos permite mantenernos a flote en un mundo en el que la mierda rebosa. “Cuando uno escribe no siempre lo hace de sí mismo. Es una bonita manera de autoengañarse… Nuestras letras son una mezcla de sentimientos y emociones que vienen de dos dimensiones distintas, lo que sucede en nuestra cabeza y lo que pasa a nivel social y humano. En este EP hay un punto de reflexión sobre nuestra propia existencia como banda y mucha influencia de lo que sucede en el mundo hoy en día”.

Al mundo que nos rodea y al paso del tiempo podemos sumarle también lo importante que es haber empezado en la música como verdaderos currantes, haber tocado en calles y plazas, haber actuado para unos pocos desconocidos, haber tenido problemas para pagarse el viaje de vuelta o para cenar en condiciones. Y eso ocurrió en el pasado en Burgos, sí, pero también en Francia o México. “Se aprende mucho en cualquier sitio, pero lo que más te curte es tocar en la calle, como hemos hecho en México o Francia. También esos años que nos pasamos haciendo bares y garitos. Luego uno va viendo otro tipo de escenarios y eventos, pero ese bagaje es fundamental para aprender a desenvolverte en todas las situaciones. En el extranjero hemos vivido de todo. A veces es más difícil ganarte a un público español que está viviendo fuera y se cree que el concierto es una fiesta Erasmus que a cinco mil colombianos que apenas están descubriendo a la banda, como nos pasó este verano en Rock al Parque.

Por eso, los miembros de La Maravillosa Orquesta del Alcohol son conscientes de que más que vivir un sueño, son ellos quienes lo están forjando. Y nadie les dijo que fuera fácil. Gracias a eso han aprendido a apreciar muchísimo más que las cosas hayan cambiado tanto y que la gente pague entradas para verles en directo o que el público cante con ellos las letras de sus canciones, estén en la ciudad en la que estén. Posiblemente, al margen de su repertorio, han sido la honestidad y la inusual pureza que desprenden sobre el escenario lo que ha conquistado a sus seguidores y lo que, al mismo tiempo, les mantiene con los pies en el suelo. “Lo bueno es que no estamos de gira tres o seis meses seguidos, ahí sí debe ser duro el aterrizaje. Desde que publicamos el último álbum hasta que acabe este año, nosotros habremos hecho unos noventa conciertos, sin contar acústicos y demás. Pero después del fin de semana, llegamos a casa y aquí vivimos otra vida. A nuestros amigos les da igual si tocamos en una sala para novecientas personas o en un bar para cincuenta. No valoran las cosas como si estuviesen en un grupo, en un sello o en la industria. A la gente de nuestro entorno les hace mucha ilusión lo que nos está pasando, pero no le dan más importancia. Y eso ayuda a mantener los pies en el suelo”.

“Nunca hemos tenido padrinos en la industria, ni un sello discográfico o alguien que invirtiese en nosotros cuando nadie nos conocía”

Pero, poniendo la lupa en la propia banda, ¿es complicado mantener la amistad entre vosotros cuando estáis tanto tiempo girando? ¿Cómo se lucha para que la amistad no se vea afectada por los nervios y el cansancio de la carretera? “Al final vas aprendiendo a convivir y a conocerte. Somos muchos y eso suele complicarlo todo, pero hemos logrado encontrar un equilibrio, aunque sería mentir decir que la amistad y el trato personal no se resienten. La carretera, como cualquier experiencia, pasa factura”.

En todo caso, hablar de La Maravillosa Orquesta del Alcohol es hablar de siete amigos que aprenden juntos en la carretera. De los aciertos y, cómo no, de los errores. “Nos hemos dejado la piel día tras día, año a año, pero eso es lo que hace cualquiera, dentro y fuera de la música. Tenemos la suerte de estar viviendo esta aventura que nos llena y nos hace felices, pero no todo son buenos momentos y euforia. Nunca hemos tenido padrinos en la industria, ni un sello discográfico o alguien que invirtiese en nosotros cuando nadie nos conocía. El hecho de tomar las decisiones por ti mismo hace más difícil que te equivoques. Le das a todo mil vueltas porque no te puedes permitir cagarla. También hemos aprendido mucho de fijarnos en otros grupos y en la propia industria. Casi te diría que hemos aprendido más de los errores de los demás que de los nuestros”.

Y no se preocupen, no nos olvidamos de Steve Albini, con quien la banda grabó los tres temas que componen “7:47 (Ni un minuto más)”. Albini es un verdadero dios humano para cualquiera que haya disfrutado de la música alternativa durante los últimos veinticinco años (para más datos busquen en Wikipedia). Gracias a él, La M.O.D.A. suenan menos folk y más crudos que nunca (con unos bajos rotundísimos, por ejemplo). “Sabíamos a lo que íbamos y con quién queríamos trabajar. Albini no se mete nunca en una composición o una estructura. No es un productor, lo dice él mismo nada más que llegas al estudio. Él es ingeniero y se preocupa de que las tomas de sonido sean correctas, de que todo suene como debe sonar. Y eso es lo que buscábamos grabando con él, ese sonido característico, crudo y áspero y directo que él sabe sacar. Aprendimos unas cuantas cosas y nos sorprendió mucho su ética de trabajo”.

“Tengo la sospecha de que los ‘ídolos’ surgen cuando eres muy joven y luego ya cambia la perspectiva”

Para acabar, vayamos a las influencias. En sus canciones, David Ruiz ha hablado de Kerouac, de Machado, Dylan o Cash, pero es de imaginar que se van sumando a su imaginario nuevos referentes de aquellos que ayudan a enriquecer los puntos de vista sobre la vida. “En LA M.O.D.A. vamos descubriéndonos cosas unos a otros continuamente. Como apuntas, requiere un tiempo el incorporar un referente nuevo a tu ‘universo’ y sólo con el paso de los años uno se da cuenta del valor o la importancia que han adquirido, aunque tengo la sospecha de que los ‘ídolos’ surgen cuando eres muy joven y luego ya cambia la perspectiva. Sí te puedo decir que aún tenemos hambre de descubrir cosas nuevas, sea en la disciplina que sea. Yo últimamente he descubierto a Joe Henry, Marc Ribot, Bill Frisell, Javier Colina, Chancha Vía Circuito y el disco homenaje que Delorean han hecho a Mikel Laboa. Oso Leone es otra banda que me gusta muchísimo, y The Messthetics igual. Y Ry Cooder.

Imagino que, gracias a los viajes por Latinoamérica, también se habrán sumado algunos escritores o artistas mexicanos, colombianos, etcétera. “En nuestra primera visita allá, hace un par de años, tuve la oportunidad de conocer alguna librería en Ciudad de México y descubrí a autores como Julián Herbert y Mario Santiago Papasquiaro. También a Roberto Bolaño. Cuando viaja uno se queda abrumado por la cantidad de discos y libros que le quedan por descubrir”.