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¿Hay ironía en la propuesta retro de los australianos Tame Impala, o es lo suyo respeto reverencial? Diríase que ni lo uno ni lo otro. Ni tan irreverentes como para utilizar la vieja psicodelia como excusa para la pista de baile ni tan miméticos como para no pervertir un poco sus esquemas. Porque, pese a que los delirios lisérgicos de “It Isn’t Meant To Be” o “Why Won’t You Make Up Your Mind?” remiten meridianamente a la era de Acuario (de la que podrían ser casi nietos), hay un cierto afán reformulador en esos riffs de macho rock de la escuela Detroit, pasados por un filtro acuoso, que robustecen temas como “Desire Be Desire Go” o “Lucidity”. O en los guiños a la fase balbuceante del prog rock, esbozados en “Jeremy’s Storm”. Puede que también vayan por ahí los tiros de la nueva psicodelia, ya que es Dave Friedmann quien se encarga de mezclar (no discutiremos a estas alturas el rol actualizador que encarnó hace una década con Mercury Rev o Flaming Lips) un álbum de exquisita factura, más consistente que el pastiche largo de Malachai (su referente más cercano en el tiempo) pero, al mismo tiempo, lastrado por su carencia de pildorazos de efecto rápido (si acaso “Alter Ego”) y cierta falta de ventilación sonora. Afinarán el tiro, si es que quieren dejar en poco tiempo de ser conocidos como la banda telonera de MGMT.

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Comentarios Un comentario
  1. Es un gran disco, considerando que es su debut. A mí, siendo sincera me ha encantado. Tiene alguna pequeña pega, pero esencialmente el álbum es un acierto total.

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