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La música de The Avalanches consiste en una esquizofrenia mutante de sampladelia (con perdón por el palabro). O sea, quieren apretujar todos los samples del mundo para que en cada cosa parecida a canción que hagan haya múltiples planos de sonido en los que no dejen nunca de ocurrir cosas, de modo que este museo de animales imaginarios consiga finalmente crear en tu mente un estado de permanente bienestar bailongo con una pizca de nostalgia imposible. Bien. Hace 15 años se marcaron un único álbum, “Since I Left You”, con el que dejaron a la parroquia tan rebosante de felicidad que, por una parte, pidieron más, y por otra, los encumbraron como unos maestros absolutos cuando realmente solo habían demostrado una vez que podían hacerlo; y eso en la vida, a veces puede deberse a la casualidad. Dicho de otro modo, lo suyo estuvo muy, pero que muy bien, pero el aplauso fue un poco desproporcionado.

Cuentan que durante los 15 años largos que han transcurrido desde entonces, han retrasado la publicación de otro disco, entre otras cosas, porque se han tenido que dedicar al noble arte de la negociación para que se les concediera el uso de muchos de los samples que querían incluir, y el resultado no siempre era positivo, pero ellos erre que erre. En el transcurso de este tiempo, el mundo del hip-hop ha mantenido la misma batalla, y cuando muchos productores se han encontrado con esa barrera legal infranqueable, han optado por crear sus propios muestreos de sonido para poder seguir publicando su música. Véase el ejemplo de Kanye West, porque aunque haya sido uno de los que más pasta se ha dejado en el mundo para incluir sonidos ajenos, ha terminado optando por hacérselo todo él mismo, o la gente que contratara. En la historia de la música moderna contemporánea hay decenas de ejemplos así: tengo una limitación de cualquier tipo y precisamente la uso para desarrollarme artísticamente. ¿Se acuerdan incluso de Miles Davis? Pues eso. Pero The Avalanches no se han conformado. Ellos querían su disco “así”, y eso ha significado que cuando han podido publicarlo, el mundo ya no se parece ni un poquito a aquel de la confusión con el “efecto 2000”.

Por ello, una de las dificultades mayores a la hora de escuchar “Wildflower” es la sensación de algo conocido que no es vintage, que está pasado de moda, porque todavía no cabe reivindicar musicalmente el año 2000, porque aquel crossover tecnológico de “Frontier Psychiatrist” alrededor del que podían pulular desde las locuras de Beck hasta las remezclas de Jon Spencer o lo menos empalagoso del lounge, todavía suena a la moda de ayer, a lo que no se pincha, y a lo que hay que evitar. Pero The Avalanches no han aprendido de los errores que han cometido otros con sus “Second Coming” retrasados, y nos lo han plantado delante de las narices con 15 años de retraso como si fuera el segundo capítulo de la serie que empezamos a ver ayer. “Wildflower” apela básicamente a los mismos sentimientos que su primer álbum, a lo que han añadido, ahora que la fama les precede, una serie de apariciones estelares que, si no te avisan, menos en el caso de los invitados raperos, pasan por un sampleo más. Por ejemplo, ¿hacía falta realmente que Jonathan Donahue (Mercury Rev) pusiera voces en dos canciones? A los oyentes no, pero a ellos seguro que les llena de orgullo. Bien, de acuerdo, si me retraso década y media, por lo menos me lo cocino de manera que pueda justificar cada uno de los años que han pasado. Lo que ocurre es que después de tanto tiempo, su música se ha transformado en un mito, y se recuerda como el disco-sesión perfecto antes de que los animales de !!! (chk, chk, chk) hubieran publicado nada, y cuando el aficionado medio se acerca a “Wildflower” siente cierta desazón porque el disco no quiere ser la música de otra fiesta de baile sino la banda sonora psicodélica de una puesta de sol alucinada.

Con todos estos elementos parece que el álbum sea poco salvable, pero salvo por esos innumerables interludios, que muchas veces resultan más anticlímax que otra cosa, se disfruta como lo que es, un disco cocinado con un cariño infinito, dispuesto a salvarnos una vez más de la parte gris de nuestra existencia, y sospechosamente atemporal, porque, no nos olvidemos, “Since I Left You” también fue una marcianada en su momento. Así que, si eres capaz de olvidarte de las modas pendulares, y escoges el momento adecuado, aquí tendrás un compañero sonoro más que apropiado para cuando hay algo más (o menos) que hacer que pegar brincos.

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