No deja de ser llamativo (y, en cierto modo, meritorio), lo que a estas alturas del partido sucede con The Cribs. Después de más de dos décadas de carrera (y tras haber optado al puesto de una de las grandes sensaciones británicas aparecidas con los aires del nuevo siglo), y con su cénit compositivo focalizado tiempo atrás –“Men's Needs, Women's Needs, Whatever” (Wichita, 07) y ese “Ignore The Ignorant” (Wichita, 09) en el que Johnny Marr ejerció como cuarto miembro del grupo–, cualquier entrega de los hermanos Jarman cumple con unas premisas que parecen estipuladas de antemano.
Por un lado, cabe aceptar que las sorpresas y la asunción de cualquier paso (ya fuera en firme o en falso) fuera de su zona de confort resulta del todo improbable. Gary, Ryan y Ross parecen abonados a ese indie-pop de férreas guitarras y sonido sólido, definiendo unas líneas por las que supuran, con frecuencia, melodías que no hacen sino sazonar el producto. Escasez de ideas, por tanto; pero, al mismo tiempo, los británicos son capaces de certificar cada una de sus entregas con la solvencia y el acierto suficientes como para dar de paso la referencia en cuestión. Y es que, en ese universo en el que se mueven The Cribs, parece tan innegociable una premisa como la otra.
“Selling A Vibe” llega después de más de cinco años de silencio y hace ya el noveno álbum de estudio en el casillero de los de Yorkshire, confirmando la teoría a través de una docena de nuevas canciones que apuntan a los dos lados del charco para recopilar influencias que van de Wire a The Replacements. Un disco que funciona como reencuentro y se sitúa lejos de desatacar cualquier euforia, pero que también consigue evitar decepciones, capaz de convencer en sus mejores momentos y disimular con cierta dignidad cuando la cosa va más forzada. Sin más, ni menos.
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