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El retorno de Damien Rice al mundo discográfico de la mano de este “My Favourite Faded Fantasy” debería ser uno de los acontecimientos musicales del año, máxime cuando el disco cumple todas las expectativas y no decepcionará en absoluto a todos aquellos que hace una década quedaron cautivados  por la ensoñadora magia y la tenue calidez de su disco de debut. Un tercer largo de estudio que se encuentra muy por encima del anterior “9” y que, tras ocho años de silencio, recupera las mejores armas melódicas de un Rice empeñado en llevarnos a cierto éxtasis emocional de la mano de esa épica contenida basada en unas lírica desesperada que rezuman amargura, abandono, soledad y remordimiento por un pasado que no regresará. Aquellos felices días golpean su memoria, recordándole que perdió la gran oportunidad de su vida. Esa efímera felicidad que, una vez saboreada, solo puede producir un terrible dolor ante su pérdida.

Un ejercicio de flagelamiento emocional que nos muestra un alma sensible que, tras la ruptura sentimental con una Lisa Hannigan a la que no echas de menos, no sigue los dictámenes del negocio y es capaz de desaparecer del mapa cuando lo tiene todo de cara para triunfar,  preocupado tan solo por participar en causas benéficas que le provoquen el suficiente interés para involucrarse. Quizás sea mejor así, porque no me imagino tener que enfrentarme cada dos años a un vapuleo emocional tan intenso.  Aunque posiblemente cierta repetición de sus trucos melódicos (esos crescendos orquestales como el usado en “The Box”) hubieran llevado a un agotamiento del oyente que ahora, y tras la larga pausa, está necesitado de ello.

En ese sentido mimbres no faltan y solo el inicio del disco resulta arrollador gracias a la delicadeza instrumental del tema que abre y da título al álbum, y por su arrebatadora continuación titulada “It Takes A Lot To Know A Man”, en el que un ensoñador piano marca una melodía a la que se añaden violines y una batería que le da cierta corpulencia a uno de los mejores temas del disco. A partir de aquí los temas se cuentan por victorias. “The Greatest Bastard” es una confesión dolorosa que te deja sin aliento a la manera de “Older Chest” de su primer álbum,  mientras “I Don’t Want To Change You” es desde ya uno de los mejores temas que se han grabado este año y a buen seguro provocará la envidia de compositores como Chris Martin, con esa explosión orquestal final reducida a cenizas en los últimos fraseos de un Damien Rice que canta como los ángeles. Por su parte “The Box” recuerda a esa maravilla de su primer álbum titulada “The Blower’s Daughter”, y así hasta llegar al dulce crepitar de una llama que se extingue, dejando solo las brasas melódicas del perfecto tema de despedida que acaba resultando “Long Long Way”.

Es cierto que durante su ausencia a Damien Rice le han salido duros competidores dentro de ese folk-pop preciosista de autor como John Fullbright o jóvenes talentos como Tom Odell, pero el que tuvo retuvo y con discos como este pocos pueden hacerle sombra.

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Comentarios Un comentario
  1. Y además, la portada es obra del artista valenciano Escif, a quién Damien Rice buscó para hacerle el encargo.
    Un saludo, excelente, como siempre, crónica.

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