“La violencia también es que, un día, tú te quieras lanzar de un piso diez"
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“La violencia también es que, un día, tú te quieras lanzar de un piso diez"

Víctor Terrazas — 05-08-2026
Fotografía — Archivo

Luislo, Omar y Beni, ss decir Çantamarta, acaban de publicar su tercer trabajo, “La esquina + violenta” (Rimas, 26). Un álbum directo, conceptual, creado en apenas unos meses, que funciona como una radiografía de conversaciones pendientes.

“La esquina + violenta” es un disco en el que las distintas caras de la crudeza conviven, inevitablemente, con el empeño de seguir imaginando un mañana. Una búsqueda constante de cómo encontrar belleza incluso en las esquinas más difíciles. En una de esas esquinas aparece el llanto de un bebé. Un llanto que conecta la dureza de "Lo mataron a las diez" con la ternura herida de "Mi prima fue mamá otra vez". No es casual. Después de canciones sobre migración, salud mental, violencia política o heridas heredadas, la última voz que aparece es la de alguien que acaba de llegar al mundo. "Tener un niño que nazca o crezca en un contexto complejo ya de por sí es una decisión muy violenta", reflexiona Luislo. La imagen le devuelve inmediatamente a una historia familiar. “Me acuerdo de una prima mayor. Entre los primos siempre decíamos que seguramente sería la primera en ir a la universidad, la primera en romper ciertas ataduras. Cuando quedó embarazada con dieciséis años fue muy duro. Veías la barriga y sentías alegría, pero también que ciertos planes se rompían. Pero esa vida que viene es una nueva oportunidad”. Esa imagen fue la que obligó al trío a descartar en el último momento una portada que originalmente iba a mostrar a una persona golpeada y con grilletes. Prefirieron un bebé en brazos, porque la inocencia extrema resulta sobrecogedora cuando todo alrededor invita al cinismo. Omar lo resume con lucidez: “El bebé reconcilia. Hay gente que tiene un entorno o un trabajo violento, pero cuando está al lado de un niño esa careta se cae". “Totalmente”, añade Beni. “Es el máximo acto de pureza convertido en un desafío”.

“Muchos no pudimos tener una adolescencia ya que tuvimos que pensar en cómo irnos para convertirnos en adultos"

Quizá por eso el nuevo largo del trío resulta tan difícil de resumir. Cuando hablan de violencia no se refieren únicamente al crimen, a la corrupción o a las heridas históricas que atraviesan las venas abiertas de América Latina. También hablan del desarraigo, de la ansiedad, de la frustración de quienes tuvieron que crecer demasiado rápido y de la dificultad de encontrar un lugar al que pertenecer. Pero el viaje no es solo gris; está hecho también de bailes, celebraciones y un mundo profundamente bello. Esa mirada periférica, la de quien observa desde los márgenes para entender el centro, atraviesa cada rincón del disco. Çantamarta ha construido un refugio en el que el dolor también se baila. Lo hace en "Mar Caribe", recogiendo el testigo del poeta Andrés Eloy Blanco y sus Angelitos negros para reclamar un espacio de orgullo pardo frente a una historia que siempre pintó los altares de blanco. “Es una forma de decir que estamos ocupando un espacio que durante mucho tiempo nos dijeron que no era nuestro. Otras personas hablan por nosotros, pero ahora nos toca a nosotros”, explica Luislo.

Ese choque cultural se vuelve físico al caminar por Madrid y encontrarse con el rótulo de una conocida marca de ropa infantil: Mayoral. Para quien viene del lugar del que viene el vocalista, la palabra no evoca prendas de algodón, sino el látigo del capataz colonial. Sabotear ese significado desde la música es, en sus propias palabras, un “acto de pura bravura”, una idea que también atraviesa canciones como "Todo lo que toco se hace oro". Pero el disco alcanza su temperatura más dolorosa en “Melancolía”. Nació en un freestyle improvisado en el estudio que terminó arrastrando la sombra del suicidio juvenil en la diáspora. El fantasma de un amigo cercano, una promesa del béisbol nacional atrapada en el laberinto del desarraigo planea sobre una de las interpretaciones más desgarradoras de la carrera del grupo. “La violencia también es que, un día, tú te quieras lanzar de un piso diez. La vida de un ser humano cambia cuando se da cuenta de que tiene la capacidad de quitarse la vida. Y esa es por desgracia una bandera tanto en migrantes como en muchos jóvenes. Es igual de importante en la conversación que la corrupción del político que te jode”, afirma Luislo. “Se sigue invisibilizando el hecho de que hay gente que no aguanta esas vainas y, aun viviendo mejor y estando en mejores condiciones, un día se cansan del desarraigo”. Es la fractura de una juventud robada por la supervivencia. “Muchos no pudimos tener una adolescencia ya que tuvimos que pensar en cómo irnos para convertirnos en adultos. No podías seguir el curso natural que mucha gente aquí sí ha podido permitirse. Yo me pude buscar las habichuelas como músico callejero en Granada, me pude sacar la carrera por suerte y por becas. Pero tengo panas que llegaron un año después a Madrid, cuando convalidar era imposible. Muchachos que pudieron haber sido diseñadores gráficos, odontólogos o médicos y les tocó dedicarse a otra cosa. Pasan los años y se van frustrando”.

Paradójicamente, toda esta densidad conceptual nació de una manera casi impulsiva. Si “Pasarela” (24) necesitó varios años para completarse, este nuevo álbum tomó forma en apenas tres meses, a partir de enero de 2026. Parte de la culpa la tienen María y Sara de Fillas de Cassandra, cuyo “Tertulia” (26) produjeron a finales del año pasado en Galicia. "Va a ser uno de los discos del año", afirma con rotundidad Luislo, recordando cómo intentó convencer al grupo durante el verano para no asumir el encargo por falta de tiempo. “Al final ganó el amor al arte y, cuando terminamos el proyecto, dijimos: 'Bueno, listo. ¿Queremos sacar nuestro disco en 2026? Pues aprieta, papi'". Lejos de traducirse en un trabajo atropellado, la prisa actuó como un filtro de honestidad. Si “Pasarela” fue su universidad, este álbum ha sido su catarsis. Aprendieron a limpiar el grano de la paja y a confiar en que si una canción se sostiene a guitarra y voz no hace falta recargarla de capas maximalistas. Al grabar en bloque, el disco se convirtió en un organismo vivo, lleno de leitmotivs y pequeños ganchos melódicos que conectan unas canciones con otras. “Si trabajas las cosas con la perspectiva de un año, a lo mejor no tienes tan claras esas pequeñas bisagras que luego en el álbum molan más", apunta Beni. El resultado, lejos de ser un catálogo de lamentos, es una conversación urgente que sabe cuándo llorar y cuándo bailar. Una celebración de la identidad parda, de la amistad como trinchera y de la música como el único hogar que no entiende de fronteras ni de papeles. Çantamarta han lanzado una moneda al aire en “La esquina + violenta”. Y al escuchar ese llanto final, uno tiene la certeza de que, contra todo pronóstico, ha caído de cara.

 

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