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Suuns-and-jerusalem-in-my-heart

“Suuns and Jerusalem in My Heart” no es un experimento, es un viaje a otra dimensión. Los canadienses Suuns, de los que aún nos persigue la oscuridad relampagueante de la sobredosis art-rock que nos brindaron en su “Images Du Futur”, se encuentran en la misma encrucijada con el productor y músico libanés Radwan Ghazi Moumneh, que también plasmo en 2013 su proyecto multimedia, bajo el alias de Jerusalem in My Heart, en el disco “Mo7it Al-Mo7it”. Y en ese cruce de caminos deciden no tomar ninguno de los existentes, fusionarse y crear uno nuevo. 35 minutos divididos en 7 pistas en las que hay que arrojarse y experimentar cada una de sus infinitas texturas. Los orígenes del álbum se remontan a finales de 2012, cuando pasaron una semana juntos en un estudio de Montreal.

La transferencia del espíritu arábigo de Moumneh y la energía post-punk aporta a la colaboración con Suuns un enfoque inédito que lleva su música desde las atmósferas de Joy Division, pasando por la Kosmische Musik o la psicodelia electrónica más futurista.
El trance empieza con “2amoutu I7tirakan”, y sólo bastan unos segundos para que estemos atrapados en la corriente rítmica de esta rave espacial de inspiración krautrock en la que nos encontramos. Las guitarras incisivas de Ben Shemie y el bajo de Joe Yarmush se abren camino en el enjambre de sintetizadores del que tardaremos en salir una vez que termine el disco, y Liam O’Neill aporrea la batería persiguiendo esas luces de colores que llevaron al astronauta de “2001: Una Odisea del Espacio” a otra fase, seguido muy de cerca por los teclados incendiarios de Max Henry. “Self”nos aspira con un nuevo riff circular en el que la voz de Moumneh, el uso de la reverberación y los ritmos orientales nos hipnotizan y funden en un todo desconocido. Estos tres primeros fogonazos interestelares brillan tan fuertes, que ya justifican este trabajo y la muerte de mil estrellas.

En “In Touch” apreciamos el juego y la improvisación re-trabajada de esta obra. Un chute electrónico que se va ensuciando y en el que flota la voz fantasmagórica de Ben Shemie. “Leyla” también se mueve entre el collage y la fragmentación, una nana psicodélica que recuerda a más de una cara b de Radiohead, y que sirve como punto de inflexión ante el fundido cegador que se acerca.
Justo antes habíamos escapado milagrosamente con vida de la balacera láser “Gazelles in flight”, primer sencillo del disco, empapado de Pink Floyd y los Tangerine Dream de los 70. “Babey 3attam” es otra tormenta eléctrica en el desierto de un nuevo planeta. Un huracán final en el que la voz de Moumneh vuelve a fundir Oriente y Occidente bajo un éxtasis común.

Un viaje valiente que vuelve a demostrar que la fusión en el arte no conoce límites, y que invita a seguir rompiendo fronteras para descubrir nuevos paisajes musicales, en esta o en otra dimensión.

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