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Confieso que acostumbro a ponerme a la defensiva ante la plaga de cantautoras sureñas que últimamente nos azota. Es como si en la lejana Texas las criaran por camadas clonadas, con la dificultad que luego entraña diferenciarlas. Sin embargo, debo reconocer que la clase que desprende este disco de debut ha desarmado cualquier prejuicio de amargado crítico machista que pudiera acarrear y acarreo. La señorita Kacey es hermosa, muy hermosa, tiene 24 años, un timbre vocal cristalino y sedososo que se ajusta como un guante de terciopelo a unas melodías que juguetean con el rock, el country y el folk a la manera de Nashville, y encima toca que se las pela y escribe de forma inteligente. ¿Se puede pedir más?. Si podría pedir tener 20 años menos, vivir en su ciudad, tirarle los tejos y que me correspondiera. Me haría el hombre más feliz del mundo disfrutando de sus acaramelados susurros en el porche guitarra en mano y cantando para mi hasta lograr que me derritiera como un helado en un horno. Kacey, si algún día te llega esta crítica, que sepas que me he enamorado y espero que Caitlin Rose me perdone por ello .

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